martes, 9 de mayo de 2017

Mi PRIMER ANIVERSARIO





 Esta semana me he dado cuenta de que cumplo un año. De bloguera, claro. Lo sé porque dediqué una de mis primeras entradas al día de la madre y a sus circunstancias. Aquí estamos, trescientos sesenta y cinco días más tarde, a vueltas con lo mismo: ser o no ser madre, las dudas, las renuncias, el arrepentimiento, la presión social, la culpa, el tema de la difícil conciliación, qué es para ti la maternidad....

   Yo, que desde que mis hijos superaron la edad de los collares de macarrones y el marcapáginas de hojas secas, no he vuelto a tener regalos, viví ayer una inesperada y algo angustiosa experiencia de amor filial. Desayunando con mis chicos, sufrí un atragantamiento de esos en los que así, a lo tonto, parece que te ahogas sin remedio. Ellos, tan grandes, tan adolescentes, tan despegados de mí, tan...saltaron de sus sillas a intentar ayudarme con bastante empeño, poco acierto y una cara de impotencia absoluta. Joder mamá, qué susto, repitieron varias veces a lo largo del día. Ergo, todavía me quieren, parece. Me recordó que, aunque según crecen, la sensación de que te necesitan se va disipando hasta quedar muy bien disimulada tras sus miradas desafiantes y su aire de autosuficiencia, para mí lo más grande, el mejor descubrimiento de la maternidad, lo más de lo más, no ha sido lo que tú les quieres, sino lo que ellos te quieren a ti. Incluso en estos días, en los que la edad les va haciendo más críticos y que ya no me ven como en esos tiempos añorados en los que a sus ojos era la más guapa, la más lista, la mejor madre del planeta, ahora que muchos días paso a ser la más pesada, la más controladora, la number one en el ranking de madres petardas del mundo mundial, resulta que sí, que dentro de esos corpachones que dosifican los abrazos como si pagaran por ellos, aún les queda una buena ración de amor incondicional.  Ahora bien, espero que la próxima vez que ponga a prueba el afecto de mis hijos sea usando otro método más sencillo, uno  cualquiera que no me lleve al borde de la asfixia,

   Y volviendo a mi aniversario, gracias a los que habéis hecho que mi marcador supere las diez mil visitas, a los que de vez en cuando os pasáis por aquí desde España, Argentina, Chile, Bélgica, México, Francia, Canadá, Estados Unidos, Portugal, Irlanda, Perú, ¡Rusia! Espero seguir teniendo alguna que otra cosa que contar y poder celebrarlo otra vez  dentro de un año, así, como ahora, sin hacer mucho ruido. Y respirando, claro.

lunes, 24 de abril de 2017

DE DESFILES Y TRASTIENDAS

   A mí hay frases que se me pegan, que se me enganchan sin remedio y se me presentan después cual aparición en cuanto recibo un estímulo adecuado, igual que me ocurre con las canciones. Luego, en algún momento, se van y son sustituidas por otras. Ahora tengo varias, agazapadas y alerta a la espera de ser requeridas y poder decir aquí estoy yo. Una es de P.R., una declaración contundente respecto a lo escasas que se nos iban a quedar las calles si se celebrara alguna vez el Día del Orgullo Gilipollas. Me gustó la primera persona del plural, asumir que todos somos posibles candidatos a participar en ese  hipotético y multitudinario desfile pero, por otro lado, añado que se me hace difícil suponer que uno pueda autoproclamarse gilipollas, así, públicamente y  pasear este título con  orgullo y la cabeza alta por la calles de su ciudad. Que otra cosa es que hubiera que ir invitado, recomendado previa nominación de otro, que ahí ya sí las calles reventarían por sus costuras de tanta abundancia de individuos. A lo que iba: raro es el día en que no escuche a un fulano o lea alguna declaración de un mengano, o incluso en que no me vea a mí misma tras alguna maniobra particularmente torpe o inoportuna, y vea claro que ya están (estamos) haciendo méritos para encabezar el desfile. Si hasta a veces los visualizo ondeando la bandera del colectivo con garbo y poderío.

 Hace un par de días leí un articulo de  M.M. y hubo otra frase que se me estableció temporalmente: "La superficie de la vida común es más grata que nunca en estos días de primavera temprana". La superficie, la epidermis de la sociedad. Por motivos de trabajo, hay ocasiones en las que la gente me cuenta cosas muy personales. Esta mañana he hablado con alguien a quien había visto con frecuencia por la calle. Es un hombre fuerte, grande, con cierto aire vikingo: por eso quizá se me había grabado su imagen robusta, su aspecto decidido, casi indestructible. Hoy hace un día bonito. con la superficie soleada y limpia, pero, para mi sorpresa, el vikingo guarda bajo su corpachón una carga pesada de inseguridad, angustia y miedo.  En ese momento se me despertó la frase en cuestión. Comparto con MM la necesidad de "fabricar" sociedades con la epidermis saneada, lo importante que es vivir en lugares con jardines limpios, comida abundante y variada, zonas de encuentro abiertas y agradables, hospitales accesibles... y además, acepto la importancia de haber llegado a ese punto en el que circulas por todo esto con la naturalidad de saberlo cotidiano. Lo cierto es que este escaparate tan limpio oculta detrás muchas trastiendas sombrías habitadas por gente que lucha por abrir ventanas, que busca un poco de esa luz primaveral que anda hoy iluminando a diestro y siniestro la superficie de la vida en común. Mientras tanto, el cielo vikingo y otros muchos cielos permanecen a oscuras.

miércoles, 12 de abril de 2017

PRIORIDADES



            Mientras me maquillo, observo mi rostro en el espejo y compruebo con sorpresa cómo mis rasgos me recuerdan a los de mi madre. Me hago mayor y, a pesar de los cuidados, encuentro frente a mí una versión un poco desdibujada de mi cara, como si fuera en realidad una máscara de cera que se empieza a derretir. En la frente, esas finas arrugas horizontales que trato de tapar con un flequillo fijado con laca. Los ojos verdes, como ella, pero sin su mirada tierna y envolvente, y enmarcados por unas bolsas amoratadas que mi madre nunca tuvo y que ahora mismo trato de disimular con un corrector. Los labios finos, siempre cuidadosamente perfilados para tratar de hacerlos parecer más gruesos. Ha llegado ahora el momento, mi momento. Hay que priorizar, decías tú, ocuparte de lo que no puede retrasarse y no perder ni un segundo en lo que no tiene solución. Ahora no puedo contestar al teléfono ni distraerme. Desde siempre esta filosofía de vida me ha creado fama de egoísta, de difícil. No es más que una cuestión de claridad de ideas: lo que importa y lo que no importa, lo que urge y lo que no urge, lo que puede cambiar tu vida y lo que apenas te dejará huella
            El día a día está lleno de ocasiones que pueden hacer tambalear tus principios, sacarte de tu camino, hacerte perder el rumbo con distracciones baldías. No son más que contratiempos que hay que sortear, arriesgándonos a pagar un precio por eso, con la seguridad de que la recompensa final será mayor. Tanta seguridad provoca envidias, bien lo sé. Eso me lo explicaste bien siendo muy niña: ten claros tus objetivos y no cometas el error de ser débil, no hay más remedio que dejar cadáveres en el camino. El fin justifica los medios casi siempre, y aunque nunca debes traspasar el límite de lo legal, en ocasiones deberás acercarte a lo inmoral. Hacerte grande empequeñeciendo a otros a la vista de los demás, correr más rápido poniendo trampas en el camino de tus rivales, subir más alto utilizando energía ajena. Creo que he sido lista, pocas veces han podido demostrar mis manejos. Así, he ido alcanzando objetivos, obteniendo pequeños éxitos  primero,  triunfando en grandes batallas después. Nunca me paro en lo que no tiene vuelta atrás; aunque me duela, no  pierdo el tiempo en lo irreversible.
            Tú viste en mí la fuerza y la determinación que no tenían mis hermanos, pero también la admiración sin límites que te aseguraba el control de mi voluntad. Supiste que yo sí llegaría a donde me propusiera, o mejor dicho, a dónde tú te propusieras. Hay mucho trabajo detrás, muchos años de sacrificio, de estudio, de dedicación y de soledad para ser la primera. No me resulta fácil recordar mis años de colegio, el escrutinio minucioso después de cada examen, de cada trabajo. El interrogatorio para comprobar que nadie había sido superior a mí. Las eternas comparaciones, la sensación de estar siempre alerta, de no poder perder el tiempo en juegos y bromas, el dolor causado por la indiferencia de unos, el desprecio de otros y la obligación de rechazar las escasas solicitudes de amistad de unos pocos. No creas en las alianzas, decías, cada uno lucha por sí mismo. El aprender también a mentirte, a saber que la sinceridad contigo sólo me traería problemas, a disfrazar mi realidad para convertirla en la tuya y ser así digna de ti, de tus halagos, de tu orgullo, de tu amor. De camino a casa, me paraba frente al escaparate de una pequeña librería, a pocos metros de nuestro portal. Ensayaba muecas, gestos. Recuperaba mi papel de hija perfecta, dueña de mi vida, cubriendo con una capa de arrogancia desmedida mi inmensa soledad, el infinito desamparo en el que vivía fuera de tus ojos, donde no era más que una niña lista, distante y perdida. Frente al cristal, practicaba mi discurso de triunfadora, haciendo crecer mis éxitos, salpicándolos de malvadas pinceladas que dibujaban de forma grotesca a otros compañeros más débiles. Era lo que tú querías oír. Me moldeaste a tu antojo, sabiendo que era la única que te apoyaría siempre. Conocía tus planes antes que nadie y admiraba tu encanto, tu personalidad engañosa y embaucadora que a todos hipnotizaba. Pero yo sabía la verdad, la falsedad de esas fiestas y esos halagos, las segundas intenciones de cada uno de tus guiños. En algún momento quise escapar de todo esto, pero eras lo único que me quedaba, y fui cobarde. Me plegué a tus planes y me convertí en ti. No debo demorarme ahora. Es mi gran día, todos me esperan, por fin el justo reconocimiento a nuestro trabajo, el galardón anhelado, la guinda del pastel.

            El teléfono suena impertinente. Desde tu casa, desde los números de mis hermanos, desde la recepción del hotel. Sonó mientras me duchaba y suena mientras elijo minuciosamente mi atuendo, vestida para triunfar, que dirías tú. Sigue sonando sin tregua en mi cabeza, aunque lo desconecté hace horas. La gravedad de tu estado presagiaba ayer un inminente e inoportuno final. Pero no dejaré que nada me distraiga. No me necesitas, no puedo hacer nada por ti, es solo una cuestión de prioridades.

viernes, 7 de abril de 2017

DEL FUNDAMENTALISMO NUTRICIONAL

   Desde el punto de vista de gran parte de los habitantes del planeta, esos que no pueden permitirse el lujo de poner pegas a lo que consiguen llevar a su estómago cada día, el tema del que voy a hablar no dejaría de ser una frivolidad y para nosotros, habitantes del "primer mundo", que ellos consigan llenarse el plato debería ser nuestra verdadera prioridad en el tema de la alimentación. Dicho esto, aclaro que me interesa el tema de la nutrición saludable y que considero una parte muy importante de la educación conseguir que nuestros hijos tengan buenos hábitos en la mesa.

   Lo que observo estos últimos años es que, además de expertos sensatos, hay una auténtica proliferación de modas en esto de la ingesta de alimentos, de manera que somos acusados desde varios frentes de llevar muchos años comiendo de forma irresponsable. En general, todavía parece haber consenso entre los nutricionistas respecto a las bondades de la dieta mediterránea, es decir, de una dieta variada, con un alto consumo de productos vegetales frescos, de legumbres, de frutos secos, de cereales (trigo también, sí), aceite de oliva, poca carne roja y un aporte diario de productos lácteos. Es una dieta "heredada", culturalmente asentada y que permite comer de forma variada y rica.

   Resulta que ahora hay que ver la alimentación no como una forma más o menos responsable y placentera de cubrir nuestra necesidad de alimentarnos, ni de saciar nuestro apetito, sino como una forma de vida, y en eso yo ya no estoy al día. Los seguidores de cada una de las dietas la defienden con fervor místico, hablando de la necesidad de cambiar de hábitos (para seguir estrictamente los suyos) con el mismo empeño que un fiel pone en seguir las normas religiosas. Se trata de llevar a descreídos por el camino de la verdad, empeñados en convertirnos a su causa como si les dieran un premio por socio conseguido o más bien por pecador redimido. En general, vegetarianos y veganos que conozco suelen ser respetuosos: su decisión suele estar basada, además de en el convencimiento de la bondad de esta dieta, en razones de rechazo a la explotación de animales para nuestro consumo y en motivos de protección del medio ambiente. Nada que objetar, yo misma podría hacerme vegetariana sin echar de menos demasiadas cosas. Pero tanto dentro de estos grupos como de otros (defensores de la dieta disociada, la paleo, la  higienista...) hay "practicantes" que te hablan desde la luz, desde la verdad  que un día les fue revelada. No informan, no dan consejos: ellos predican, ellos "saben", ellos "conocen", y proclaman su doctrina con la seguridad del que se sabe elegido, decidiendo lo que es alimento y lo que es veneno para nuestros cuerpos ( y quizá para nuestras almas). Los no enterados, nosotros, los infieles, somos consumistas ignorantes, carne de cañón al servicio de los intereses (que obviamente existen) creados por las grandes cadenas y por los Estados, que se alimentan a la ligera sin pensar en las graves consecuencias de su actitud, de la gravedad de nuestro empeño en perpetuar nuestras malas prácticas en las siguientes generaciones.

   Hace poco vi un titular que decía algo así como "tendencias nutricionales". O sea, ya no vale con vestir los colores de moda o en bailar al último ritmo, además, hay alimentos que son tendencia. A mí, hasta el extremismo en este tema me parecería respetable siempre que se ejerciera solo entre las paredes de cada casa, como parte de las rutinas del creyente en cuestión. Así, nos evitaríamos las caras de desagrado cuando decidamos comer según qué platos o las miradas de conmiseración del que sabe que está ante un zoquete que se está condenando sin remedio. Sé los riesgos de una ingesta diaria y excesiva de azúcares y grasas, pero tampoco creo necesario estudiarme al milímetro la composición de una galleta cada vez que alguien me la ofrezca, ni creo que sea cuestión primordial eliminar completamente los lácteos si me gustan y me sientan bien. Claro que cuanto menos procesado está un alimento es nutricionalmente más rico, que acostumbrarnos a una alimentación variada y con cocinados poco agresivos es positivo, pero me niego a renunciar a los pecados puntuales y a la improvisación de probar determinadas cosas, o a ceder a la obsesión de medir el aporte calórico de cada plato. Sobre todo, y una vez más, me niego a sentirme juzgada o culpable por visitar con cierta frecuencia los supermercados o por no comprar siempre las lechugas de cultivo orgánico.

   No dejo de pensar en que, en el fondo, todo esto es una preocupación más de gente acomodada que, lejos de luchar con la misma intensidad por conseguir un reparto más justo de las lentejas, pone todo su empeño en campañas agresivas para que las nuestras, las que tenemos seguras cada día, sean intachables en su denominación de origen.

miércoles, 29 de marzo de 2017

ME FALTA UN VERANO (O DEL INSOMNIO IMPRODUCTIVO III)

    Anoche, el virus que me andaba rondando pudo conmigo y me impidió respirar con la normalidad que uno requiere para el buen dormir. Como consecuencia, empecé a temerme varios días a medio gas, lo normal para un catarro de mediana intensidad, y esto se tradujo en un aumento de mi intranquilidad y de mis dificultades para conciliar el sueño. Como si fuera una traición de mi cuerpo: ahora no me puedes fallar, con la de cosas que tengo que hacer.  Esta mañana, adormilada y, efectivamente, con escasas energías para cualquiera de las actividades que tenía pensadas, intento convencerme de que casi todo es aplazable, de que no pasa nada por parar un poco hasta alcanzar unos límites de energía razonables

 Observo a esos amigos que disfrutan siempre con su vida, la que tienen, la que han ido tejiendo con tesón, eligiendo madejas y texturas hasta conformar una especie de abrigo protector que les acoge sin pedir nada a cambio; que les  permite parar sin pesadumbre cuando la vida lo requiere, disfrutar de los pequeños placeres cotidianos y no ambicionar nada que no tengan; que gozan de las tardes de manta, libro y buena compañía como si de un regalo se tratara, un privilegio, porque en realidad lo es; que parecen haber completado su propio crucigrama  y no necesitan buscar nuevos pasatiempos; que ya tienen las respuestas que necesitaban y no les nace hacerse preguntas nuevas; que son capaces de saborear lo que han vivido, sin sentir la ansiedad de lo que les queda por vivir, dejando simplemente que la vida les sorprenda y les traiga regalos a su puerta; los que trabajan, y a veces mucho, por enriquecer el lugar que ya ocupan, o por alcanzar algún destino no muy lejos del centro de su universo.

   Yo no sé llevar una vida así de apacible. Sí a temporadas, pero siempre vuelve la inquietud por cambiar, el temor a dejar de hacer algo para lo que mañana puede ser tarde, el miedo a la monotonía, la intensidad para lo bueno y lo malo, por aprovechar el tiempo, el ansia de vivir. Todo esto me conduce a la búsqueda nuevos estímulos, a la multitarea, enriquecedora  a veces, pero que enreda mucho el día a día, una manera tonta de complicarme la vida. Puedo disfrutar de alguna tarde de sofá, claro que me gusta, o de tres perezosos días de playa, siempre que al día siguiente me espere la promesa de una nueva experiencia. Que si hoy he saboreado un lento desayuno en soledad, pueda encontrar en algún momento del día un poco de música alrededor, incluso de ruido, de comprobar que si he currado mucho sin llegar a buen puerto, mi premio son las escalas del camino y los viajeros encontrados. Hablo de querer dar sentido a cada minuto, de la necesidad de justificar cada paso dado, del hambre por ver todo cuando llegas a una nueva ciudad y de la frustración cuando algo se te escapa de las manos, de buscar la torre más alta para comerte lo que de nuevo se te ofrece, de descubrir a un nuevo escritor y querer leer todo lo suyo, o de la fatalidad de encontrarme un pequeño escalón roto y, en lugar de sortearlo sin más y olvidarlo, pensar que se vendrá abajo toda la escalera.

   Creo en la cultura del esfuerzo y se lo cuento a mis hijos, insistente y pesada, como parte necesaria de una trayectoria de vida, pero me consta que tras el trabajo constante no siempre te espera la justa recompensa y que con frecuencia lo mejor te está esperando en la esquina por la que no tenías planeado pasar, en el barco que iba a zarpar sin ti, en el bar donde te resguardaste de esa lluvia repentina, o en un reencuentro azaroso  con alguien a quien habías perdido la pista. Por eso quizá mi afán por moverme, probar,  indagar, aventurarme, perderme por otras calles, vivir alerta, con un radar encendido que me avise de hacia dónde puedo dirigir mis pasos para que un buen día, un día normal, tenga la oportunidad de convertirse en un día extraordinario e inolvidable. Y, como decía Serrat, aprovecharlo o que pase de largo depende solo de mi. No sé si compensa, imagino mucho más fácil navegar siempre por un mar tranquilo que pasar de la calma chicha a la tormenta, de la tormenta al más esplendoroso día  y otra vez vuelta a empezar, pero no sé ser de otra manera.

    Vivo con la certeza de que la vida no espera, de que un día perdido es un día que no vuelve, de que, en mi haber, me faltan algunos días a los que no supe interpretar bien. Sería fantástico apagar el radar y caminar largos trayectos con la conciencia de que lo que tengo es suficiente y valioso, saber vivir sin ser una candidata perpetua a unas sesiones de mindfulness ( lo tengo pendiente). Mientras, continúo buscando el valor a cada  piedra del camino, para no volver a sentir que unos días pasaron sin dejar huella, para que nunca más me falte ese verano, ni ningún domingo, ni mucho menos una primavera. Aunque a lo mejor todas estas tonterías solo son producto de la fiebre, quién sabe.

domingo, 5 de marzo de 2017

DE LOS IDIOTAS Y LOS AUTOBUSES

   De todo hay en el mundo: gente lista, ingeniosa, negativa, brillante...y hay gente idiota.  De esos que van pregonando sus firmes e inflexibles creencias, convencidos de haber nacido ya propietarios de la verdad. Normalmente es una característica difícil de disimular, por lo que se les huele, se les ve venir y no es difícil evitar el contacto para salvaguardar nuestra sensatez. Hay gente que es idiota y además peligrosa. Êstos, no contentos con vivir según sus normas, necesitan imponerlas también bajo el techo de los demás. No aceptan el aborto o el matrimonio gay en su barrio, en su pequeño mundo, y además tratan de evitar  que sea aceptado en el tuyo. No siempre son fáciles de detectar, porque tardan en dar la cara y van sembrando nuestro camino de pequeñas trampas con el fin de enredarnos en su telaraña de hilos pegajosos. Los peores de todos son los idiotas, peligrosos y tóxicos, las joyas de la corona, lo que se dice un pack completo de cualidades. Estos individuos, no contentos con tratar de convencer al mundo de sus teorías inamovibles, se empeñan en propagar su mensaje intolerante, discriminador, racista o intransigente en el lugar donde más víctimas pueden causar, es decir de manera mezquina y perversa. Se me ocurre un supuesto como ejemplo: un grupo ultraconservador decide lanzar a las calles un autobús pintado de una manera llamativa, que podría ser de color naranja, y rotulado con un mensaje de rechazo a un grupo o realidad social que ellos, no contentos con su guerra personal, necesitan poner en evidencia y señalar con el dedo. Como podría ser los niños transgénero. Este autobús estará destinado a circular por las calles de una gran ciudad, haciendo parada a las puertas de algún colegio con el fin de clarificar las obtusas mentes dispuestas a aceptar que la identidad sexual es, en ocasiones, una cuestión distinta a la realidad biológica, al reparto de penes y vulvas decidido genéticamente. Con ello, tratarán de respaldar a aquellos que niegan esta opción de vida, de sembrar dudas en los que la aceptan de forma natural y de echar por tierra todo el esfuerzo invertido por profesores, padres y niños en su integración y normalización. Claro, todo esto apoyado en el ¿incontestable? argumento de que están respaldados por la ciencia, por la biología. Ante la avalancha segura de protestas, esgrimirán su derecho a la libertad de expresión. Lo del respeto hacia otras realidades diferentes a la suya o la empatía ante el dolor ajeno, ya si eso se lo dejarían para septiembre. Pero claro, esto no es más que una conjetura, un ejemplo inverosímil pensado con malicia.

domingo, 26 de febrero de 2017

RELEER LA VIDA

    Hace unos días asistí a la presentación de un libro de relatos. Entre otras cosas, de la autora se destacó que parecía ser una gran lectora, sea lo que sea que esto quiere decir. A continuación le cuestionaron sobre lo que estaba leyendo en este momento (después de todo, la cita era en una librería), es decir, qué libros, autores, géneros actuales le interesaban. Su respuesta fue, en resumen, que ella es una gran relectora, es decir , de las que leen repetidamente a sus autores favoritos, con insistencia, una reincidente que siempre termina recurriendo a Kafka, a Tolstoi o a Dostoievski. Al parecer, su objetivo al escoger un libro es leer textos que la enseñen y que le sugieran cosas para a partir de ahí, fabular y comenzar sus relatos. Dicho todo esto con naturalidad y sin pedantería, todo hay que decirlo. Yo soy muy poco fan de los relectores exclusivos, pero más me asombra cuando tus circunstancias en el momento en que lo declaras con convicción son las de  un escritor digamos solo medianamente conocido, tratando de convencer a un público de que te compre a ti, a tu mundo inventado, a tu libro nuevo recién editado y dispuesto a ser leído por primera vez. No sé, yo creo que lo sensato por su parte sería lanzarnos un interesado discurso sobre la cantidad de talento y de buenos libros que hay entre los escritores noveles. Y si no, ¿ porqué salvar el tuyo entre todos los libros editados?, ¿porqué despreciar de antemano el poder de inspiración, la capacidad de emocionar y de evocar de cualquier otro escritor contemporáneo tuyo? Es como si un director de cine del siglo XXI reconociese públicamente dedicar horas  a la visualización de las obras maestras de Fellini, Bergman y Kubrik, por ejemplo, y nada más que a ellos, pero aspirase a un Oscar por la brillantez de su peli. O un compositor musical que rechazase escuchar nada creado después de Verdi, pero que aceptase un premio por su última aportación al género operístico. 

   En la vida hay muchas cosas de las que disfrutas una sola vez, por irrepetibles o porque no sientes la necesidad de revisitarlas, y eso no impide que recuerdes siempre las sensaciones de ese momento. Incluso los libros que a mi sí me pidieron una segunda lectura, ya nunca me regalaron esa fascinación del primer encuentro. Es cierto que descubres detalles nuevos, que merece la pena disfrutarlos ya sin la urgencia de ese querer pasar página, pero la emoción, el asombro, no son los mismos. Si alguien me ofreciera pasarme el resto de mi vida reviviendo todos y cada uno de mis momentos felices, así, en bucle, una y otra vez, diría que no. Correría el riesgo de tropezarme con tal de no renunciar al subidón de lo nuevo, a la posibilidad de la sorpresa. al deslumbramiento de las primeras veces.