domingo, 14 de agosto de 2016

PA'FUERA LOS COMPLEJOS

   Me gusta la gente que con naturalidad nos hace partícipes de sus conocimientos, de su experiencia, de sus ideas. Me gusta escuchar a los que presentan sus trabajos, sus libros, sus proyectos, con pasión y sin alardes, sin menospreciar a los que no comparten sus saberes o sus intereses.
  
  Me gusta leer, me gusta mucho. Aprendí pronto, en esa época nos ponían a ordenar letras y a sumar números antes de cumplir los seis años. Me recuerdo siempre leyendo, sobre todo en verano. Algunos libros marcaron un momento que no olvido, porque a veces me sirvieron para esconderme entre sus páginas y olvidar lo que ocurría fuera de ellas. Cumbres borrascosas, Un sexo llamado débil, El Señor de los Anillos, Madam Bovary, el deslumbramiento de Rayuela, la magia de Macondo, el humor de Eduardo Mendoza, las microjoyas de Ana María Shua, Matar a un ruiseñor, la adicción a Murakami, el placer de leer a Munro... Pero también he leído mucho libro de consumo rápido, a veces con voracidad: la saga Millenium, Los pilares de la tierra, La trilogía del Baztán o los cuatro libros de Elena Ferrante, aún calentitos.

   Frente a esta cantidad ingente de libros (comprados, prestados, regalados...) que han pasado por mis ojos, se encuentra una cantidad aun más numerosa de ejemplares que NO me he leído, entre ellos gran parte de las joyas de la corona, de los imprescindibles. El primero de la lista, de mi lista de intentos fracasados, es el Ulises de Joyce. Después de tres intentos fallidos, todavía siento una mezcla de admiración e incredulidad (¿será verdad?) frente a los que me dicen que lo han leído y que ¡lo han disfrutado!. Tampoco he leído La Odisea, en este caso lleva años en el baúl de los pendientes, esperando su momento. No pude terminar El túnel de Sábato hace varias décadas y jamás lo he vuelto a intentar. Y muchos más. 

   De vez en cuando leo comentarios y críticas de gente sesuda disertando sobre lo malos lectores que somos la gente en general, los demás, los tontos, los que no somos ellos. Es cierto que hay pensadores extraordinarios, prosistas exquisitos y poetas transgresores, para los que yo, y muchos de los simples mortales no estamos suficientemente preparados. No estoy orgullosa, pero creo que deberíamos sacudirnos los complejos. A la hora de elegir un libro estamos condicionados por nuestras lecturas previas, nuestra preparación académica, nuestro momento emocional, nuestro entorno y sus estímulos, nuestros gustos...

   Comprendo y espero que una persona dedicada a la escritura, alguien cuya vida esté ligada a las letras, o a su enseñanza, o al mundo editorial, lea mucho y lea bien, y que pueda luego hablar de ello con un discurso cargado de referencias literarias e históricas. Pero me resulta mucho más gratificante ver cómo alguien con una preparación académica limitada, un trabajo físico y nada intelectual y un ambiente familiar nada propicio a la lectura, es capaz de elegir para pasar buena parte de su tiempo libre unas páginas llenas de palabras. Y que lo disfrute. Y quiera más. Y me da igual que el libro se llame nosequé de Grey, hable de nosécuál Crepúsculo, o nos cuente los decimooctavos Juegos del Hambre.