lunes, 6 de junio de 2016

LAS BUENAS MANERAS

Situación 1 (ayer mismo, en una sucursal bancaria)

Me acerco a una mesa donde un señor grandote, pasados los cincuenta, mira absorto la pantalla de un ordenador. Imagino que me ve por el rabillo del ojo, porque sin perder de vista la pantalla me pregunta más o menos que a qué se debe mi visita. Le comento que tengo un problema con la tarjeta de crédito y, girando cómo un autómata, la recoge y se vuelve otra vez a su pantalla. Transcurridos dos o tres minutos, sin mirarme, me dice que me siente (¡pero siéntese usted, señora!). No sabe resolver mi problema y pregunta a otro compañero, como si yo no estuviera presente. Y dan vueltas y vueltas al asunto para decirme finalmente que la única solución posible es anularme la tarjeta y emitir una nueva. Claro, con un cargo de veintiocho euros. Que quiere ser sincero conmigo. Ahí ya sí me miró.

Situación 2 ( hace un tiempito, con otro empleado de banca)

Mientras hago una consulta relativa a un préstamo hipotecario, el empleado en cuestión contesta una llamada, claramente de índole personal. El señor se embarca sin pudor en una larga conversación sobre la última jornada de caza, y sobre los planes para la próxima, sin ninguna prisa, sin pedir disculpas, sin respeto hacia mi tiempo. Mientras, teclea de vez en cuando el teclado del ordenador, me mira y sonríe. Para que yo vea que se ocupa de lo mío.

Situación 3 ( en la caja de unos almacenes)

Me dispongo a pagar y en ese momento, la cajera se apoya indolente sobre el respaldo de su silla y bosteza abierta y ruidosamente (aclaro que no la conozco de nada), tras lo cual exclama antes de cobrarme: ¡ qué aburría estoy hoy de trabajar!

Nada que añadir