sábado, 19 de noviembre de 2016

ENCUENTROS EN LA PRIMERA FRASE

   En la vida, como en los libros, hay situaciones y personas que merecen una segunda oportunidad. Que piden que vayas más allá del primer capítulo. O canciones que se crecen tras los acordes iniciales. O relaciones que ganan con los años, que van cogiendo carrerilla tras un comienzo poco esperanzador. Pero en general, a mí me puede la primera impresión; con frecuencia la tomo como una declaración de intenciones en la que una opción sería "no esperes mucho de mí" y la otra, la buena, la que mola, sería "vengo para quedarme". 

   Me he apropiado de algunas frases iniciales, porque el simple hecho de recordarlas  o de volverlas a escuchar, despiertan el recuerdo y las sensaciones de lo que vino después: el enamoramiento, la fascinación, la inquietud, la emoción. Soy copropietaria de muchas de ellas, que despiertan como un resorte el recuerdo de esa primera vez.  ¿Encontraría a la Maga?, El sábado por la tarde fue a la pastelería del centro comercial. La radio del taxi retransmitía un programa de música clásica por FM: sonaba la Sinfonietta de Janácèk. He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
   
  Con la gente me pasa lo mismo. Creo que mi relación con los libros me lleva a buscar semejanzas en mis relaciones personales. Quizá sea una enfermedad propia de letraheridos. Hay afectos de los que recuerdo muy bien ese primer contacto. Otros, forman parte de mi vida hace tantos años que ni siquiera puedo recordar ese comienzo, pero en todos ellos tengo algún momento importante, un gesto, una  respuesta, una mirada nueva que conducen de algún modo al nacimiento de otro capítulo... es decir, a un estreno, a un volver a empezar.

   Tengo, por supuesto, una nada despreciable lista de malos principios, de esos que conducen sin remedio a libro inacabado o a amistad sin cuajar. Y desengaños, claro: inicios prometedores que acaban en gran decepción. Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde  la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. 
  
   Una vez, hace unos años, acudí a la consulta de un médico. Tras realizarme una serie de pruebas, en mi visita esperaba un diagnóstico, puesto que sabía que en algunos de los resultados había valores contradictorios. El doctor, tras saludar educadamente, se dispuso a estudiar los informes que tenía en sus manos. Tras unos minutos de lectura y movimiento de páginas, levantó la vista y me dijo: "su caso es rocambolesco".  Y yo, víctima de mi otra enfermedad, pensé: qué estupendo comienzo para un relato.