martes, 15 de noviembre de 2016

UN CUENTO DE AMOR Y PLUMAS


                             EL ENCANTADOR DE PALOMAS

            Mi trabajo de escritor me condena a estar largas horas en mi mesa de trabajo, por eso decidí colocarla frente a la ventana, para poder ver el mundo a través de ella. De hecho, apenas necesito consultar el reloj para marcar mi rutina cotidiana: la subida o bajada de los ruidosos cierres metálicos de los comercios de la plaza, los niños camino del colegio, las furgonetas de reparto de mercancías... Todo esto estructura mis tiempos y me hace sentir parte del pulso de mi barrio. Me gusta madrugar  y son esas primeras horas de la mañana las más fértiles para mí. Me nutro de esta vida tranquila y rutinaria, en una calle de esas en las que nunca pasa nada y a la vez ocurre todo y consigo digerir ese sosiego y transformarlo en historias sugerentes que alimenten un poco la vida de otros.
            Solíamos incorporarnos al mismo tiempo a nuestra ocupación: yo a mi mesa, con una taza de café en la mano. Él llegaba cargado con bolsas y se sentaba despacio, como si tuviera que utilizar toda su energía para conseguir doblar sus gastadas articulaciones, en el banco más cercano a mi casa, uno pequeño, oculto a medias por una gran fuente, demasiado ostentosa para tan humilde parque y dispuesto en un ángulo perfecto para  la observación pasiva desde mi ventana. Me había llamado la atención desde días antes la cantidad de pájaros que volaban delante de mis ojos cada amanecer. Aunque supongo que él estaba allí antes que yo y mucho antes que el parque y su fuente, una mañana abrí mi ventana y lo encontré allí, en su banco. Las palomas lo habían rodeado, acudían  a su muda llamada mientras él vaciaba esas bolsas de plástico a su alrededor: pequeños mendrugos de pan que adivinaba duros, resecos, recogidos por el barrio, pedidos a vecinos, recolectados en bares, convirtiendo en un pequeño tesoro las sobras sin valor de tanta gente.
            Era viejo y muy delgado, vestía siempre un ajado gabán de color indefinido, en invierno y en verano, demasiado grande para su cuerpo de hoy pero que un día debió encajar bien en una figura entonces más redonda, más definida. El pelo y la barba aseados, pero escasos y mal cortados, con aspecto de descuidada limpieza. Llegaba con pasos cortos y rápidos, impacientes, arrastrando los pies y las bolsas, serio y concentrado en su tarea, en su obligación.  Las palomas empezaban a aparecer como de la nada, volando con parsimonia y ocupando un lugar que les parecía estar reservado, ejecutando una coreografía ya sabida. Él empezaba a repartir los trozos de pan a su alrededor, premiándolas por venir, mientras movía los labios, presiento que susurrando palabras de amor. El ritual duraba un par de horas, no más. Las palomas, saciadas, marchaban diciendo adiós en su vuelo y él recogía las bolsas, ya vacías, quizá para empezar su itinerario recolector y tener preparado para el día siguiente, a primera hora, el pan de cada día.
            Pocas veces faltaba él o quebrantaba yo nuestra cita y por eso se me hizo extraño no verlo en varios días. Mis mañanas transcurrían largas, y las palomas vagaban sin rumbo, como perdidas. En una ocasión yo mismo bajé algo de pan y me senté en el banco, pero los pájaros, desconfiados, revoloteaban a mi alrededor y picoteaban las migas sin decidir posarse.
            Un par de semanas más tarde, para mi sorpresa, una mujer muy mayor vestida con el mismo gabán oscuro ocupó su puesto. Las bolsas eran las mismas, aunque  a ella parecían resultarle más pesadas. Se sentó en el banco y esparció el alimento por el suelo, como hacía él. El escenario era idéntico y el decorado también, pero no el actor principal. Las palomas parecieron dudar durante largos minutos y volaban cerca, como estudiando a la mujer desconocida, quizá esperando algo, una señal que las hiciera confiar. Al fin, una de las aves se posó en el banco y empezó a comer. Poco a poco los pájaros llegaron y  devolvieron a mis días su equilibrio, su compás.
            Mis mañanas volvieron a estar acompañadas de vuelos y mejoré mi ritmo de trabajo. Cada día acudían más palomas al encuentro con  la nueva maga de los pájaros. A juzgar por la afluencia de comensales, su contenido también debía ser suculento. La dama del gabán, intuí, era la compañera del encantador de palomas y algo, la enfermedad o la muerte, le impedía a él continuar con su trabajo. Ella, con lealtad y diligencia, aunque sin entusiasmo, cumplía la misión encomendada. Nunca movió sus labios para susurrar nada, ni dejó adivinar ningún sentimiento por ellas; en cambio, supuse que había encontrado algo, una receta, un caldo con el que mezclar el pan, que atraía más si cabe a las palomas, a los pájaros en general, pues gorriones, mirlos y hasta algún cuervo llegaban temprano para degustar  el alimento con el que empezar el día.
            Una mañana el barrio amaneció convulso. Desde mi ventana, observé el banco vacío y escuché coches de policía y vecinos que hacían corrillo. Recibí una llamada de alguien cercano, que me hizo algún irónico comentario sobre la engañosa tranquilidad de mi barrio y el peligro de confiar en tiernas ancianitas, a la vez que me apremiaba a encender el televisor.
            La noticia tenía todos los ingredientes para conmocionar al país: vecinos que avisan por el hedor que sale de una vivienda, policía que revienta la puerta para entrar y aparición de un cadáver con indicios de haber sido mutilado. Detención de la viuda, sospechosa de los daños infligidos al cadáver pues, al parecer, todo apunta a que el fallecimiento se debió a muerte natural. Se espera, informa el periodista, al interrogatorio para conocer las causas que llevaron a la anciana a conservar en casa el cuerpo sin vida de su cónyuge y a la  inexplicable  amputación de algunas partes de su cuerpo. La policía rastrea los alrededores de la casa y del barrio para encontrar, quizá enterrados, los trozos que faltan del incompleto muerto.
            Mi encantador de palomas, el amigo fiel, comprometido con sus pájaros, no quiso ser pasto de los gusanos y con la complicidad leal de su viuda, llevó su idilio hasta el final. Frente a mi ventana, siento el mismo vacío que el que observo en el último banco del parque, el que queda en parte oculto por la gran fuente y valoro ahora la conveniencia de presentarme en la comisaría más cercana y contar toda la historia o de guardarla para mí y recoger el testigo para, si ellas lo permiten, seguir alimentando a esas palomas ahora carentes de pan y huérfanas de amor.