viernes, 26 de mayo de 2017

BAJANDO DEL GUINDO

   Hace unas semanas leí un artículo escrito claramente con intención de provocar. Tan obvio era que, para abrir boca, disparaba toda una declaración de intenciones: los demás machos presentes aquella noche no han tenido arrestos, así que aquí estoy yo, que tengo ya las espaldas anchas y puedo con todo lo que me llueva encima. A continuación relataba, con cierta gracia y oficio, una reunión de amigos, una cena en un conocido restaurante, real, fabulada o mitad y mitad,  y describía los derroteros testosterónicos que tomó la conversación sobre una conocida actriz pelirroja de pechos grandes que se les apareció en carne mortal. Cuando lo leí, me parecieron tan evidentes sus intenciones, tan visibles sus costuras, que no me sentí ofendida. Después de todo, me resulta fácil imaginar a un grupo de varones hablando así de un mujerón que hace su entrada triunfal en un lugar. Es más, puedo visualizar también a un grupo de hembras hablando en términos no muy distintos al ver aparecer ante sus ojos a un tío cañón. Incluso, si voy más lejos, puedo visualizarme a mí misma perdiendo los papeles en (casi) todos los sentidos si, un suponer, apareciera ante mis ojos un Viggo Mortensen o un Brad Pitt cualquiera.  Lo que pasa es que así contado, tejido de forma precisa para soliviantar ánimos y herir sensibilidades, me pareció torpe e innecesario. 
   La última polémica en este tema ha sido debida a las declaraciones un tanto patosas  de una famosa actriz. Estas me escuecen más, por venir de una mujer. Yo, antes de condenarla, doy por hecho que está mal informada. No sé mucho de ella, pero me parece que hasta podría declararse feminista convencida una vez caiga del guindo en el que anda subida. Ella y cualquier persona madura e íntegra. No es la primera vez que oigo hablar de machismo y feminismo como si fueran polos opuestos, y la verdad es que eso sí me solivianta a mí. El machismo implica ofensa, afán de superioridad y sometimiento, humillación, dolor, daño, agresión. El feminismo, por definición, busca la igualdad, habla de libertad, de reconocimiento y de la necesidad de que las mujeres tengan las mismas opciones y posibilidades, de poder alcanzar el mismo reconocimiento que los hombres, de que nuestro techo no sea unos palmos más bajo. Sin más. Existe una corriente (machista) que trata de identificar  feminista con feminazi y con otros términos despectivos, con el extremismo y el odio visceral a lo masculino y en algunas mentes esta idea parece calar hasta el punto de encontrar hombres y mujeres que huyen como de la peste ante el temor de ser calificados como tales, gente a veces muy conocida y cuya opinión tiene cierta difusión.

   "Ni machista ni feminista, soy persona". "Ya no  hay que ir a las barricadas todo el rato".  Todo esto ha dicho la actriz en cuestión. Todo el rato no, diría yo, pero sí con cierta regularidad y empeño, porque sigue habiendo frentes, muchos, en los que luchar: grandes guerras, como la violencia de género, tan  brutal, tan repulsiva, y pequeñas batallas, como los micromachismos cotidianos, tan sutiles, tan asumidos como normales. Yo, como desafío prioritario, estoy tratando de educar a dos proyectos de varón en el feminismo más razonable y sano, y de momento, no me están saliendo mal. Para que en un futuro sumen, y no resten.

   Vamos, Paula, declárate feminista, y ponte en primera línea de combate en esta batalla.  Ya estás tardando, posiciónate, sorprende al enemigo disparando simplemente sensatez y cordura. Dejemos de una vez de ser nosotras las que tiramos piedras contra nuestro propio tejado.

martes, 9 de mayo de 2017

Mi PRIMER ANIVERSARIO





 Esta semana me he dado cuenta de que cumplo un año. De bloguera, claro. Lo sé porque dediqué una de mis primeras entradas al día de la madre y a sus circunstancias. Aquí estamos, trescientos sesenta y cinco días más tarde, a vueltas con lo mismo: ser o no ser madre, las dudas, las renuncias, el arrepentimiento, la presión social, la culpa, el tema de la difícil conciliación, qué es para ti la maternidad....

   Yo, que desde que mis hijos superaron la edad de los collares de macarrones y el marcapáginas de hojas secas, no he vuelto a tener regalos, viví ayer una inesperada y algo angustiosa experiencia de amor filial. Desayunando con mis chicos, sufrí un atragantamiento de esos en los que así, a lo tonto, parece que te ahogas sin remedio. Ellos, tan grandes, tan adolescentes, tan despegados de mí, tan...saltaron de sus sillas a intentar ayudarme con bastante empeño, poco acierto y una cara de impotencia absoluta. Joder mamá, qué susto, repitieron varias veces a lo largo del día. Ergo, todavía me quieren, parece. Me recordó que, aunque según crecen, la sensación de que te necesitan se va disipando hasta quedar muy bien disimulada tras sus miradas desafiantes y su aire de autosuficiencia, para mí lo más grande, el mejor descubrimiento de la maternidad, lo más de lo más, no ha sido lo que tú les quieres, sino lo que ellos te quieren a ti. Incluso en estos días, en los que la edad les va haciendo más críticos y que ya no me ven como en esos tiempos añorados en los que a sus ojos era la más guapa, la más lista, la mejor madre del planeta, ahora que muchos días paso a ser la más pesada, la más controladora, la number one en el ranking de madres petardas del mundo mundial, resulta que sí, que dentro de esos corpachones que dosifican los abrazos como si pagaran por ellos, aún les queda una buena ración de amor incondicional.  Ahora bien, espero que la próxima vez que ponga a prueba el afecto de mis hijos sea usando otro método más sencillo, uno  cualquiera que no me lleve al borde de la asfixia,

   Y volviendo a mi aniversario, gracias a los que habéis hecho que mi marcador supere las diez mil visitas, a los que de vez en cuando os pasáis por aquí desde España, Argentina, Chile, Bélgica, México, Francia, Canadá, Estados Unidos, Portugal, Irlanda, Perú, ¡Rusia! Espero seguir teniendo alguna que otra cosa que contar y poder celebrarlo otra vez  dentro de un año, así, como ahora, sin hacer mucho ruido. Y respirando, claro.

lunes, 24 de abril de 2017

DE DESFILES Y TRASTIENDAS

   A mí hay frases que se me pegan, que se me enganchan sin remedio y se me presentan después cual aparición en cuanto recibo un estímulo adecuado, igual que me ocurre con las canciones. Luego, en algún momento, se van y son sustituidas por otras. Ahora tengo varias, agazapadas y alerta a la espera de ser requeridas y poder decir aquí estoy yo. Una es de P.R., una declaración contundente respecto a lo escasas que se nos iban a quedar las calles si se celebrara alguna vez el Día del Orgullo Gilipollas. Me gustó la primera persona del plural, asumir que todos somos posibles candidatos a participar en ese  hipotético y multitudinario desfile pero, por otro lado, añado que se me hace difícil suponer que uno pueda autoproclamarse gilipollas, así, públicamente y  pasear este título con  orgullo y la cabeza alta por la calles de su ciudad. Que otra cosa es que hubiera que ir invitado, recomendado previa nominación de otro, que ahí ya sí las calles reventarían por sus costuras de tanta abundancia de individuos. A lo que iba: raro es el día en que no escuche a un fulano o lea alguna declaración de un mengano, o incluso en que no me vea a mí misma tras alguna maniobra particularmente torpe o inoportuna, y vea claro que ya están (estamos) haciendo méritos para encabezar el desfile. Si hasta a veces los visualizo ondeando la bandera del colectivo con garbo y poderío.

 Hace un par de días leí un articulo de  M.M. y hubo otra frase que se me estableció temporalmente: "La superficie de la vida común es más grata que nunca en estos días de primavera temprana". La superficie, la epidermis de la sociedad. Por motivos de trabajo, hay ocasiones en las que la gente me cuenta cosas muy personales. Esta mañana he hablado con alguien a quien había visto con frecuencia por la calle. Es un hombre fuerte, grande, con cierto aire vikingo: por eso quizá se me había grabado su imagen robusta, su aspecto decidido, casi indestructible. Hoy hace un día bonito. con la superficie soleada y limpia, pero, para mi sorpresa, el vikingo guarda bajo su corpachón una carga pesada de inseguridad, angustia y miedo.  En ese momento se me despertó la frase en cuestión. Comparto con MM la necesidad de "fabricar" sociedades con la epidermis saneada, lo importante que es vivir en lugares con jardines limpios, comida abundante y variada, zonas de encuentro abiertas y agradables, hospitales accesibles... y además, acepto la importancia de haber llegado a ese punto en el que circulas por todo esto con la naturalidad de saberlo cotidiano. Lo cierto es que este escaparate tan limpio oculta detrás muchas trastiendas sombrías habitadas por gente que lucha por abrir ventanas, que busca un poco de esa luz primaveral que anda hoy iluminando a diestro y siniestro la superficie de la vida en común. Mientras tanto, el cielo vikingo y otros muchos cielos permanecen a oscuras.

miércoles, 12 de abril de 2017

PRIORIDADES



            Mientras me maquillo, observo mi rostro en el espejo y compruebo con sorpresa cómo mis rasgos me recuerdan a los de mi madre. Me hago mayor y, a pesar de los cuidados, encuentro frente a mí una versión un poco desdibujada de mi cara, como si fuera en realidad una máscara de cera que se empieza a derretir. En la frente, esas finas arrugas horizontales que trato de tapar con un flequillo fijado con laca. Los ojos verdes, como ella, pero sin su mirada tierna y envolvente, y enmarcados por unas bolsas amoratadas que mi madre nunca tuvo y que ahora mismo trato de disimular con un corrector. Los labios finos, siempre cuidadosamente perfilados para tratar de hacerlos parecer más gruesos. Ha llegado ahora el momento, mi momento. Hay que priorizar, decías tú, ocuparte de lo que no puede retrasarse y no perder ni un segundo en lo que no tiene solución. Ahora no puedo contestar al teléfono ni distraerme. Desde siempre esta filosofía de vida me ha creado fama de egoísta, de difícil. No es más que una cuestión de claridad de ideas: lo que importa y lo que no importa, lo que urge y lo que no urge, lo que puede cambiar tu vida y lo que apenas te dejará huella
            El día a día está lleno de ocasiones que pueden hacer tambalear tus principios, sacarte de tu camino, hacerte perder el rumbo con distracciones baldías. No son más que contratiempos que hay que sortear, arriesgándonos a pagar un precio por eso, con la seguridad de que la recompensa final será mayor. Tanta seguridad provoca envidias, bien lo sé. Eso me lo explicaste bien siendo muy niña: ten claros tus objetivos y no cometas el error de ser débil, no hay más remedio que dejar cadáveres en el camino. El fin justifica los medios casi siempre, y aunque nunca debes traspasar el límite de lo legal, en ocasiones deberás acercarte a lo inmoral. Hacerte grande empequeñeciendo a otros a la vista de los demás, correr más rápido poniendo trampas en el camino de tus rivales, subir más alto utilizando energía ajena. Creo que he sido lista, pocas veces han podido demostrar mis manejos. Así, he ido alcanzando objetivos, obteniendo pequeños éxitos  primero,  triunfando en grandes batallas después. Nunca me paro en lo que no tiene vuelta atrás; aunque me duela, no  pierdo el tiempo en lo irreversible.
            Tú viste en mí la fuerza y la determinación que no tenían mis hermanos, pero también la admiración sin límites que te aseguraba el control de mi voluntad. Supiste que yo sí llegaría a donde me propusiera, o mejor dicho, a dónde tú te propusieras. Hay mucho trabajo detrás, muchos años de sacrificio, de estudio, de dedicación y de soledad para ser la primera. No me resulta fácil recordar mis años de colegio, el escrutinio minucioso después de cada examen, de cada trabajo. El interrogatorio para comprobar que nadie había sido superior a mí. Las eternas comparaciones, la sensación de estar siempre alerta, de no poder perder el tiempo en juegos y bromas, el dolor causado por la indiferencia de unos, el desprecio de otros y la obligación de rechazar las escasas solicitudes de amistad de unos pocos. No creas en las alianzas, decías, cada uno lucha por sí mismo. El aprender también a mentirte, a saber que la sinceridad contigo sólo me traería problemas, a disfrazar mi realidad para convertirla en la tuya y ser así digna de ti, de tus halagos, de tu orgullo, de tu amor. De camino a casa, me paraba frente al escaparate de una pequeña librería, a pocos metros de nuestro portal. Ensayaba muecas, gestos. Recuperaba mi papel de hija perfecta, dueña de mi vida, cubriendo con una capa de arrogancia desmedida mi inmensa soledad, el infinito desamparo en el que vivía fuera de tus ojos, donde no era más que una niña lista, distante y perdida. Frente al cristal, practicaba mi discurso de triunfadora, haciendo crecer mis éxitos, salpicándolos de malvadas pinceladas que dibujaban de forma grotesca a otros compañeros más débiles. Era lo que tú querías oír. Me moldeaste a tu antojo, sabiendo que era la única que te apoyaría siempre. Conocía tus planes antes que nadie y admiraba tu encanto, tu personalidad engañosa y embaucadora que a todos hipnotizaba. Pero yo sabía la verdad, la falsedad de esas fiestas y esos halagos, las segundas intenciones de cada uno de tus guiños. En algún momento quise escapar de todo esto, pero eras lo único que me quedaba, y fui cobarde. Me plegué a tus planes y me convertí en ti. No debo demorarme ahora. Es mi gran día, todos me esperan, por fin el justo reconocimiento a nuestro trabajo, el galardón anhelado, la guinda del pastel.

            El teléfono suena impertinente. Desde tu casa, desde los números de mis hermanos, desde la recepción del hotel. Sonó mientras me duchaba y suena mientras elijo minuciosamente mi atuendo, vestida para triunfar, que dirías tú. Sigue sonando sin tregua en mi cabeza, aunque lo desconecté hace horas. La gravedad de tu estado presagiaba ayer un inminente e inoportuno final. Pero no dejaré que nada me distraiga. No me necesitas, no puedo hacer nada por ti, es solo una cuestión de prioridades.

viernes, 7 de abril de 2017

DEL FUNDAMENTALISMO NUTRICIONAL

   Desde el punto de vista de gran parte de los habitantes del planeta, esos que no pueden permitirse el lujo de poner pegas a lo que consiguen llevar a su estómago cada día, el tema del que voy a hablar no dejaría de ser una frivolidad y para nosotros, habitantes del "primer mundo", que ellos consigan llenarse el plato debería ser nuestra verdadera prioridad en el tema de la alimentación. Dicho esto, aclaro que me interesa el tema de la nutrición saludable y que considero una parte muy importante de la educación conseguir que nuestros hijos tengan buenos hábitos en la mesa.

   Lo que observo estos últimos años es que, además de expertos sensatos, hay una auténtica proliferación de modas en esto de la ingesta de alimentos, de manera que somos acusados desde varios frentes de llevar muchos años comiendo de forma irresponsable. En general, todavía parece haber consenso entre los nutricionistas respecto a las bondades de la dieta mediterránea, es decir, de una dieta variada, con un alto consumo de productos vegetales frescos, de legumbres, de frutos secos, de cereales (trigo también, sí), aceite de oliva, poca carne roja y un aporte diario de productos lácteos. Es una dieta "heredada", culturalmente asentada y que permite comer de forma variada y rica.

   Resulta que ahora hay que ver la alimentación no como una forma más o menos responsable y placentera de cubrir nuestra necesidad de alimentarnos, ni de saciar nuestro apetito, sino como una forma de vida, y en eso yo ya no estoy al día. Los seguidores de cada una de las dietas la defienden con fervor místico, hablando de la necesidad de cambiar de hábitos (para seguir estrictamente los suyos) con el mismo empeño que un fiel pone en seguir las normas religiosas. Se trata de llevar a descreídos por el camino de la verdad, empeñados en convertirnos a su causa como si les dieran un premio por socio conseguido o más bien por pecador redimido. En general, vegetarianos y veganos que conozco suelen ser respetuosos: su decisión suele estar basada, además de en el convencimiento de la bondad de esta dieta, en razones de rechazo a la explotación de animales para nuestro consumo y en motivos de protección del medio ambiente. Nada que objetar, yo misma podría hacerme vegetariana sin echar de menos demasiadas cosas. Pero tanto dentro de estos grupos como de otros (defensores de la dieta disociada, la paleo, la  higienista...) hay "practicantes" que te hablan desde la luz, desde la verdad  que un día les fue revelada. No informan, no dan consejos: ellos predican, ellos "saben", ellos "conocen", y proclaman su doctrina con la seguridad del que se sabe elegido, decidiendo lo que es alimento y lo que es veneno para nuestros cuerpos ( y quizá para nuestras almas). Los no enterados, nosotros, los infieles, somos consumistas ignorantes, carne de cañón al servicio de los intereses (que obviamente existen) creados por las grandes cadenas y por los Estados, que se alimentan a la ligera sin pensar en las graves consecuencias de su actitud, de la gravedad de nuestro empeño en perpetuar nuestras malas prácticas en las siguientes generaciones.

   Hace poco vi un titular que decía algo así como "tendencias nutricionales". O sea, ya no vale con vestir los colores de moda o en bailar al último ritmo, además, hay alimentos que son tendencia. A mí, hasta el extremismo en este tema me parecería respetable siempre que se ejerciera solo entre las paredes de cada casa, como parte de las rutinas del creyente en cuestión. Así, nos evitaríamos las caras de desagrado cuando decidamos comer según qué platos o las miradas de conmiseración del que sabe que está ante un zoquete que se está condenando sin remedio. Sé los riesgos de una ingesta diaria y excesiva de azúcares y grasas, pero tampoco creo necesario estudiarme al milímetro la composición de una galleta cada vez que alguien me la ofrezca, ni creo que sea cuestión primordial eliminar completamente los lácteos si me gustan y me sientan bien. Claro que cuanto menos procesado está un alimento es nutricionalmente más rico, que acostumbrarnos a una alimentación variada y con cocinados poco agresivos es positivo, pero me niego a renunciar a los pecados puntuales y a la improvisación de probar determinadas cosas, o a ceder a la obsesión de medir el aporte calórico de cada plato. Sobre todo, y una vez más, me niego a sentirme juzgada o culpable por visitar con cierta frecuencia los supermercados o por no comprar siempre las lechugas de cultivo orgánico.

   No dejo de pensar en que, en el fondo, todo esto es una preocupación más de gente acomodada que, lejos de luchar con la misma intensidad por conseguir un reparto más justo de las lentejas, pone todo su empeño en campañas agresivas para que las nuestras, las que tenemos seguras cada día, sean intachables en su denominación de origen.

miércoles, 29 de marzo de 2017

ME FALTA UN VERANO (O DEL INSOMNIO IMPRODUCTIVO III)

    Anoche, el virus que me andaba rondando pudo conmigo y me impidió respirar con la normalidad que uno requiere para el buen dormir. Como consecuencia, empecé a temerme varios días a medio gas, lo normal para un catarro de mediana intensidad, y esto se tradujo en un aumento de mi intranquilidad y de mis dificultades para conciliar el sueño. Como si fuera una traición de mi cuerpo: ahora no me puedes fallar, con la de cosas que tengo que hacer.  Esta mañana, adormilada y, efectivamente, con escasas energías para cualquiera de las actividades que tenía pensadas, intento convencerme de que casi todo es aplazable, de que no pasa nada por parar un poco hasta alcanzar unos límites de energía razonables

 Observo a esos amigos que disfrutan siempre con su vida, la que tienen, la que han ido tejiendo con tesón, eligiendo madejas y texturas hasta conformar una especie de abrigo protector que les acoge sin pedir nada a cambio; que les  permite parar sin pesadumbre cuando la vida lo requiere, disfrutar de los pequeños placeres cotidianos y no ambicionar nada que no tengan; que gozan de las tardes de manta, libro y buena compañía como si de un regalo se tratara, un privilegio, porque en realidad lo es; que parecen haber completado su propio crucigrama  y no necesitan buscar nuevos pasatiempos; que ya tienen las respuestas que necesitaban y no les nace hacerse preguntas nuevas; que son capaces de saborear lo que han vivido, sin sentir la ansiedad de lo que les queda por vivir, dejando simplemente que la vida les sorprenda y les traiga regalos a su puerta; los que trabajan, y a veces mucho, por enriquecer el lugar que ya ocupan, o por alcanzar algún destino no muy lejos del centro de su universo.

   Yo no sé llevar una vida así de apacible. Sí a temporadas, pero siempre vuelve la inquietud por cambiar, el temor a dejar de hacer algo para lo que mañana puede ser tarde, el miedo a la monotonía, la intensidad para lo bueno y lo malo, por aprovechar el tiempo, el ansia de vivir. Todo esto me conduce a la búsqueda nuevos estímulos, a la multitarea, enriquecedora  a veces, pero que enreda mucho el día a día, una manera tonta de complicarme la vida. Puedo disfrutar de alguna tarde de sofá, claro que me gusta, o de tres perezosos días de playa, siempre que al día siguiente me espere la promesa de una nueva experiencia. Que si hoy he saboreado un lento desayuno en soledad, pueda encontrar en algún momento del día un poco de música alrededor, incluso de ruido, de comprobar que si he currado mucho sin llegar a buen puerto, mi premio son las escalas del camino y los viajeros encontrados. Hablo de querer dar sentido a cada minuto, de la necesidad de justificar cada paso dado, del hambre por ver todo cuando llegas a una nueva ciudad y de la frustración cuando algo se te escapa de las manos, de buscar la torre más alta para comerte lo que de nuevo se te ofrece, de descubrir a un nuevo escritor y querer leer todo lo suyo, o de la fatalidad de encontrarme un pequeño escalón roto y, en lugar de sortearlo sin más y olvidarlo, pensar que se vendrá abajo toda la escalera.

   Creo en la cultura del esfuerzo y se lo cuento a mis hijos, insistente y pesada, como parte necesaria de una trayectoria de vida, pero me consta que tras el trabajo constante no siempre te espera la justa recompensa y que con frecuencia lo mejor te está esperando en la esquina por la que no tenías planeado pasar, en el barco que iba a zarpar sin ti, en el bar donde te resguardaste de esa lluvia repentina, o en un reencuentro azaroso  con alguien a quien habías perdido la pista. Por eso quizá mi afán por moverme, probar,  indagar, aventurarme, perderme por otras calles, vivir alerta, con un radar encendido que me avise de hacia dónde puedo dirigir mis pasos para que un buen día, un día normal, tenga la oportunidad de convertirse en un día extraordinario e inolvidable. Y, como decía Serrat, aprovecharlo o que pase de largo depende solo de mi. No sé si compensa, imagino mucho más fácil navegar siempre por un mar tranquilo que pasar de la calma chicha a la tormenta, de la tormenta al más esplendoroso día  y otra vez vuelta a empezar, pero no sé ser de otra manera.

    Vivo con la certeza de que la vida no espera, de que un día perdido es un día que no vuelve, de que, en mi haber, me faltan algunos días a los que no supe interpretar bien. Sería fantástico apagar el radar y caminar largos trayectos con la conciencia de que lo que tengo es suficiente y valioso, saber vivir sin ser una candidata perpetua a unas sesiones de mindfulness ( lo tengo pendiente). Mientras, continúo buscando el valor a cada  piedra del camino, para no volver a sentir que unos días pasaron sin dejar huella, para que nunca más me falte ese verano, ni ningún domingo, ni mucho menos una primavera. Aunque a lo mejor todas estas tonterías solo son producto de la fiebre, quién sabe.

domingo, 5 de marzo de 2017

DE LOS IDIOTAS Y LOS AUTOBUSES

   De todo hay en el mundo: gente lista, ingeniosa, negativa, brillante...y hay gente idiota.  De esos que van pregonando sus firmes e inflexibles creencias, convencidos de haber nacido ya propietarios de la verdad. Normalmente es una característica difícil de disimular, por lo que se les huele, se les ve venir y no es difícil evitar el contacto para salvaguardar nuestra sensatez. Hay gente que es idiota y además peligrosa. Êstos, no contentos con vivir según sus normas, necesitan imponerlas también bajo el techo de los demás. No aceptan el aborto o el matrimonio gay en su barrio, en su pequeño mundo, y además tratan de evitar  que sea aceptado en el tuyo. No siempre son fáciles de detectar, porque tardan en dar la cara y van sembrando nuestro camino de pequeñas trampas con el fin de enredarnos en su telaraña de hilos pegajosos. Los peores de todos son los idiotas, peligrosos y tóxicos, las joyas de la corona, lo que se dice un pack completo de cualidades. Estos individuos, no contentos con tratar de convencer al mundo de sus teorías inamovibles, se empeñan en propagar su mensaje intolerante, discriminador, racista o intransigente en el lugar donde más víctimas pueden causar, es decir de manera mezquina y perversa. Se me ocurre un supuesto como ejemplo: un grupo ultraconservador decide lanzar a las calles un autobús pintado de una manera llamativa, que podría ser de color naranja, y rotulado con un mensaje de rechazo a un grupo o realidad social que ellos, no contentos con su guerra personal, necesitan poner en evidencia y señalar con el dedo. Como podría ser los niños transgénero. Este autobús estará destinado a circular por las calles de una gran ciudad, haciendo parada a las puertas de algún colegio con el fin de clarificar las obtusas mentes dispuestas a aceptar que la identidad sexual es, en ocasiones, una cuestión distinta a la realidad biológica, al reparto de penes y vulvas decidido genéticamente. Con ello, tratarán de respaldar a aquellos que niegan esta opción de vida, de sembrar dudas en los que la aceptan de forma natural y de echar por tierra todo el esfuerzo invertido por profesores, padres y niños en su integración y normalización. Claro, todo esto apoyado en el ¿incontestable? argumento de que están respaldados por la ciencia, por la biología. Ante la avalancha segura de protestas, esgrimirán su derecho a la libertad de expresión. Lo del respeto hacia otras realidades diferentes a la suya o la empatía ante el dolor ajeno, ya si eso se lo dejarían para septiembre. Pero claro, esto no es más que una conjetura, un ejemplo inverosímil pensado con malicia.

domingo, 26 de febrero de 2017

RELEER LA VIDA

    Hace unos días asistí a la presentación de un libro de relatos. Entre otras cosas, de la autora se destacó que parecía ser una gran lectora, sea lo que sea que esto quiere decir. A continuación le cuestionaron sobre lo que estaba leyendo en este momento (después de todo, la cita era en una librería), es decir, qué libros, autores, géneros actuales le interesaban. Su respuesta fue, en resumen, que ella es una gran relectora, es decir , de las que leen repetidamente a sus autores favoritos, con insistencia, una reincidente que siempre termina recurriendo a Kafka, a Tolstoi o a Dostoievski. Al parecer, su objetivo al escoger un libro es leer textos que la enseñen y que le sugieran cosas para a partir de ahí, fabular y comenzar sus relatos. Dicho todo esto con naturalidad y sin pedantería, todo hay que decirlo. Yo soy muy poco fan de los relectores exclusivos, pero más me asombra cuando tus circunstancias en el momento en que lo declaras con convicción son las de  un escritor digamos solo medianamente conocido, tratando de convencer a un público de que te compre a ti, a tu mundo inventado, a tu libro nuevo recién editado y dispuesto a ser leído por primera vez. No sé, yo creo que lo sensato por su parte sería lanzarnos un interesado discurso sobre la cantidad de talento y de buenos libros que hay entre los escritores noveles. Y si no, ¿ porqué salvar el tuyo entre todos los libros editados?, ¿porqué despreciar de antemano el poder de inspiración, la capacidad de emocionar y de evocar de cualquier otro escritor contemporáneo tuyo? Es como si un director de cine del siglo XXI reconociese públicamente dedicar horas  a la visualización de las obras maestras de Fellini, Bergman y Kubrik, por ejemplo, y nada más que a ellos, pero aspirase a un Oscar por la brillantez de su peli. O un compositor musical que rechazase escuchar nada creado después de Verdi, pero que aceptase un premio por su última aportación al género operístico. 

   En la vida hay muchas cosas de las que disfrutas una sola vez, por irrepetibles o porque no sientes la necesidad de revisitarlas, y eso no impide que recuerdes siempre las sensaciones de ese momento. Incluso los libros que a mi sí me pidieron una segunda lectura, ya nunca me regalaron esa fascinación del primer encuentro. Es cierto que descubres detalles nuevos, que merece la pena disfrutarlos ya sin la urgencia de ese querer pasar página, pero la emoción, el asombro, no son los mismos. Si alguien me ofreciera pasarme el resto de mi vida reviviendo todos y cada uno de mis momentos felices, así, en bucle, una y otra vez, diría que no. Correría el riesgo de tropezarme con tal de no renunciar al subidón de lo nuevo, a la posibilidad de la sorpresa. al deslumbramiento de las primeras veces. 

martes, 21 de febrero de 2017

LA HERENCIA


  Tras muchos años de vida poco convencional, quiso mi padre dar a su muerte un toque de formalidad y, para nuestra sorpresa, dejó escritas sus últimas voluntades. Nuestra relación con él distaba mucho de ser cordial y se limitaba a unas breves visitas que le hacíamos, por turnos y muy espaciadas, para asegurarnos de que seguía en este mundo. En esos casos nos recibía con cierta sorna, mis hijos queridos, y tras proferir algún que otro desatino, nos invitaba a abandonar su propiedad con premura. Nunca quiso ser padre, fue algo circunstancial a lo que se dejó llevar y de lo que escapó en cuanto supo cómo. Su albacea, un letrado gris y eficaz, nos convocó a los cuatro hermanos a su despacho a una hora temprana. Una vez sentados alrededor de una gran mesa redonda, solemne, de madera maciza, leyó con voz firme el reparto de sus bienes.  A Pablo, mi primogénito, pilar de la familia, guardián de nuestro honor, le cedo la casa, con el compromiso de mantenerla en buen estado y la responsabilidad de conservarla para las siguientes generaciones; a Marina, mi niña caprichosa, le regalo las joyas de mamá, para que las disfrute junto a sus hijas y preserve intacto, como merece, lo poco que guardo de vuestra madre; a Ernesto, por su apego a los bienes terrenales, le corresponde la hacienda, la superficie cultivable, que debe ser trabajada para dar fruto cada temporada; y a Noel, mi pequeño ilustrado, por su inagotable afán de conocimiento y su incansable empeño en mejorar mi vulgar lenguaje, por su ansia de saber y exponer su alto nivel intelectual, le cedo mi biblioteca, mi mayor tesoro. Considero un acierto el reparto, apostilló el albacea visiblemente emocionado. Viejo cabrón, masculló mi hermano.  
     
   Los pendientes de perlas de mamá permanecen en un pequeño joyero, a la espera de una necesaria reparación, consistente en engarzar nuevas perlas, ausentes en el momento de la entrega. Las macetas de Ernesto encontraron su lugar en la terraza soleada de su casa, y llenas por primera vez de tierra fértil, quizá den flores y frutos la próxima primavera. La caravana de Pablo, tras alguna reforma y la reconstrucción de su destartalado techo, ya sirve de lugar de juegos a sus hijos. Y mi libro, un ejemplar antiguo del Selecciones del Reader's Digest, algo maltrecho e incompleto, duerme en mi mesilla de noche hasta que encuentre la ubicación perfecta para que no pierda la condición de pieza única que le dio mi padre. Que en paz descanse.
           

lunes, 13 de febrero de 2017

TODOS MIS FUTUROS SON CONTIGO











Así es como voy y vengo de mí
mi viaje de ida hacia el cansancio,
mi viaje de vuelta hacia la calma,
así llevo mucho, mucho tiempo,
esa es mi vida.



Fragmento de El Tesoro





   Es difícil clasificar este libro. No es poesía al uso, tampoco es prosa. O es todo a la vez, quizá. Tiene un algo de confesión y otro poco de desahogo, y contiene algún grito de denuncia. Es un buen puñado de sentimientos traducidos a palabras directamente desde las entrañas. Es tierno y sugerente, es impúdico y descarnado, es una declaración de amor y también de humor. Es muchas cosas. Es esperanzador:

Lo extraordinario, hoy y cualquier día, puede suceder. Conviene no olvidarlo. 


   Pasen y lean, por favor.






viernes, 10 de febrero de 2017

FRÍO

   Su aliento me quema de tan cercano y me parece imposible que él no perciba el mío. Escondida, me abrazo con fuerza las piernas, haciendo de mí una suerte de ovillo apretado para tratar de controlar los temblores que amenazan con delatarme. Mis lágrimas, sin embargo, caen mansas, y se deslizan hasta perderse en mi cuello o acabar en mi boca, siguiendo alguno de los numerosos senderos que marcan mi rostro de forma invisible.
  Como esperaba, aparece inquieto y empieza a revolver mis cosas, a abrir cajones violentamente, buscando algún indicio que confirme sus sospechas o alguna prueba que le devuelva la esperanza, que desmienta lo que el día a día le dice a gritos. Apenas lo reconozco en este hombre abatido y nervioso, que murmura palabras incomprensibles. Ya no te quiero, le digo yo en silencio, déjame marchar, ya no te quiero. Agotado al fin, me busca en el olor de esas telas que han estado en contacto con mi piel, esa que tantas veces ha recorrido con sus manos, con su boca, de la que conoce cada rincón, cada aspereza, cada secreto. Una vez más, vuelve a casa a solas, para tenerme, para quererme, para soñarme aún suya, creyendo conjurar de esa manera el desamor que invade cada rincón de esta casa.  Aún sufro por verlo así, todavía me duele. No falta mucho para que sea más fuerte mi infelicidad que la lástima, la rabia que el amor domesticado, mis lágrimas que las suyas. Entonces, por fin, me marcharé lejos de esta podredumbre del alma, lejos del frío.





miércoles, 1 de febrero de 2017

MATERNIDADES

  Madre tigre, madre helicóptero, malamadre, madre medusa...quince años como miembro de pleno derecho de este gremio y no soy capaz de ubicarme. Analizando cada una de ellas, descubro que tengo mucho de malamadre, nada de madre tigre y un poco de madre medusa. He sido muy madre aspiradora, que parece ser que es la que se alimenta de lo que dejan sus hijos, pero actualmente moriría de inanición, pues mis retoños ingieren cantidades nada despreciables de comida de las que no dejan ni las migas. Yo es que en esto, aunque me ha gustado leer y documentarme como a la que más, e intento mantener unas pautas ajustadas al tipo de madre que quiero ser, al final y llegado el caso, suelo actuar por instinto e improvisación. Según me sale.

   Me encuentro hoy con la última polémica en materia de maternidad: el recién publicado libro de una famosa periodista sobre el tema. En la entrevista que he leído, ella, madre reciente de dos niños, dice entre otras cosas que con los hijos pierdes calidad de vida. De entrada, así de sopetón, en frío, con sus dormitorios recogidos modo their way (aceptando el montón como nueva forma de almacenamiento de ropa), con los últimos boletines de notas aún calientes, los recibos de la academia de recuperación a punto de vencimiento y el frigorífico cual parcela deshabitada por segunda vez esta semana, me ha parecido una verdad verdadera. En una segunda reflexión más pausada, he discrepado un poco. Porque es de cajón que pierdes muchas cosas: libertad, tranquilidad, sueño, vida social...y las mejores cosas que ganas son poco mesurables, incluso algunas no dejan de ser una apuesta a largo plazo, que vete a saber si estarás presente para recoger los beneficios. Tampoco creo en la idea ahora extendida de que lleguemos a la maternidad engañadas, como ella afirma, como si hubiera un pacto social por ocultar LA VERDAD y evitar así un descenso radical en la natalidad del universo. Antes de nacer mis hijos yo ya tenía varios sobrinos entre los que podías encontrar de todo: los que no comían, los que no dormían, los que no comían ni dormían, los que lloraban siempre, los que lo hacían todo y además bien... La presión social por parir como fin único tras el matrimonio la vivieron nuestras madres, y cumplieron como se esperaba, de ahí ese alto índice de familias numerosas. En ese sentido, yo no me sentí especialmente apremiada. Tampoco idealicé ese momento esperando escuchar violines cada vez que mi hijo y yo entrásemos en contacto visual, pero aún así, nunca es lo que esperas, ni lo que imaginas, no es lo mismo contado que vivido, o que sufrido, ya que jamás estás preparado para esas noches interminables convertido en zombie por la falta de sueño, cargando un bebé en estado de enajenación pasillo arriba pasillo abajo, haciendo más kilómetros que en el Tour de Francia, fantaseando con que alguien venga, quién sea, a llevárselo durante unas horas, o para esa duda existencial a las cuatro de la mañana sobre si lo sensato es esperar a que amanezca o si debo salir ya pitando a urgencias, o para contar hasta veinte para no responder a la enésima bravata de tu adolescente como realmente te pide el cuerpo y hacerlo según una madre coherente con el sistema educativo que pretendes seguir. Recalco el pretendes.

   Sé que hay madres que se están atreviendo a dar un paso más y a admitir públicamente su arrepentimiento con respecto a la maternidad. No lo critico,  uno no es del todo dueño de sus sentimientos. A veces quieres querer y no te sale, quieres disfrutar y no puedes. No he leído de ninguna que reniegue de sus hijos, que quiera quitárselos de en medio una vez instalados en su vida, pero sí hablan de ese momento, años atrás, en el que dieron con ilusión y algo de desconocimiento un paso que cambió tanto sus vidas que hubieran preferido no darlo. Así de simple y así de sincero.

   Me he encontrado pocos casos de padres arrepentidos y en ninguno de ellos la causa era esta supuesta falta de calidad de vida, ni la dificultad de conciliar o la imposibilidad de recuperar después el terreno y el tiempo perdidos laboralmente. De todo esto nos quejamos todas en mayor o menor medida y esto sería un tema para otro debate (necesidad de un cambio social, de engrasar mejor el sistema laboral, de generar un debate sobre las prioridades y la gestión del tiempo en las empresas, de la falta de flexibilidad... ). Los casos de los que hablo se deben todos a dos causas: los primeros, padres a los que el comportamiento de los hijos ha hecho sufrir hasta no poder más y los segundos, padres cuyos hijos no han conseguido ser felices. En cualquier otro supuesto no recuerdo ninguna frase tipo en qué hora yo, cómo se me ocurriría a mí.., ni por graves enfermedades de los hijos, ni por temas más frívolos como perderse viajes o salidas sociales, ni por tener que dejar pasar una importante oportunidad de trabajo. En las dos situaciones comprendo muy bien la frustración de los padres que se sienten fracasados en eso, la pena inmensa de comprobar que no ha merecido la pena.

   Yo también pongo todo mi empeño en que sean felices; no quiero decir que busco que no sufran, ya lo han hecho y lo harán más, ni que mi deseo sea privarles de desengaños, yo lo que quiero es que encuentren su lugar en el mundo, que se sientan parte del rincón donde viven, queridos, necesitados, que sepan a qué quieren dedicar sus esfuerzos, aunque cambien diez veces de opinión, que no tengan miedo de volver a empezar, quiero que tengan ilusión por conocer, por aprender,  que confíen en su futuro, aunque parezca que viene gris y tormentoso. Y mira que se me hace ardua algunos días la tarea, bregando con dos almacenes de hormonas que tan pronto me abrazan por sorpresa como me miran como si fuera una extraterrestre recién llegada de Raticulín hablando otro idioma, o me frustra la lucha interminable por evitar que sus móviles se conviertan en un apéndice de su mano derecha, o me crispa su enésima provocación de averquiénpuedemás... Nada, ni aún así encuentro dentro de mí ni un poquito de arrepentimiento. 

miércoles, 25 de enero de 2017

DE LOS DESALMADOS

   Ni puñetera gracia. Nunca he visto la chispa a hacer mofa del sufrimiento ajeno. Ni a las bromas sobre el Holocausto, ni a las de tartamudos, ni a las racistas...no sé bien dónde está el límite entre el chiste de mal gusto, la falta de respeto o el hecho delictivo, me falta base legal en este campo, pero sí sé que no tienen ni puñetera gracia. Hay quien da un paso más y les pone nombre propio. Chistes, o tuits, que ahora se llevan más, sobre Irene Villa, por ejemplo. O sobre  Ortega Lara y el terrorismo, como en el caso de un cantante que ha sido condenado esta semana. Según la sentencia, por emitir mensajes humillantes, por alimentar el discurso del odio, por obligar a la víctima al recuerdo de la vivencia de la amenaza, el secuestro o el asesinato de un familiar cercano. No sé si de verdad es un delito, no sé si semejante crueldad pueda tener un objetivo más allá de provocar,  no sé si no es más que una estupidez sin mayor recorrido ni más consecuencias que el aplauso de unos cuantos que, por supuesto, se escudarán en la libertad de expresión y en el rechazo a la censura que sufren para defender esta postura.

   El año pasado las polémicas más sonadas vinieron tras la muerte de un torero en la plaza, aplaudida por algunos antitaurinos radicalizados, a los que les pareció perfectamente compatible que coexistieran en su cabeza la condena al maltrato animal y la celebración de una muerte por cornada. Cosas de la sensibilidad sesgada. Por si hubiera alguna duda, no defiendo las corridas de toros, no me gustan.

  Hoy ha sido el turno de Bimba Bosé. Murió ayer, joven y sobrada de amigos y de ilusiones. Lo que conozco, lo que conocemos de ella es que ha sido una mujer libre en su forma de vivir y valiente a la hora de encarar su enfermedad. Admiro su coraje. La marea de condolencias afectuosas publicadas demuestra que no pasó por este mundo de puntillas y espero que pueda confortar de alguna manera a los suyos. Pero unas pocas horas han bastado para encontrarnos con tuits ofensivos, dañinos, irrespetuosos. Quizá esa personalidad transgresora y directa molestaba a alguien, o el hecho de pertenecer a determinada familia. Algunos mensajes que he leído rezuman odio e intolerancia contra ella y contra su familiar más conocido, Miguel Bosé: maricón, ramera, lesbiana, perro... Muy oportuno todo, pura empatía con el dolor ajeno. Me encuentro una vez más con un atrevimiento ofensivo a la hora de dirigirse a una persona conocida, como si pasaran a ser personajes de ficción: lo que nunca diría al vecino del quinto, por mucho que lo deteste, sí se lo digo al actor de turno y descargo contra él toda mi mala baba y mi repulsa, ya sea a los gays, musulmanes, ateos, veganos, chinos, catalanes, urbanitas o a los que visten raro. Que trague con ello, que para eso es famoso.

 El primer escalón de un desalmado debe ser alegrarte con la desgracia de otros. Cruel, inhumano, falto de conciencia, esa es la definición. Ser capaz del chascarrillo fácil a costa de los fracasos de tu contrario, reírte de sus enfermedades, duelos, heridas. Disfrutarlo en silencio o en voz baja, revolcarte en el lodo y las miserias de otros y anotarte un punto. Al menos estos se acobardan y evitan exhibirlo demasiado, aún mantienen la sensatez de saberse  fuera de la corrección. El siguiente escalón está ocupado por los canallas que, además del regodeo íntimo, buscan el aplauso, se enorgullecen de sus exabruptos, se creen más valientes (aunque se escuden con frecuencia en el anonimato de la nube) y se erigen en portavoces de una estirpe de moral confusa, esa que no tolera lo distinto y se cree legitimada para juzgar, condenar y vejar y que, además, busca pandilla, cómplices que le rían el chiste. Como en la barra del bar, pero sin dar la cara.

miércoles, 18 de enero de 2017

RELATO BREVE: DE LOS HÁBITOS INCOMPATIBLES

HÁBITOS INCOMPATIBLES

            Al principio no me extrañó su comportamiento. Bueno, quizá un poco, pero pudo más el amor, o el deseo, o el anhelo de compañía. Habituada a convivir con una familia un poco lunática pero respetuosa con los espacios, los silencios y las excentricidades de cada uno, y admitiendo tener, por mi parte, algún que otro hábito inusual, me resultó fácil hacer la vista gorda a los pequeños indicios de rarezas que se fueron colando en nuestra cotidianidad.
            Compartimos circunstancias de manera plácida y sin sobresaltos. Plegándose él a mis costumbres, buscamos una casa alejada del ruido urbano y cerca del campo, un lugar con jardín en el que la naturaleza viva pudiera colarse en la casa, algo esencial para mí. Somos muy distintos, y procuramos evitarnos durante el día, pero las noches  compensan esas diferencias, y nos hacen felices.
            No le gusta la carne poco hecha y dice desaprobar el consumo de lácteos. Se alimenta principalmente de frutas y verduras, y de vez en cuando, algo de pollo o pescado a la plancha, lo que le mantiene extremadamente delgado y le da ese aspecto melancólico y soñador que tanto me gusta. Es meticuloso y lento en la preparación de sus comidas: limpia, trocea, cocina despacio. Es como un rito, me exaspera.
                        Vivimos juntos desde hace tres meses. Tan lejanas a las suyas, mis rutinas alimentarias le molestan, y hasta a veces creo que le repugnan, acostumbrado a ingerir hasta el aburrimiento, día tras día, hojas verdes y frutos carnosos. Soy desordenada en mis horarios y  él evita estar presente en mis comidas, como yo en las suyas. El hecho de ser tan distintos nos aísla de nuestros respectivos mundos. Ha empezado a cultivar un huerto: le relaja. Le he propuesto criar algún animal, preparar una pequeña granja: sería bueno para los dos, pero él rechaza la idea de manera categórica.
            Mi familia le acepta con reservas: desde que vivimos juntos, mi relación con ellos es distante. Le he invitado sin éxito en repetidas ocasiones a probar cosas nuevas, haciendo hincapié en la falta de proteínas de su dieta (en su defensa, he de decir que en otros ámbitos de nuestra vida en común sí se muestra receptivo a los cambios y hasta muestra una estimulante imaginación), y en el importante ahorro económico que supondría para la economía doméstica el hecho de compartir (además de colchón) mesa y menú, algo que, en un contable como él, creí que sería un argumento de peso. De momento, se mantiene fiel a sus semillas, sus tomates ecológicos y a  sus zumos vitamínicos. Es una obsesión.

            Ya le he avisado de mi necesidad de cambiar de casa con frecuencia. Confío en que lo entienda y me acompañe. En el vecindario comienzo a notar las miradas torvas y desconfiadas que reconozco como final de un ciclo. Gatos, pájaros, lagartijas… apenas entran ya en la casa, pese a vivir en un hogar de puertas abiertas. Sólo me quedan los insectos, bastante pobres e insípidos. Las lombrices, siempre a mano en caso de necesidad, no me acaban de convencer: saben demasiado a campo, a tierra, a hojas verdes.

viernes, 13 de enero de 2017

LA VIDA ES POESÍA



         Si pudiera, elegiría una rima clásica que me hiciera sentir en armonía con otros, pero las circunstancias me obligan a aceptar mi destino, a bailar sin melodía, a defender mi sitio y mi discurso con dignidad  mientras imagino cómo sería una vida acompasado. Soy lo que soy, una isla anclada en mitad de un oleaje rítmico, de una danza de letras, un  solitario verso suelto.


martes, 10 de enero de 2017

FANTASMAS




Hay fantasmas de carne otros de hueso

también hay los de lumbre y corazón

o sea cuerpos en pena almas en júbilo

que vi o toqué o simplemente puse

a secar

a vivir

a gozar

a morirse

pero además está lo que advertí de lejos



                                                 Fotografía: Ynada Max, Óbidos
                                                              Texto Mario Benedetti, Como árboles 






martes, 3 de enero de 2017

DE MUJERES Y RESPONSABILIDADES


  En los informativos del primer día del año, dos nombres de mujer eran repetidos en todos los medios por motivos bien distintos. Una de ellas, Matilde Teresa, alcanzaba una triste notoriedad por ser la primera mujer fallecida en 2017 víctima de violencia machista. Como tantas veces, esta mujer moría apuñalada por su pareja sobre la cual pesaba una orden de alejamiento que ambos, al parecer, se habían pasado por el forro, pues convivían juntos. No conozco la historia de Matilde, pero se me ocurren unas cuantas razones por las que pudo perdonar agresiones anteriores y volver a compartir techo con su asesino, todas ellas equivocadas. No porque yo sea más lista, ni porque haya vivido nada parecido, sino porque hay unos patrones que se repiten en casi todos los casos de violencia de género, un perfil que comparten mujeres con muy distintos niveles sociales, económicos y culturales: la negación de su realidad, el desarrollo de un importante sentimiento de culpa, el miedo a la incomprensión en su entorno y sobre todo la dependencia, emocional en todos los casos, y a veces también económica. En realidad, cada muerte es solo la punta del iceberg, la noticia detrás de la cual permanece oculta una montaña de comportamientos machistas, permisivos con las pequeñas agresiones, una educación sexista, la continuidad en la aceptación del rol masculino como autoritario y del femenino como débil.

   De nada servirán las campañas, los teléfonos gratuitos, las órdenes de protección y alejamiento si no cambiamos cada uno nuestro pequeño entorno, si en cada casa, barrio o pueblo no vamos conquistando terreno, peleando batallas para ganar la guerra. Nada cambiará si no convencemos a todas nuestras hijas de su valía, de su derecho a la igualdad de oportunidades, de la necesidad de ser independientes, de no tolerar comportamientos que sientan como degradantes, si sigue habiendo vecinos que cierran la ventana para no escuchar lo que se cuece al lado en lugar de dar un valiente paso al frente y denunciar, si aún hay familias que hacen la vista gorda ante los repetidos hematomas mal maquillados de su hija, si hay amigas que ríen divertidas cuando conocen que el novio macizo de una de ellas le controla el móvil y las salidas, si quedan mujeres que aceptan y cuentan como anécdota que su marido no sabe ni prepararse un bocata ni ha utilizado nunca una escoba (complicado artefacto), o que le tienen que pedir permiso hasta para comprarse unos calcetines. Hay tanto trabajo por hacer en casa...
  
  La segunda protagonista del día es en realidad la primera, la prota absoluta de la polémica del día: justo lo que intuyo que se pretendía. Será casualidad, pero las críticas más encendidas que yo he leído provenían de mujeres y los defensores a ultranza de su indumentaria y performance eran hombres. Cristina, mujer que adivino con carácter, capaz de tomar sus propias decisiones, guapísima y lista, por tercer año consecutivo se ha sumado en Nochevieja al juego de "a ver que enseña la P. en Nochevieja". Ella defiende su independencia, y la creo. Que el numerito beneficie a la cadena no impide que ella también obtenga una fama que la compense. Pero aquí es donde yo creo que entra la batalla personal de cada un@ y nuestra responsabilidad, mayor si cabe si la actividad profesional que desempeñas tiene la repercusión que tiene la suya. Porque si tenemos tarea en casa, también tenemos mucho por hacer en el ámbito profesional. Puesto que ninguna mujer debería permitir que, en igualdad de condiciones, un jefe imponga que las mujeres limpien y los hombres organicen; o que sean las mujeres quienes sirvan el café para todos; o que los hombres ganen más por el mismo trabajo; o que el uniforme de trabajo sea cómodo para ellos y ellas deban vestir falda corta y zapato de tacón,; o que un superior o compañero le agreda con comentarios paternalistas o supuestamente empáticos y aduladores o con bromas machistas y ofensivas;  o tolerar la insinuación de que un buen escote es importante en una camarera , pero que sus colegas varones están de puta madre con una corbata bien ceñida al cuello. O, como es el caso, calentar el ambiente semanas antes dando pistas o insinuando algo sobre el número de centímetros cuadrados de piel que podría mostrar o no este año y salir medio desnuda a un balcón una noche gélida, acompañada de un hombre vestido (él sí) como corresponde a la ocasión, y prestarse al juego de ahoramequitolacapa y veréisloqueenseñoestavez.  

  No es mi intención juzgar, y probablemente ella defienda su decisión y sus motivos de forma coherente. Respeto que es libre de hacer con su vida lo que quiera, como quiera y de vestirse como le venga en gana. Faltaría más. Hay un abismo entre este comportamiento y el final trágico de Matilde, y su responsabilidad en este asunto es la misma que la mía o la de cualquiera de mis vecinas. Pero lo que la trae a estas líneas es el hecho de que lo que ella haga tiene mucha, muchísima difusión; que su nombre, no el mío, coincidió con Matilde ese día en la misma página. Y que además, quiero pensar que si cada Cristina, cada Luisa, cada Ynada, desde nuestro pequeño hueco en el mundo, hiciéramos los deberes tanto en casa como en el trabajo, iríamos venciendo y convenciendo, ganando terreno a lo justo, y quizá algún uno de enero no tendríamos que empezar una maldita lista con nombres de mujer.

sábado, 31 de diciembre de 2016

DE CARPETAS Y PROPÓSITOS PARA EL NUEVO AÑO




   Supongo que es difícil evitar la tentación de hacer una especie de balance del año que acaba a la vez que tratas de comenzar el nuevo con la esperanza de no volver a tropezar en las mismas piedras. Yo, a algunos de mis propósitos los renuevo contrato cada año, con la intención de que, en algún momento, pasen a la carpeta de pruebas superadas. Son aquellos que, juntos, me harían alcanzar la meta final de aprender a caminar por mi vida de otra manera más ligera, sin cargas innecesarias, mirando más hacia fuera y menos a mi ombligo. Mis logros son pequeños, incluso algunos años admito claramente un paso atrás. pero creo saber por dónde va el sendero: solo me falta encontrar el paso. A los viejos propósitos añado cada año alguno joven, y esta vez uno de ellos está relacionado con el uso de las redes sociales

  En el inicio de mi relación con este mundo, cuando vivía el arrebato tonto y efervescente de los primeros días, compartí en varias ocasiones fotos de mis viajes (sin tener yo ni de lejos un historial envidiable de trotamundos ni una maestría prodigiosa con la cámara, con una sabia elección de fotos me quedaban reportajes resultones); de mis rubios churumbeles sonriendo como querubines (cogidos por sorpresa,  podían dar el pego y ocultar ese cafre que llevaban dentro); de algún concierto o evento cultural estupendo al que hubiera tenido la suerte de poder acudir, evitando ser muy crítica, no fuera a desmerecer el momento. Lo cierto es que me contagié de esa fiebre de etiquetar la felicidad y convertí mi vida en una (aparente) tómbola de luz y de color.

   Acepto que si abres las puertas de tu casa es para enseñar la parte bien ventilada, la más luminosa, las estancias más acogedoras y cálidas. Me gusta que mis amigos me hagan partícipe de algún momento especial, emocionante o alegre, disfruto de saberlos felices. Por suerte, me rodeo de gente bastante sensata que suele ser prudente al elegir qué momentos enseña y qué ventanas deja abiertas. Yo también lo sigo haciendo a veces con la gente que quiero. No buscamos ver los sótanos oscuros ni los desvanes sombríos de las vidas de los demás, para eso ya tenemos cada uno los nuestros. Pero qué necesidad hay de cruzar el limite, de prescindir de puertas y de exponer, además del gimnasio, el rincón chill-out, el yacuzzi, la piscina climatizada, las vacaciones en el Todolujo Resort Beach 5 estrellas, el folleto del crucero donde marco mi espléndido camarote Suite Extra o un primer plano del prohibitivo platazo de ostras que me voy a comer justo después, of course, de habérnoslo hecho saber al resto de la humanidad. Para que sepamos que tú puedes y tú lo vales,

  Hace no mucho, un amigo que estaba pasando una racha particularmente mala, rechazó asistir a una reunión social por no encontrarse con alguien a quien apreciaba. Este alguien, al contrario, vivía un momento espléndido de su vida de amor y frenesí, de estas rachas tan perfectas en las que estás borracho de felicidad. De completo subidón, vaya. Y lo publicitaba, claro, a los cuatro vientos y por todos los medios de difusión a su alcance. Me alegro por él, me dijo, pero verlo me hace daño. No lo interpreté como envidia, o quizá sí, pero me pareció un sentimiento legítimo y un comportamiento honesto: opino que es fácil ser generoso y hacer tuyo el entusiasmo de los demás si tú te sientes bien, pero cuando tu vida se tambalea y te falta un suelo firme bajo los pies, no ayuda nada el roce con la suerte de los otros y, si se da el contacto, la única ósmosis posible es en el sentido equivocado. Desde entonces, creo tener un motivo más para cuidar lo que publico, lo que cuento y cómo lo hago, y soy más crítica con lo que enseñan los demás. Creo que hay algo indecente en el exhibicionismo con el que muchos muestran su vida y sobre todo en su desmesurado empeño en hacérnoslo saber: si no lo comparto, no existe; si nadie lo sabe, ¿de qué me sirve vivirlo?

   Por eso, éste es uno de mis propósitos para el nuevo año: ignorar escaparates atractivos con la trastienda vacía, carteles publicitarios con información improductiva, pasar sin detenerme por delante de esas ventanas chivatas y ostentosas e intentar poner mi atención y mi mirada en  lo que de verdad importa y merece ser dado a conocer. Espero que pase pronto, al menos, a la carpeta de pruebas en vías de superación.

   Feliz año para todos.

domingo, 18 de diciembre de 2016

DEL TONTO SIMÓN Y LOS MALENTENDIDOS

   Eres tonto Simón y no tienes erección. Así cantó durante años alguien que yo me sé este conocido estribillo de Radio Futura. Y le costó aceptar que no era ésta la versión correcta. Después de tanto tiempo, la otra le parecía simple, carente de chispa, en cambio la suya era la lógica hecha canción: corto de inteligencia y limitado en sus funciones viriles, cómo no merecer unas estrofas. Yo misma pasé parte de mi infancia creyendo que Shakespeare y Séxpir eran dos persona distintas, hasta que un día vi la luz. Uno de mis hijos, con tres años, vino un día del colegio contándonos las virtudes de Cristo Balcolone. Creímos que era un personaje de cuento hasta que nos habló entusiasmado de unas carabelas y del descubrimiento de América.  Gente hay que celebró muchas fiestas de cumpleaños cantando a voz en grito mientras se preguntaba en silencio quién narices sería el famoso Centudía (feliz, feliz, Centudía).

   Probablemente todos recordamos uno o varios equívocos de éstos asociados normalmente a nuestros días de infancia. Los que puedes recordar y repetir con una sonrisa son  banales, inocentes y divertidos, aunque sospecho que había muchos más que el tiempo ha ido borrando de nuestra memoria. Lo malo es cuando los malentendidos pasan a cobrarse víctimas.Y lo que nace como una duda o un error, como un creí qué, me pareció qué, me han dicho qué, entendí qué...se empieza a extender convertido en rumor y llega a ser una verdad verdadera. Y esos, que nadie quiere recordar, son los más difíciles de borrar. Pero yo me empeño, por eso sigo cantando la otra versión del tonto Simón, para no descuidarla, con la cándida idea de que si doy un espacio preferente a mis vivencias felices (muchas veces triviales o frívolas), acabarán por hacerse fuertes frente a los malos recuerdos.  

viernes, 9 de diciembre de 2016

FOBIA ( MICRORRELATO)


           
            He tratado de superarlo. Terapias, hipnosis, acupuntura, medicación. Para otros, su caballo de batalla es la fobia a hablar en público, a los espacios abiertos, a las arañas, a las alturas. Mi miedo es a la hoja en blanco, al momento de enfrentarme al vacío del papel limpio. Sé que si mantengo la calma es cuestión de tiempo: la solución termina por llegar en forma de palabras, de letras ordenadas. Pero estos miedos no responden a la razón, ni el pánico incontrolado, ni el sudor frío, ni los temblores que  padezco en el momento en que decido que ha llegado la hora de sentarme en la silla para plasmar sobre el lienzo mi obra, aquella idea que, ya madura, pide salir y hacerse tinta. Es un papel de calidad extraordinaria, me dijeron cuando lo compré. Nadie me explicó su rechazo a ser manchado, mancillado, su resistencia feroz a ser escrito. Es cierto que una vez que consigo reducirlo y escribir la primera letra, queda completamente dócil, entregado al suave trazo de mi pluma. Pero antes, debo sufrir su rebeldía en forma de cortes en los dedos y neutralizar sus intentos de introducir sus afiladas esquinas en mis ojos. Y puesto que las terapias no han funcionado, me planteo una rendición. Cambiaré de papel, buscaré otro de peor calidad, pero más seguro. Más manso.