jueves, 5 de octubre de 2017

DE LA VOZ DORMIDA

  
  Hay quien escribe todos los días, como parte de su actividad cotidiana. A lo mejor por la necesidad de explicarse el mundo, o de explicarse a sí mismo, o de llevar al papel todo aquello que su imaginación le regala.

   Qué sé yo porqué lo hago, porqué lo hacía, pero me ocurre que tras algunas etapas de escritura diaria, de facilidad para la fabulación, de ganas de contar y de contarme, un día de repente se apaga mi voz. Ha ocurrido más veces, durante meses, o durante años. Quizá es que tenga alrededor cosas que hacen más ruido, tanto que inunda todo mi mundo y me impide hablar. Quizá sea una actividad de mis tiempos de paz y ahora me siento un poco en pie de guerra. Quizá para volver por aquí, para recuperar mis palabras y ser capaz de manejarlas a mi antojo, necesite desconectarme de otros discursos ahora muy presentes a mi alrededor, que acaparan letras y juegan con ellas para agruparlas de manera desesperanzadora y intimidante. Puede que ahora, con la sensación de haber perdido el suelo firme bajo mis pies, me cueste encontrar el antídoto para esta afonía persistente. O que tema ser escuchada más aún que ser olvidada.

   Y no es por falta de música: en estas semanas han pasado por mi vida libros extraordinarios, sucesos importantes, pequeñas alegrías, nuevos amigos y lugares, alguna despedida imprevista... pero hay un zumbido de fondo, un ronroneo continuo y molesto que me impide disfrutar de otras melodías, aunque sean tristes, algo que solo escucho yo y cuya voz tendré que acallar para volver a alzar la mía. Cuestión de tiempo. 

sábado, 29 de julio de 2017

DE LA GENTE PERFECTA

   Hace unos días leí que, al cumplir la mayoría de edad, una famosísima "hija de" había recibido como regalo de cumpleaños envenenado una numerosa cantidad de mensajes, no precisamente de felicitación. No quiero repetir los pocos que recuerdo, pero, si me imagino a mí misma con dieciocho años, solo con un puñadito de ellos mi yo adolescente hubiera sufrido un daño difícil de reparar. Qué digo a su edad: hoy en día, mi frágil autoestima, por suerte bastante bien apuntalada por el amor y la confianza de los que me rodean, se derrumbaría sin remedio si tuviera que leer unos pocos mensajes destacando, sin conocerme, lo feísima que les parezco y la suerte que tenían hasta entonces de no haberme visto la cara. 

   Por lo que deduzco, hay bastante más gente de la que imagino que, dotados por la naturaleza de un sinfín de virtudes entre las que destacaría inteligencia, belleza, educación y sabiduría suprema en todo tipo de artes y ciencias,  no pueden rebajarse a hacer un sencillo ejercicio de empatía como ponerse en el lugar del otro, porque nunca han estado en la otra orilla. Deben haber vivido siempre en el lado de los privilegiados, los que no conocen el dolor de sentirse inseguros o acomplejados, instalados en el sector de los siempre admirados, sin fisuras, esos que pueden mirar por encima del hombro a los demás, porque se saben siempre en un escalón superior, elegidos para labores más elevadas. Son de los que convierten en estilismo a la última cualquier trapillo que se pongan, de los ocurrentes que no tienen que reír las gracias a nadie porque siempre tienen la respuesta más ingeniosa en el momento justo. Supongo que no saben lo que es dudar de si estarás a la altura con tus opiniones, preguntarse si con esta ropa llamarás demasiado la atención o pasarás lo suficientemente desapercibido, querer ser más alto o más delgado o con la nariz más pequeña. Son perfectos. Solo así se explica que sean capaces de disparar palabras y tirar a matar sin que les tiemble el pulso.

   Pensándolo bien, yo tampoco me relaciono con gente fea, a no ser que no tenga más remedio. No los elijo para entrar en mi vida, porque también prefiero a la gente bonita. Tengo y he tenido amigos, familia, vecinos, compañeros  a los que he ido incorporando al mundo de mis afectos por su belleza, lo confieso. Entre ellos cuento con gente gorda y delgada, calva y con maravillosas melenas, con las orejas de soplillo o pequeñitas, la nariz aguileña o respingona, los ojos oscuros o de un azul transparente, las piernas cortas o larguísimas, poca barbilla, cara de ángel, rodillas huesudas. Los hay seguros de sí mismos, atrevidos y los tengo tímidos, de esos que a veces se encogen y se esfuerzan por desaparecer. Son guapos e imperfectos y es muy probable que, a poco que rasque, descubra que todos ellos tienen alguna inseguridad, un flanco débil o algún complejo que luchen por superar o aceptar.

   De los feos, de los que se burlan de los demás, acosan, ridiculizan, se mofan y hacen alarde de ello en los bares, o en las redes sociales,  nunca he querido saber nada. No son de mi barrio, de mi orilla , de mi bando. No los entiendo, no hablo su idioma y ellos nunca se esforzarán por hablar el mío.

martes, 18 de julio de 2017

DE LOS FALSOS RECUERDOS

   En uno de los primeros capítulos del libro que estoy leyendo, la autora reflexiona ( y avisa) sobre lo engañosos que pueden ser los recuerdos. Nos advierte de que, aunque su intención es escribir unas memorias fieles a la verdad sobre sus primeros años, no siempre coincide lo que ella vivió con lo que sus hermanos, compañeros inseparables en esa época, están seguros de haber vivido. Y sin embargo, en ninguno de ellos hay voluntad de falsear la realidad.

   Es tramposa, la memoria. Nos coloca a veces en primera fila de situaciones que no hemos podido vivir, en lugares a los que nadie recuerda habernos llevado, con gente cuya presencia era imposible por razón temporal o geográfica. Pero nuestro cerebro reproduce imágenes de esos momentos con la misma claridad con la que creemos recordar otros hechos más recientes.

   Yo recuerdo nítidamente haber ido al cine en una determinada fecha y con una compañía concreta, en Madrid, a ver una película ...dos años antes de que llegara a España. El largometraje en cuestión se estrenó a finales del 82, y yo lo vi, estoy segura, en la primavera del 80. Me veo en el cine, sé exactamente con quién iba, la edad que tenía y hasta creo recordar la ropa que llevaba puesta, tal es la precisión con la que evoco un falso recuerdo. Es probable que mezcle dos días: ese en el que vi otra película que no me dejó huella ninguna, y el otro, en el que por fin me llevaron al cine a conocer a un famoso extraterrestre. No sé, supongo que mi mente ha rellenado el hueco vacío (la peli que vi ) y completado ese puzzle con una pieza valiosa de otro, es decir, ha borrado lo que no tenía brillo y ha reconstruido una escena para que permanezca para siempre como un día inolvidable.

   De mi abuela materna guardo pocos recuerdos, pero conservo uno como una pequeña joya. Estoy en el pasillo de su casa, descalza y en pijama. Su habitación está al fondo a la derecha y su puerta está abierta. Ella y mi abuelo están incorporados en su cama, casi sentados, apoyados en almohadones blancos. Esta parte de mi recuerdo es un poco teatral, diría que está adornada, pues, si pongo empeño, casi puedo ver las puntillas de las almohadas rodeando la cabeza de mi abuela, enmarcando su pelo blanco tirando a violeta. Mi abuela me dice que me acerque, que voy a coger frío, y me mete en su cama, entre ellos dos, y allí, calentita, permanezco hasta que mi madre viene a buscarme para desayunar. Alguna vez he mencionado esa anécdota en casa, pero nadie la recuerda, lo cual no es raro: yo me sentí muy importante y protegida en ese momento, para los demás sería una mañana cualquiera. Lo que mi madre sí sabe con seguridad es que la casa de mi recuerdo no era la que tenían cuando yo era pequeña. Es más, cuando se mudaron a la casa del pasillo largo y el dormitorio al fondo a la derecha, mi abuela ya había fallecido. Debo haber solapado el recuerdo emocional con el decorado que más conozco, esa casa que he visitado durante muchos, muchos años.
 

   Es curioso cómo nos enreda la memoria a veces, como una misma situación puede ser recordada de diferente manera por dos personas distintas, cómo el paso del tiempo, las sensaciones, la diferencia de edad, la información que involuntariamente incorporamos al recuerdo... puede transformar un hecho común en dos tan dispares, e tal manera que alguien puede que lo recuerde como divertido y otro como amenazador. Creo que esto no funciona así con determinados momentos traumáticos que, desgraciadamente, se nos tatúan impidiéndonos deshacernos de ellos o, al menos, disfrazarlos de algo más amable. Además, entiendo que la falsedad de la memoria se puede convertir en un problema cuando de determinado testimonio dependa una decisión importante. Pero, en general, la memoria está adiestrada de manera que trabaje como un filtro,  un embellecedor, un antivirus, una empresa de limpieza, un maquillador, un filtro Clarendon, un photoshop, para que en la mayoría de los casos los recuerdos que permanecen para siempre sean más bonitos, más altos, más guapos y con mucho mejor color que la vida real

   Me pregunto cuántos de mis mejores recuerdos son mentirosos. Cuántos atesoro para mí sola sin compartir con nadie, quizá con el miedo de que, al contrastarlos, pierdan su luz, su presencia excepcional, su lugar preferente, y tenga que pasarlos, a escondidas y por la puerta de atrás, al cajón de los recuerdos banales, para no volver a sacarlos nunca jamás.

martes, 27 de junio de 2017

TERCER VIAJE A MACONDO





   Hace un par de meses recibí como regalo esta preciosa edición ilustrada de uno de mis libros favoritos. Quizá hayan pasado unos treinta años desde la primera vez que viajé a Macondo, pero recuerdo muy bien la fascinación, el deslumbramiento, el entusiasmo con el que recorrí sus calles, o sus páginas. Sé que en algún momento volví encantada por segunda vez. Hoy acabo de terminar mi tercer viaje.


   Publicada en 1967, esta obra aparece siempre en todas las listas: de las mejores del siglo XX, de lo más sobresaliente en la literatura hispanoamericana, de las más traducidas...Desde luego, está en mi lista de lo más de lo más: a mí me parece una obra redonda, concebida y escrita de forma magistral, por cómo empieza y cómo acaba, por sus personajes, tantos, tan singulares y únicos que merecerían un libro para ellos solos. 
  
  Esta aventura consiste en asistir como espectador al nacimiento y a la desaparición de un pueblo, Macondo, y de una familia, los Buendía. En observar cómo se levanta una casa familiar construida a la orilla de un río, cómo crece a la vez que lo hace la familia, un hogar que va ganando terreno a la selva, sumando habitaciones, abriendo puertas y ventanas al sol, al viento, a los viajeros. En contemplar cómo al mismo tiempo que el pueblo va perdiendo su esplendor, la gran casa y los pocos supervivientes de la dinastía van siendo abandonados, invadidos por la vegetación a la que una vez le ganaron la partida, por el olvido, la ruina, la oscuridad, hasta  que llega el día en que la familia, la casa y el pueblo son arrasados por el viento y desterradas de la memoria de los hombres, tal y como vaticinaban los pergaminos.

   El libro contiene una historia extraordinaria, llena de sucesos mágicos, increíbles y hasta inverosímiles contada con un tono de normalidad : una lluvia de flores, una ascensión a los cielos, nubes de mariposas, apariciones, presagios...

   "...Vieron a través de las ventanas que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa , y cubrieron los techos y atascaron las puertas y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro."

   Tiene dentro la vida entera: abundancia y derroche, carencia y hambre, la sequía más tenaz y un diluvio que dura casi cinco años, revoluciones y tratados de paz, una dinastía de siete generaciones en la que los nombres se repiten y también los amores prohibidos, y la soledad, y los acontecimientos, y las apariciones de los muertos. Hay algo cíclico y recurrente en cada nueva generación de Buendías, cosas que parecen acabadas, olvidadas y sin embargo comienzan de nuevo, despiertan en algún momento con algún nuevo Buendía, una especie de maldición del todo vuelve a empezar, representado en la ocupación final del coronel. que fabrica día tras día pececitos de oro, con infinita paciencia y minuciosidad, con el único objetivo de volver a fundirlos una vez terminados e iniciar otra vez su laboriosa tarea, en un ciclo sin fin en apariencia improductivo e inútil.

   Hay mucho de magia y algo religioso, bíblico, en alguno de sus capítulos: las plagas de insomnio y olvido, la ascensión de Remedios la bella a los cielos, el Éxodo de José Arcadio y Úrsula hasta fundar Macondo, el largo diluvio...

   Quién sabe, puede que algún día haga este viaje otra vez. Cuesta despedirse para siempre de Macondo, de tantos Aurelianos, Arcadios, Úrsulas, Amarantas. No tienen ya otro lugar en el mundo, sólo una vida eterna e inmortal sobre unas páginas de papel. Porque, aunque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, siempre la tendrán en la imaginación y el recuerdo. Una segunda, una tercera... y hasta puede que una cuarta.

domingo, 11 de junio de 2017

DE HÉROES Y ESPERANZAS

  



   Acabo de ver un video espantoso en un informativo. Antes de emitirlo, han anunciado aquello de que las imágenes podrían herir la sensibilidad del espectador. Y de qué manera. Una escena tan atroz que te hace plantearte qué basura de sociedad estamos perpetuando. Una mujer con aire despistado es brutalmente atropellada ante la pasividad absoluta de todos los allí presentes, de los peatones y de los conductores que la sortean, imagino que despotricando de lo molesto que es ese cuerpo inerte que les hace desviarse de su trayectoria. Ni un solo transeúnte se acercó, ni un solo conductor se bajó de vehículo, nadie tuvo el pálpito, la necesidad, el impulso natural de socorrerla, o se sintió al menos en la obligación cívica de comportarse con un mínimo de humanidad, como manda la razón, ya que no parece que tengan voz sus corazones, de buscar ayuda, de tenderle una mano, de parar el tráfico para evitar, como así ocurrió, un segundo atropello. Cómo vivirán con eso, cómo dormirán tranquilos después, cómo habrán contado a sus familias que estuvieron allí, en primera línea, convencidos de que no era cosa suya, detallando el momento como el que cuenta una película o una anécdota más: el golpe del primer coche, los minutos que estuvo tendida en el suelo sin recibir ayuda ni consuelo, cómo trató de incorporarse justo antes de ser rematada por un segundo vehículo. Qué pensará su familia de su actitud, de su indolencia, de su pasotismo, de su indignidad. ¿Se avergonzarán, se lo recriminarán?¿actuarán con fría naturalidad o con morbosa curiosidad?¿ se entusiasmarán de saberlo testigo de un suceso cuya grabación ha dado la vuelta el mundo?

    Minutos después, escucho que acaba de aterrizar el avión que trae de vuelta a casa los restos mortales de un chico normal protagonista de un acto extraordinario, alguien que se lanzó a ayudar a una mujer a la que no conocía sin pensar en el riesgo, actuando según le dijo el corazón, sin dar opción a que hablaran ni la razón, ni la prudencia, ni el instinto de protección. Entonces pienso también en esta otra familia, la de Ignacio, a la que él ya no podrá contar lo que pasó, y me gustaría que supieran que, al menos a mí, su actitud y su valor me devuelven un poco la confianza en este mundo en construcción. Puede que la suma de muchas esperanzas como la mía consiga aliviarles un poco del inmenso dolor de su pérdida. 

lunes, 5 de junio de 2017

REGRESO A BERLÍN (Vera B. Carleton).





   La idea de este libro nace en un viaje de la escritora a la Alemania de los años cincuenta. Vera B. visita este país acompañando a una amiga fotógrafa que vivía es EEUU desde que se exilió de Berlín en los años treinta, en la época en la que Hitler era ya una amenaza real. Creo que es fácil adjudicar a su amiga gran parte de las sensaciones y miedos que durante el relato forman parte de la personalidad de uno de los personajes protagonistas, y a ella, probablemente, como testigo directo de ese reencuentro, las impresiones que transmite la narradora.

    Una periodista norteamericana conoce durante un viaje en barco a una pareja inglesa: ella, Nora, parece siempre preocupada por él, Eric, un hombre con apariencia de atormentado, emocionalmente inestable y un poco misterioso. Una conversación con un hombre de negocios alemán un tanto cargante provoca una reacción imprevista en Eric, y a  partir de ese momento, comienza a tener sentido su amargura, a explicarse su presente a través de la reconstrucción de su pasado .

   Eric no es inglés nativo, es un alemán que escapó de Berlín huyendo de la amenaza nazi. Desde que se marchó, no quiso volver a pisar su país y apenas supo nada de su familia, ni siquiera si quedaba algún pariente vivo residiendo en Alemania, ya que muchos marcharon a Israel, a Francia, a Inglaterra. Durante estos años, puso todo su empeño en borrar todo rastro de su pasado  y nunca hizo nada por investigar qué había sido de ellos. Guarda también una nada despreciable lista de rencores y reproches hacia casi todos, la gente que un día estuvo muy cerca de él, y que, de una u otra  manera, él siente que le fallaron. Desde el momento en que Eric descubre ante todos su origen, comienza a obsesionarse con sus recuerdos y su identidad.

   Aunque Eric había jurado que nunca volvería  a Alemania, la periodista propone a la pareja pasar unos días en Berlín, visitar la ciudad y, quizás, intentar buscar a parte de su familia. Èl, para sorpresa de ellas, acepta. El regreso a Berlín le produce una conmoción: reconoce su ciudad en esos barrios en parte aún en ruinas y en parte renovados, pero de una manera que sobrecoge: hace una estremecedora comparación entre sus sensaciones durante los paseos por la ciudad y las que podría tener en la morgue, tratando de reconocer a una madre muerta y mutilada. Al igual que va descubriendo las calles y los edificios de su infancia en pequeños detalles que aparecen entre la desolación de los barrios demolidos, tendría que recurrir a pequeñas pistas (un anillo, trozos de un vestido, mechones de pelo), para poder asegurar que ese amasijo destrozado es esa madre a la que adoraba. 

   A partir de ahí, comienza el viaje emocional: el regreso a casa, el reencuentro con familiares y amigos y la terrible aceptación de que su verdad no es única y además no es del todo inocente. Que sus recuerdos son a veces mentirosos, sesgados e incompletos. Que juzgó  y condenó sin opción a una defensa, Que causó un dolor inmenso en gente que lo quería y que incluso arriesgaron su vida para facilitar su huida. Que se borró del pasado de los demás, prescindió de ellos sin echar la vista atrás, y en el camino dejó víctimas, hasta el punto de que su fuga imprevisible tuvo la terrible consecuencia de dejar a un amigo indefenso frente a la Gestapo, un amigo que pagó su error en un campo de concentración. Me parece muy interesante esta reflexión, la realidad de que todos vivimos fieles a nuestras certezas, que durante años o a veces durante toda nuestra vida, conservamos heridas, quejas, que con el paso del tiempo se convierten en verdades inmutables sin que en ocasiones lleguemos a saber la otra cara, el otro punto de vista, muchas veces muy poco condescendiente con nuestros errores y desmemorias.

   Es importante además la reflexión sobre lo que supuso el renacer de Alemania tras la guerra, ese miedo al "espíritu alemán", ese poso que quedó en los nazis de corazón, aquellos que, ni siquiera pasados tantos años lamentaban la guerra, solo el hecho de haberla perdido, que aún vivían esperanzados en ese resurgir, sin haber llegado nunca a sentir arrepentimiento por lo que ocurrió, que se creían superiores y seguros de que el futuro les devolvería al lugar preferente que les correspondía. Comprender que la gente de bien, las víctimas de los nazis, convivían con una enorme cantidad de habitantes que rechazaba  haber tenido su parte de responsabilidad, ya sea como colaboradores entregados o simplemente con su pasividad y su mirar para otro lado. Compatriotas que defendían fríamente no haber sido conscientes de lo que pasaba, aunque el horror viviera  a pocos kilómetros de su apacible hogar, en un campo de concentración instalado detrás del bosque que veían desde su ventana.

 La imagen de una mujer reconociendo a su verdugo en el autobús, viviendo feliz y legitimado, sin miedo a nada, me parece muy representativa de la difícil realidad que debieron vivir las víctimas en esos supuestos años de paz y reconstrucción. Algunos pronazis ocuparon otra vez su lugar en la sociedad, enterrando su culpa sobre capas de justificaciones como la lealtad a la patria, la obligación de obedecer a un superior, el desconocimiento de la realidad, o el aparente convencimiento de que no podrían haber hecho otra cosa para sobrevivir. Otros, las víctimas que volvieron del infierno, nunca más volvieron a dormir tranquilos,


viernes, 26 de mayo de 2017

BAJANDO DEL GUINDO

   Hace unas semanas leí un artículo escrito claramente con intención de provocar. Tan obvio era que, para abrir boca, disparaba toda una declaración de intenciones: los demás machos presentes aquella noche no han tenido arrestos, así que aquí estoy yo, que tengo ya las espaldas anchas y puedo con todo lo que me llueva encima. A continuación relataba, con cierta gracia y oficio, una reunión de amigos, una cena en un conocido restaurante, real, fabulada o mitad y mitad,  y describía los derroteros testosterónicos que tomó la conversación sobre una conocida actriz pelirroja de pechos grandes que se les apareció en carne mortal. Cuando lo leí, me parecieron tan evidentes sus intenciones, tan visibles sus costuras, que no me sentí ofendida. Después de todo, me resulta fácil imaginar a un grupo de varones hablando así de un mujerón que hace su entrada triunfal en un lugar. Es más, puedo visualizar también a un grupo de hembras hablando en términos no muy distintos al ver aparecer ante sus ojos a un tío cañón. Incluso, si voy más lejos, puedo visualizarme a mí misma perdiendo los papeles en (casi) todos los sentidos si, un suponer, apareciera ante mis ojos un Viggo Mortensen o un Brad Pitt cualquiera.  Lo que pasa es que así contado, tejido de forma precisa para soliviantar ánimos y herir sensibilidades, me pareció torpe e innecesario. 
   La última polémica en este tema ha sido debida a las declaraciones un tanto patosas  de una famosa actriz. Estas me escuecen más, por venir de una mujer. Yo, antes de condenarla, doy por hecho que está mal informada. No sé mucho de ella, pero me parece que hasta podría declararse feminista convencida una vez caiga del guindo en el que anda subida. Ella y cualquier persona madura e íntegra. No es la primera vez que oigo hablar de machismo y feminismo como si fueran polos opuestos, y la verdad es que eso sí me solivianta a mí. El machismo implica ofensa, afán de superioridad y sometimiento, humillación, dolor, daño, agresión. El feminismo, por definición, busca la igualdad, habla de libertad, de reconocimiento y de la necesidad de que las mujeres tengan las mismas opciones y posibilidades, de poder alcanzar el mismo reconocimiento que los hombres, de que nuestro techo no sea unos palmos más bajo. Sin más. Existe una corriente (machista) que trata de identificar  feminista con feminazi y con otros términos despectivos, con el extremismo y el odio visceral a lo masculino y en algunas mentes esta idea parece calar hasta el punto de encontrar hombres y mujeres que huyen como de la peste ante el temor de ser calificados como tales, gente a veces muy conocida y cuya opinión tiene cierta difusión.

   "Ni machista ni feminista, soy persona". "Ya no  hay que ir a las barricadas todo el rato".  Todo esto ha dicho la actriz en cuestión. Todo el rato no, diría yo, pero sí con cierta regularidad y empeño, porque sigue habiendo frentes, muchos, en los que luchar: grandes guerras, como la violencia de género, tan  brutal, tan repulsiva, y pequeñas batallas, como los micromachismos cotidianos, tan sutiles, tan asumidos como normales. Yo, como desafío prioritario, estoy tratando de educar a dos proyectos de varón en el feminismo más razonable y sano, y de momento, no me están saliendo mal. Para que en un futuro sumen, y no resten.

   Vamos, Paula, declárate feminista, y ponte en primera línea de combate en esta batalla.  Ya estás tardando, posiciónate, sorprende al enemigo disparando simplemente sensatez y cordura. Dejemos de una vez de ser nosotras las que tiramos piedras contra nuestro propio tejado.

martes, 9 de mayo de 2017

Mi PRIMER ANIVERSARIO





 Esta semana me he dado cuenta de que cumplo un año. De bloguera, claro. Lo sé porque dediqué una de mis primeras entradas al día de la madre y a sus circunstancias. Aquí estamos, trescientos sesenta y cinco días más tarde, a vueltas con lo mismo: ser o no ser madre, las dudas, las renuncias, el arrepentimiento, la presión social, la culpa, el tema de la difícil conciliación, qué es para ti la maternidad....

   Yo, que desde que mis hijos superaron la edad de los collares de macarrones y el marcapáginas de hojas secas, no he vuelto a tener regalos, viví ayer una inesperada y algo angustiosa experiencia de amor filial. Desayunando con mis chicos, sufrí un atragantamiento de esos en los que así, a lo tonto, parece que te ahogas sin remedio. Ellos, tan grandes, tan adolescentes, tan despegados de mí, tan...saltaron de sus sillas a intentar ayudarme con bastante empeño, poco acierto y una cara de impotencia absoluta. Joder mamá, qué susto, repitieron varias veces a lo largo del día. Ergo, todavía me quieren, parece. Me recordó que, aunque según crecen, la sensación de que te necesitan se va disipando hasta quedar muy bien disimulada tras sus miradas desafiantes y su aire de autosuficiencia, para mí lo más grande, el mejor descubrimiento de la maternidad, lo más de lo más, no ha sido lo que tú les quieres, sino lo que ellos te quieren a ti. Incluso en estos días, en los que la edad les va haciendo más críticos y que ya no me ven como en esos tiempos añorados en los que a sus ojos era la más guapa, la más lista, la mejor madre del planeta, ahora que muchos días paso a ser la más pesada, la más controladora, la number one en el ranking de madres petardas del mundo mundial, resulta que sí, que dentro de esos corpachones que dosifican los abrazos como si pagaran por ellos, aún les queda una buena ración de amor incondicional.  Ahora bien, espero que la próxima vez que ponga a prueba el afecto de mis hijos sea usando otro método más sencillo, uno  cualquiera que no me lleve al borde de la asfixia,

   Y volviendo a mi aniversario, gracias a los que habéis hecho que mi marcador supere las diez mil visitas, a los que de vez en cuando os pasáis por aquí desde España, Argentina, Chile, Bélgica, México, Francia, Canadá, Estados Unidos, Portugal, Irlanda, Perú, ¡Rusia! Espero seguir teniendo alguna que otra cosa que contar y poder celebrarlo otra vez  dentro de un año, así, como ahora, sin hacer mucho ruido. Y respirando, claro.

lunes, 24 de abril de 2017

DE DESFILES Y TRASTIENDAS

   A mí hay frases que se me pegan, que se me enganchan sin remedio y se me presentan después cual aparición en cuanto recibo un estímulo adecuado, igual que me ocurre con las canciones. Luego, en algún momento, se van y son sustituidas por otras. Ahora tengo varias, agazapadas y alerta a la espera de ser requeridas y poder decir aquí estoy yo. Una es de P.R., una declaración contundente respecto a lo escasas que se nos iban a quedar las calles si se celebrara alguna vez el Día del Orgullo Gilipollas. Me gustó la primera persona del plural, asumir que todos somos posibles candidatos a participar en ese  hipotético y multitudinario desfile pero, por otro lado, añado que se me hace difícil suponer que uno pueda autoproclamarse gilipollas, así, públicamente y  pasear este título con  orgullo y la cabeza alta por la calles de su ciudad. Que otra cosa es que hubiera que ir invitado, recomendado previa nominación de otro, que ahí ya sí las calles reventarían por sus costuras de tanta abundancia de individuos. A lo que iba: raro es el día en que no escuche a un fulano o lea alguna declaración de un mengano, o incluso en que no me vea a mí misma tras alguna maniobra particularmente torpe o inoportuna, y vea claro que ya están (estamos) haciendo méritos para encabezar el desfile. Si hasta a veces los visualizo ondeando la bandera del colectivo con garbo y poderío.

 Hace un par de días leí un articulo de  M.M. y hubo otra frase que se me estableció temporalmente: "La superficie de la vida común es más grata que nunca en estos días de primavera temprana". La superficie, la epidermis de la sociedad. Por motivos de trabajo, hay ocasiones en las que la gente me cuenta cosas muy personales. Esta mañana he hablado con alguien a quien había visto con frecuencia por la calle. Es un hombre fuerte, grande, con cierto aire vikingo: por eso quizá se me había grabado su imagen robusta, su aspecto decidido, casi indestructible. Hoy hace un día bonito. con la superficie soleada y limpia, pero, para mi sorpresa, el vikingo guarda bajo su corpachón una carga pesada de inseguridad, angustia y miedo.  En ese momento se me despertó la frase en cuestión. Comparto con MM la necesidad de "fabricar" sociedades con la epidermis saneada, lo importante que es vivir en lugares con jardines limpios, comida abundante y variada, zonas de encuentro abiertas y agradables, hospitales accesibles... y además, acepto la importancia de haber llegado a ese punto en el que circulas por todo esto con la naturalidad de saberlo cotidiano. Lo cierto es que este escaparate tan limpio oculta detrás muchas trastiendas sombrías habitadas por gente que lucha por abrir ventanas, que busca un poco de esa luz primaveral que anda hoy iluminando a diestro y siniestro la superficie de la vida en común. Mientras tanto, el cielo vikingo y otros muchos cielos permanecen a oscuras.

miércoles, 12 de abril de 2017

PRIORIDADES



            Mientras me maquillo, observo mi rostro en el espejo y compruebo con sorpresa cómo mis rasgos me recuerdan a los de mi madre. Me hago mayor y, a pesar de los cuidados, encuentro frente a mí una versión un poco desdibujada de mi cara, como si fuera en realidad una máscara de cera que se empieza a derretir. En la frente, esas finas arrugas horizontales que trato de tapar con un flequillo fijado con laca. Los ojos verdes, como ella, pero sin su mirada tierna y envolvente, y enmarcados por unas bolsas amoratadas que mi madre nunca tuvo y que ahora mismo trato de disimular con un corrector. Los labios finos, siempre cuidadosamente perfilados para tratar de hacerlos parecer más gruesos. Ha llegado ahora el momento, mi momento. Hay que priorizar, decías tú, ocuparte de lo que no puede retrasarse y no perder ni un segundo en lo que no tiene solución. Ahora no puedo contestar al teléfono ni distraerme. Desde siempre esta filosofía de vida me ha creado fama de egoísta, de difícil. No es más que una cuestión de claridad de ideas: lo que importa y lo que no importa, lo que urge y lo que no urge, lo que puede cambiar tu vida y lo que apenas te dejará huella
            El día a día está lleno de ocasiones que pueden hacer tambalear tus principios, sacarte de tu camino, hacerte perder el rumbo con distracciones baldías. No son más que contratiempos que hay que sortear, arriesgándonos a pagar un precio por eso, con la seguridad de que la recompensa final será mayor. Tanta seguridad provoca envidias, bien lo sé. Eso me lo explicaste bien siendo muy niña: ten claros tus objetivos y no cometas el error de ser débil, no hay más remedio que dejar cadáveres en el camino. El fin justifica los medios casi siempre, y aunque nunca debes traspasar el límite de lo legal, en ocasiones deberás acercarte a lo inmoral. Hacerte grande empequeñeciendo a otros a la vista de los demás, correr más rápido poniendo trampas en el camino de tus rivales, subir más alto utilizando energía ajena. Creo que he sido lista, pocas veces han podido demostrar mis manejos. Así, he ido alcanzando objetivos, obteniendo pequeños éxitos  primero,  triunfando en grandes batallas después. Nunca me paro en lo que no tiene vuelta atrás; aunque me duela, no  pierdo el tiempo en lo irreversible.
            Tú viste en mí la fuerza y la determinación que no tenían mis hermanos, pero también la admiración sin límites que te aseguraba el control de mi voluntad. Supiste que yo sí llegaría a donde me propusiera, o mejor dicho, a dónde tú te propusieras. Hay mucho trabajo detrás, muchos años de sacrificio, de estudio, de dedicación y de soledad para ser la primera. No me resulta fácil recordar mis años de colegio, el escrutinio minucioso después de cada examen, de cada trabajo. El interrogatorio para comprobar que nadie había sido superior a mí. Las eternas comparaciones, la sensación de estar siempre alerta, de no poder perder el tiempo en juegos y bromas, el dolor causado por la indiferencia de unos, el desprecio de otros y la obligación de rechazar las escasas solicitudes de amistad de unos pocos. No creas en las alianzas, decías, cada uno lucha por sí mismo. El aprender también a mentirte, a saber que la sinceridad contigo sólo me traería problemas, a disfrazar mi realidad para convertirla en la tuya y ser así digna de ti, de tus halagos, de tu orgullo, de tu amor. De camino a casa, me paraba frente al escaparate de una pequeña librería, a pocos metros de nuestro portal. Ensayaba muecas, gestos. Recuperaba mi papel de hija perfecta, dueña de mi vida, cubriendo con una capa de arrogancia desmedida mi inmensa soledad, el infinito desamparo en el que vivía fuera de tus ojos, donde no era más que una niña lista, distante y perdida. Frente al cristal, practicaba mi discurso de triunfadora, haciendo crecer mis éxitos, salpicándolos de malvadas pinceladas que dibujaban de forma grotesca a otros compañeros más débiles. Era lo que tú querías oír. Me moldeaste a tu antojo, sabiendo que era la única que te apoyaría siempre. Conocía tus planes antes que nadie y admiraba tu encanto, tu personalidad engañosa y embaucadora que a todos hipnotizaba. Pero yo sabía la verdad, la falsedad de esas fiestas y esos halagos, las segundas intenciones de cada uno de tus guiños. En algún momento quise escapar de todo esto, pero eras lo único que me quedaba, y fui cobarde. Me plegué a tus planes y me convertí en ti. No debo demorarme ahora. Es mi gran día, todos me esperan, por fin el justo reconocimiento a nuestro trabajo, el galardón anhelado, la guinda del pastel.

            El teléfono suena impertinente. Desde tu casa, desde los números de mis hermanos, desde la recepción del hotel. Sonó mientras me duchaba y suena mientras elijo minuciosamente mi atuendo, vestida para triunfar, que dirías tú. Sigue sonando sin tregua en mi cabeza, aunque lo desconecté hace horas. La gravedad de tu estado presagiaba ayer un inminente e inoportuno final. Pero no dejaré que nada me distraiga. No me necesitas, no puedo hacer nada por ti, es solo una cuestión de prioridades.

viernes, 7 de abril de 2017

DEL FUNDAMENTALISMO NUTRICIONAL

   Desde el punto de vista de gran parte de los habitantes del planeta, esos que no pueden permitirse el lujo de poner pegas a lo que consiguen llevar a su estómago cada día, el tema del que voy a hablar no dejaría de ser una frivolidad y para nosotros, habitantes del "primer mundo", que ellos consigan llenarse el plato debería ser nuestra verdadera prioridad en el tema de la alimentación. Dicho esto, aclaro que me interesa el tema de la nutrición saludable y que considero una parte muy importante de la educación conseguir que nuestros hijos tengan buenos hábitos en la mesa.

   Lo que observo estos últimos años es que, además de expertos sensatos, hay una auténtica proliferación de modas en esto de la ingesta de alimentos, de manera que somos acusados desde varios frentes de llevar muchos años comiendo de forma irresponsable. En general, todavía parece haber consenso entre los nutricionistas respecto a las bondades de la dieta mediterránea, es decir, de una dieta variada, con un alto consumo de productos vegetales frescos, de legumbres, de frutos secos, de cereales (trigo también, sí), aceite de oliva, poca carne roja y un aporte diario de productos lácteos. Es una dieta "heredada", culturalmente asentada y que permite comer de forma variada y rica.

   Resulta que ahora hay que ver la alimentación no como una forma más o menos responsable y placentera de cubrir nuestra necesidad de alimentarnos, ni de saciar nuestro apetito, sino como una forma de vida, y en eso yo ya no estoy al día. Los seguidores de cada una de las dietas la defienden con fervor místico, hablando de la necesidad de cambiar de hábitos (para seguir estrictamente los suyos) con el mismo empeño que un fiel pone en seguir las normas religiosas. Se trata de llevar a descreídos por el camino de la verdad, empeñados en convertirnos a su causa como si les dieran un premio por socio conseguido o más bien por pecador redimido. En general, vegetarianos y veganos que conozco suelen ser respetuosos: su decisión suele estar basada, además de en el convencimiento de la bondad de esta dieta, en razones de rechazo a la explotación de animales para nuestro consumo y en motivos de protección del medio ambiente. Nada que objetar, yo misma podría hacerme vegetariana sin echar de menos demasiadas cosas. Pero tanto dentro de estos grupos como de otros (defensores de la dieta disociada, la paleo, la  higienista...) hay "practicantes" que te hablan desde la luz, desde la verdad  que un día les fue revelada. No informan, no dan consejos: ellos predican, ellos "saben", ellos "conocen", y proclaman su doctrina con la seguridad del que se sabe elegido, decidiendo lo que es alimento y lo que es veneno para nuestros cuerpos ( y quizá para nuestras almas). Los no enterados, nosotros, los infieles, somos consumistas ignorantes, carne de cañón al servicio de los intereses (que obviamente existen) creados por las grandes cadenas y por los Estados, que se alimentan a la ligera sin pensar en las graves consecuencias de su actitud, de la gravedad de nuestro empeño en perpetuar nuestras malas prácticas en las siguientes generaciones.

   Hace poco vi un titular que decía algo así como "tendencias nutricionales". O sea, ya no vale con vestir los colores de moda o en bailar al último ritmo, además, hay alimentos que son tendencia. A mí, hasta el extremismo en este tema me parecería respetable siempre que se ejerciera solo entre las paredes de cada casa, como parte de las rutinas del creyente en cuestión. Así, nos evitaríamos las caras de desagrado cuando decidamos comer según qué platos o las miradas de conmiseración del que sabe que está ante un zoquete que se está condenando sin remedio. Sé los riesgos de una ingesta diaria y excesiva de azúcares y grasas, pero tampoco creo necesario estudiarme al milímetro la composición de una galleta cada vez que alguien me la ofrezca, ni creo que sea cuestión primordial eliminar completamente los lácteos si me gustan y me sientan bien. Claro que cuanto menos procesado está un alimento es nutricionalmente más rico, que acostumbrarnos a una alimentación variada y con cocinados poco agresivos es positivo, pero me niego a renunciar a los pecados puntuales y a la improvisación de probar determinadas cosas, o a ceder a la obsesión de medir el aporte calórico de cada plato. Sobre todo, y una vez más, me niego a sentirme juzgada o culpable por visitar con cierta frecuencia los supermercados o por no comprar siempre las lechugas de cultivo orgánico.

   No dejo de pensar en que, en el fondo, todo esto es una preocupación más de gente acomodada que, lejos de luchar con la misma intensidad por conseguir un reparto más justo de las lentejas, pone todo su empeño en campañas agresivas para que las nuestras, las que tenemos seguras cada día, sean intachables en su denominación de origen.

miércoles, 29 de marzo de 2017

ME FALTA UN VERANO (O DEL INSOMNIO IMPRODUCTIVO III)

    Anoche, el virus que me andaba rondando pudo conmigo y me impidió respirar con la normalidad que uno requiere para el buen dormir. Como consecuencia, empecé a temerme varios días a medio gas, lo normal para un catarro de mediana intensidad, y esto se tradujo en un aumento de mi intranquilidad y de mis dificultades para conciliar el sueño. Como si fuera una traición de mi cuerpo: ahora no me puedes fallar, con la de cosas que tengo que hacer.  Esta mañana, adormilada y, efectivamente, con escasas energías para cualquiera de las actividades que tenía pensadas, intento convencerme de que casi todo es aplazable, de que no pasa nada por parar un poco hasta alcanzar unos límites de energía razonables

 Observo a esos amigos que disfrutan siempre con su vida, la que tienen, la que han ido tejiendo con tesón, eligiendo madejas y texturas hasta conformar una especie de abrigo protector que les acoge sin pedir nada a cambio; que les  permite parar sin pesadumbre cuando la vida lo requiere, disfrutar de los pequeños placeres cotidianos y no ambicionar nada que no tengan; que gozan de las tardes de manta, libro y buena compañía como si de un regalo se tratara, un privilegio, porque en realidad lo es; que parecen haber completado su propio crucigrama  y no necesitan buscar nuevos pasatiempos; que ya tienen las respuestas que necesitaban y no les nace hacerse preguntas nuevas; que son capaces de saborear lo que han vivido, sin sentir la ansiedad de lo que les queda por vivir, dejando simplemente que la vida les sorprenda y les traiga regalos a su puerta; los que trabajan, y a veces mucho, por enriquecer el lugar que ya ocupan, o por alcanzar algún destino no muy lejos del centro de su universo.

   Yo no sé llevar una vida así de apacible. Sí a temporadas, pero siempre vuelve la inquietud por cambiar, el temor a dejar de hacer algo para lo que mañana puede ser tarde, el miedo a la monotonía, la intensidad para lo bueno y lo malo, por aprovechar el tiempo, el ansia de vivir. Todo esto me conduce a la búsqueda nuevos estímulos, a la multitarea, enriquecedora  a veces, pero que enreda mucho el día a día, una manera tonta de complicarme la vida. Puedo disfrutar de alguna tarde de sofá, claro que me gusta, o de tres perezosos días de playa, siempre que al día siguiente me espere la promesa de una nueva experiencia. Que si hoy he saboreado un lento desayuno en soledad, pueda encontrar en algún momento del día un poco de música alrededor, incluso de ruido, de comprobar que si he currado mucho sin llegar a buen puerto, mi premio son las escalas del camino y los viajeros encontrados. Hablo de querer dar sentido a cada minuto, de la necesidad de justificar cada paso dado, del hambre por ver todo cuando llegas a una nueva ciudad y de la frustración cuando algo se te escapa de las manos, de buscar la torre más alta para comerte lo que de nuevo se te ofrece, de descubrir a un nuevo escritor y querer leer todo lo suyo, o de la fatalidad de encontrarme un pequeño escalón roto y, en lugar de sortearlo sin más y olvidarlo, pensar que se vendrá abajo toda la escalera.

   Creo en la cultura del esfuerzo y se lo cuento a mis hijos, insistente y pesada, como parte necesaria de una trayectoria de vida, pero me consta que tras el trabajo constante no siempre te espera la justa recompensa y que con frecuencia lo mejor te está esperando en la esquina por la que no tenías planeado pasar, en el barco que iba a zarpar sin ti, en el bar donde te resguardaste de esa lluvia repentina, o en un reencuentro azaroso  con alguien a quien habías perdido la pista. Por eso quizá mi afán por moverme, probar,  indagar, aventurarme, perderme por otras calles, vivir alerta, con un radar encendido que me avise de hacia dónde puedo dirigir mis pasos para que un buen día, un día normal, tenga la oportunidad de convertirse en un día extraordinario e inolvidable. Y, como decía Serrat, aprovecharlo o que pase de largo depende solo de mi. No sé si compensa, imagino mucho más fácil navegar siempre por un mar tranquilo que pasar de la calma chicha a la tormenta, de la tormenta al más esplendoroso día  y otra vez vuelta a empezar, pero no sé ser de otra manera.

    Vivo con la certeza de que la vida no espera, de que un día perdido es un día que no vuelve, de que, en mi haber, me faltan algunos días a los que no supe interpretar bien. Sería fantástico apagar el radar y caminar largos trayectos con la conciencia de que lo que tengo es suficiente y valioso, saber vivir sin ser una candidata perpetua a unas sesiones de mindfulness ( lo tengo pendiente). Mientras, continúo buscando el valor a cada  piedra del camino, para no volver a sentir que unos días pasaron sin dejar huella, para que nunca más me falte ese verano, ni ningún domingo, ni mucho menos una primavera. Aunque a lo mejor todas estas tonterías solo son producto de la fiebre, quién sabe.

domingo, 5 de marzo de 2017

DE LOS IDIOTAS Y LOS AUTOBUSES

   De todo hay en el mundo: gente lista, ingeniosa, negativa, brillante...y hay gente idiota.  De esos que van pregonando sus firmes e inflexibles creencias, convencidos de haber nacido ya propietarios de la verdad. Normalmente es una característica difícil de disimular, por lo que se les huele, se les ve venir y no es difícil evitar el contacto para salvaguardar nuestra sensatez. Hay gente que es idiota y además peligrosa. Êstos, no contentos con vivir según sus normas, necesitan imponerlas también bajo el techo de los demás. No aceptan el aborto o el matrimonio gay en su barrio, en su pequeño mundo, y además tratan de evitar  que sea aceptado en el tuyo. No siempre son fáciles de detectar, porque tardan en dar la cara y van sembrando nuestro camino de pequeñas trampas con el fin de enredarnos en su telaraña de hilos pegajosos. Los peores de todos son los idiotas, peligrosos y tóxicos, las joyas de la corona, lo que se dice un pack completo de cualidades. Estos individuos, no contentos con tratar de convencer al mundo de sus teorías inamovibles, se empeñan en propagar su mensaje intolerante, discriminador, racista o intransigente en el lugar donde más víctimas pueden causar, es decir de manera mezquina y perversa. Se me ocurre un supuesto como ejemplo: un grupo ultraconservador decide lanzar a las calles un autobús pintado de una manera llamativa, que podría ser de color naranja, y rotulado con un mensaje de rechazo a un grupo o realidad social que ellos, no contentos con su guerra personal, necesitan poner en evidencia y señalar con el dedo. Como podría ser los niños transgénero. Este autobús estará destinado a circular por las calles de una gran ciudad, haciendo parada a las puertas de algún colegio con el fin de clarificar las obtusas mentes dispuestas a aceptar que la identidad sexual es, en ocasiones, una cuestión distinta a la realidad biológica, al reparto de penes y vulvas decidido genéticamente. Con ello, tratarán de respaldar a aquellos que niegan esta opción de vida, de sembrar dudas en los que la aceptan de forma natural y de echar por tierra todo el esfuerzo invertido por profesores, padres y niños en su integración y normalización. Claro, todo esto apoyado en el ¿incontestable? argumento de que están respaldados por la ciencia, por la biología. Ante la avalancha segura de protestas, esgrimirán su derecho a la libertad de expresión. Lo del respeto hacia otras realidades diferentes a la suya o la empatía ante el dolor ajeno, ya si eso se lo dejarían para septiembre. Pero claro, esto no es más que una conjetura, un ejemplo inverosímil pensado con malicia.

domingo, 26 de febrero de 2017

RELEER LA VIDA

    Hace unos días asistí a la presentación de un libro de relatos. Entre otras cosas, de la autora se destacó que parecía ser una gran lectora, sea lo que sea que esto quiere decir. A continuación le cuestionaron sobre lo que estaba leyendo en este momento (después de todo, la cita era en una librería), es decir, qué libros, autores, géneros actuales le interesaban. Su respuesta fue, en resumen, que ella es una gran relectora, es decir , de las que leen repetidamente a sus autores favoritos, con insistencia, una reincidente que siempre termina recurriendo a Kafka, a Tolstoi o a Dostoievski. Al parecer, su objetivo al escoger un libro es leer textos que la enseñen y que le sugieran cosas para a partir de ahí, fabular y comenzar sus relatos. Dicho todo esto con naturalidad y sin pedantería, todo hay que decirlo. Yo soy muy poco fan de los relectores exclusivos, pero más me asombra cuando tus circunstancias en el momento en que lo declaras con convicción son las de  un escritor digamos solo medianamente conocido, tratando de convencer a un público de que te compre a ti, a tu mundo inventado, a tu libro nuevo recién editado y dispuesto a ser leído por primera vez. No sé, yo creo que lo sensato por su parte sería lanzarnos un interesado discurso sobre la cantidad de talento y de buenos libros que hay entre los escritores noveles. Y si no, ¿ porqué salvar el tuyo entre todos los libros editados?, ¿porqué despreciar de antemano el poder de inspiración, la capacidad de emocionar y de evocar de cualquier otro escritor contemporáneo tuyo? Es como si un director de cine del siglo XXI reconociese públicamente dedicar horas  a la visualización de las obras maestras de Fellini, Bergman y Kubrik, por ejemplo, y nada más que a ellos, pero aspirase a un Oscar por la brillantez de su peli. O un compositor musical que rechazase escuchar nada creado después de Verdi, pero que aceptase un premio por su última aportación al género operístico. 

   En la vida hay muchas cosas de las que disfrutas una sola vez, por irrepetibles o porque no sientes la necesidad de revisitarlas, y eso no impide que recuerdes siempre las sensaciones de ese momento. Incluso los libros que a mi sí me pidieron una segunda lectura, ya nunca me regalaron esa fascinación del primer encuentro. Es cierto que descubres detalles nuevos, que merece la pena disfrutarlos ya sin la urgencia de ese querer pasar página, pero la emoción, el asombro, no son los mismos. Si alguien me ofreciera pasarme el resto de mi vida reviviendo todos y cada uno de mis momentos felices, así, en bucle, una y otra vez, diría que no. Correría el riesgo de tropezarme con tal de no renunciar al subidón de lo nuevo, a la posibilidad de la sorpresa. al deslumbramiento de las primeras veces. 

martes, 21 de febrero de 2017

LA HERENCIA


  Tras muchos años de vida poco convencional, quiso mi padre dar a su muerte un toque de formalidad y, para nuestra sorpresa, dejó escritas sus últimas voluntades. Nuestra relación con él distaba mucho de ser cordial y se limitaba a unas breves visitas que le hacíamos, por turnos y muy espaciadas, para asegurarnos de que seguía en este mundo. En esos casos nos recibía con cierta sorna, mis hijos queridos, y tras proferir algún que otro desatino, nos invitaba a abandonar su propiedad con premura. Nunca quiso ser padre, fue algo circunstancial a lo que se dejó llevar y de lo que escapó en cuanto supo cómo. Su albacea, un letrado gris y eficaz, nos convocó a los cuatro hermanos a su despacho a una hora temprana. Una vez sentados alrededor de una gran mesa redonda, solemne, de madera maciza, leyó con voz firme el reparto de sus bienes.  A Pablo, mi primogénito, pilar de la familia, guardián de nuestro honor, le cedo la casa, con el compromiso de mantenerla en buen estado y la responsabilidad de conservarla para las siguientes generaciones; a Marina, mi niña caprichosa, le regalo las joyas de mamá, para que las disfrute junto a sus hijas y preserve intacto, como merece, lo poco que guardo de vuestra madre; a Ernesto, por su apego a los bienes terrenales, le corresponde la hacienda, la superficie cultivable, que debe ser trabajada para dar fruto cada temporada; y a Noel, mi pequeño ilustrado, por su inagotable afán de conocimiento y su incansable empeño en mejorar mi vulgar lenguaje, por su ansia de saber y exponer su alto nivel intelectual, le cedo mi biblioteca, mi mayor tesoro. Considero un acierto el reparto, apostilló el albacea visiblemente emocionado. Viejo cabrón, masculló mi hermano.  
     
   Los pendientes de perlas de mamá permanecen en un pequeño joyero, a la espera de una necesaria reparación, consistente en engarzar nuevas perlas, ausentes en el momento de la entrega. Las macetas de Ernesto encontraron su lugar en la terraza soleada de su casa, y llenas por primera vez de tierra fértil, quizá den flores y frutos la próxima primavera. La caravana de Pablo, tras alguna reforma y la reconstrucción de su destartalado techo, ya sirve de lugar de juegos a sus hijos. Y mi libro, un ejemplar antiguo del Selecciones del Reader's Digest, algo maltrecho e incompleto, duerme en mi mesilla de noche hasta que encuentre la ubicación perfecta para que no pierda la condición de pieza única que le dio mi padre. Que en paz descanse.
           

lunes, 13 de febrero de 2017

TODOS MIS FUTUROS SON CONTIGO











Así es como voy y vengo de mí
mi viaje de ida hacia el cansancio,
mi viaje de vuelta hacia la calma,
así llevo mucho, mucho tiempo,
esa es mi vida.



Fragmento de El Tesoro





   Es difícil clasificar este libro. No es poesía al uso, tampoco es prosa. O es todo a la vez, quizá. Tiene un algo de confesión y otro poco de desahogo, y contiene algún grito de denuncia. Es un buen puñado de sentimientos traducidos a palabras directamente desde las entrañas. Es tierno y sugerente, es impúdico y descarnado, es una declaración de amor y también de humor. Es muchas cosas. Es esperanzador:

Lo extraordinario, hoy y cualquier día, puede suceder. Conviene no olvidarlo. 


   Pasen y lean, por favor.






viernes, 10 de febrero de 2017

FRÍO

   Su aliento me quema de tan cercano y me parece imposible que él no perciba el mío. Escondida, me abrazo con fuerza las piernas, haciendo de mí una suerte de ovillo apretado para tratar de controlar los temblores que amenazan con delatarme. Mis lágrimas, sin embargo, caen mansas, y se deslizan hasta perderse en mi cuello o acabar en mi boca, siguiendo alguno de los numerosos senderos que marcan mi rostro de forma invisible.
  Como esperaba, aparece inquieto y empieza a revolver mis cosas, a abrir cajones violentamente, buscando algún indicio que confirme sus sospechas o alguna prueba que le devuelva la esperanza, que desmienta lo que el día a día le dice a gritos. Apenas lo reconozco en este hombre abatido y nervioso, que murmura palabras incomprensibles. Ya no te quiero, le digo yo en silencio, déjame marchar, ya no te quiero. Agotado al fin, me busca en el olor de esas telas que han estado en contacto con mi piel, esa que tantas veces ha recorrido con sus manos, con su boca, de la que conoce cada rincón, cada aspereza, cada secreto. Una vez más, vuelve a casa a solas, para tenerme, para quererme, para soñarme aún suya, creyendo conjurar de esa manera el desamor que invade cada rincón de esta casa.  Aún sufro por verlo así, todavía me duele. No falta mucho para que sea más fuerte mi infelicidad que la lástima, la rabia que el amor domesticado, mis lágrimas que las suyas. Entonces, por fin, me marcharé lejos de esta podredumbre del alma, lejos del frío.





miércoles, 1 de febrero de 2017

MATERNIDADES

  Madre tigre, madre helicóptero, malamadre, madre medusa...quince años como miembro de pleno derecho de este gremio y no soy capaz de ubicarme. Analizando cada una de ellas, descubro que tengo mucho de malamadre, nada de madre tigre y un poco de madre medusa. He sido muy madre aspiradora, que parece ser que es la que se alimenta de lo que dejan sus hijos, pero actualmente moriría de inanición, pues mis retoños ingieren cantidades nada despreciables de comida de las que no dejan ni las migas. Yo es que en esto, aunque me ha gustado leer y documentarme como a la que más, e intento mantener unas pautas ajustadas al tipo de madre que quiero ser, al final y llegado el caso, suelo actuar por instinto e improvisación. Según me sale.

   Me encuentro hoy con la última polémica en materia de maternidad: el recién publicado libro de una famosa periodista sobre el tema. En la entrevista que he leído, ella, madre reciente de dos niños, dice entre otras cosas que con los hijos pierdes calidad de vida. De entrada, así de sopetón, en frío, con sus dormitorios recogidos modo their way (aceptando el montón como nueva forma de almacenamiento de ropa), con los últimos boletines de notas aún calientes, los recibos de la academia de recuperación a punto de vencimiento y el frigorífico cual parcela deshabitada por segunda vez esta semana, me ha parecido una verdad verdadera. En una segunda reflexión más pausada, he discrepado un poco. Porque es de cajón que pierdes muchas cosas: libertad, tranquilidad, sueño, vida social...y las mejores cosas que ganas son poco mesurables, incluso algunas no dejan de ser una apuesta a largo plazo, que vete a saber si estarás presente para recoger los beneficios. Tampoco creo en la idea ahora extendida de que lleguemos a la maternidad engañadas, como ella afirma, como si hubiera un pacto social por ocultar LA VERDAD y evitar así un descenso radical en la natalidad del universo. Antes de nacer mis hijos yo ya tenía varios sobrinos entre los que podías encontrar de todo: los que no comían, los que no dormían, los que no comían ni dormían, los que lloraban siempre, los que lo hacían todo y además bien... La presión social por parir como fin único tras el matrimonio la vivieron nuestras madres, y cumplieron como se esperaba, de ahí ese alto índice de familias numerosas. En ese sentido, yo no me sentí especialmente apremiada. Tampoco idealicé ese momento esperando escuchar violines cada vez que mi hijo y yo entrásemos en contacto visual, pero aún así, nunca es lo que esperas, ni lo que imaginas, no es lo mismo contado que vivido, o que sufrido, ya que jamás estás preparado para esas noches interminables convertido en zombie por la falta de sueño, cargando un bebé en estado de enajenación pasillo arriba pasillo abajo, haciendo más kilómetros que en el Tour de Francia, fantaseando con que alguien venga, quién sea, a llevárselo durante unas horas, o para esa duda existencial a las cuatro de la mañana sobre si lo sensato es esperar a que amanezca o si debo salir ya pitando a urgencias, o para contar hasta veinte para no responder a la enésima bravata de tu adolescente como realmente te pide el cuerpo y hacerlo según una madre coherente con el sistema educativo que pretendes seguir. Recalco el pretendes.

   Sé que hay madres que se están atreviendo a dar un paso más y a admitir públicamente su arrepentimiento con respecto a la maternidad. No lo critico,  uno no es del todo dueño de sus sentimientos. A veces quieres querer y no te sale, quieres disfrutar y no puedes. No he leído de ninguna que reniegue de sus hijos, que quiera quitárselos de en medio una vez instalados en su vida, pero sí hablan de ese momento, años atrás, en el que dieron con ilusión y algo de desconocimiento un paso que cambió tanto sus vidas que hubieran preferido no darlo. Así de simple y así de sincero.

   Me he encontrado pocos casos de padres arrepentidos y en ninguno de ellos la causa era esta supuesta falta de calidad de vida, ni la dificultad de conciliar o la imposibilidad de recuperar después el terreno y el tiempo perdidos laboralmente. De todo esto nos quejamos todas en mayor o menor medida y esto sería un tema para otro debate (necesidad de un cambio social, de engrasar mejor el sistema laboral, de generar un debate sobre las prioridades y la gestión del tiempo en las empresas, de la falta de flexibilidad... ). Los casos de los que hablo se deben todos a dos causas: los primeros, padres a los que el comportamiento de los hijos ha hecho sufrir hasta no poder más y los segundos, padres cuyos hijos no han conseguido ser felices. En cualquier otro supuesto no recuerdo ninguna frase tipo en qué hora yo, cómo se me ocurriría a mí.., ni por graves enfermedades de los hijos, ni por temas más frívolos como perderse viajes o salidas sociales, ni por tener que dejar pasar una importante oportunidad de trabajo. En las dos situaciones comprendo muy bien la frustración de los padres que se sienten fracasados en eso, la pena inmensa de comprobar que no ha merecido la pena.

   Yo también pongo todo mi empeño en que sean felices; no quiero decir que busco que no sufran, ya lo han hecho y lo harán más, ni que mi deseo sea privarles de desengaños, yo lo que quiero es que encuentren su lugar en el mundo, que se sientan parte del rincón donde viven, queridos, necesitados, que sepan a qué quieren dedicar sus esfuerzos, aunque cambien diez veces de opinión, que no tengan miedo de volver a empezar, quiero que tengan ilusión por conocer, por aprender,  que confíen en su futuro, aunque parezca que viene gris y tormentoso. Y mira que se me hace ardua algunos días la tarea, bregando con dos almacenes de hormonas que tan pronto me abrazan por sorpresa como me miran como si fuera una extraterrestre recién llegada de Raticulín hablando otro idioma, o me frustra la lucha interminable por evitar que sus móviles se conviertan en un apéndice de su mano derecha, o me crispa su enésima provocación de averquiénpuedemás... Nada, ni aún así encuentro dentro de mí ni un poquito de arrepentimiento. 

miércoles, 25 de enero de 2017

DE LOS DESALMADOS

   Ni puñetera gracia. Nunca he visto la chispa a hacer mofa del sufrimiento ajeno. Ni a las bromas sobre el Holocausto, ni a las de tartamudos, ni a las racistas...no sé bien dónde está el límite entre el chiste de mal gusto, la falta de respeto o el hecho delictivo, me falta base legal en este campo, pero sí sé que no tienen ni puñetera gracia. Hay quien da un paso más y les pone nombre propio. Chistes, o tuits, que ahora se llevan más, sobre Irene Villa, por ejemplo. O sobre  Ortega Lara y el terrorismo, como en el caso de un cantante que ha sido condenado esta semana. Según la sentencia, por emitir mensajes humillantes, por alimentar el discurso del odio, por obligar a la víctima al recuerdo de la vivencia de la amenaza, el secuestro o el asesinato de un familiar cercano. No sé si de verdad es un delito, no sé si semejante crueldad pueda tener un objetivo más allá de provocar,  no sé si no es más que una estupidez sin mayor recorrido ni más consecuencias que el aplauso de unos cuantos que, por supuesto, se escudarán en la libertad de expresión y en el rechazo a la censura que sufren para defender esta postura.

   El año pasado las polémicas más sonadas vinieron tras la muerte de un torero en la plaza, aplaudida por algunos antitaurinos radicalizados, a los que les pareció perfectamente compatible que coexistieran en su cabeza la condena al maltrato animal y la celebración de una muerte por cornada. Cosas de la sensibilidad sesgada. Por si hubiera alguna duda, no defiendo las corridas de toros, no me gustan.

  Hoy ha sido el turno de Bimba Bosé. Murió ayer, joven y sobrada de amigos y de ilusiones. Lo que conozco, lo que conocemos de ella es que ha sido una mujer libre en su forma de vivir y valiente a la hora de encarar su enfermedad. Admiro su coraje. La marea de condolencias afectuosas publicadas demuestra que no pasó por este mundo de puntillas y espero que pueda confortar de alguna manera a los suyos. Pero unas pocas horas han bastado para encontrarnos con tuits ofensivos, dañinos, irrespetuosos. Quizá esa personalidad transgresora y directa molestaba a alguien, o el hecho de pertenecer a determinada familia. Algunos mensajes que he leído rezuman odio e intolerancia contra ella y contra su familiar más conocido, Miguel Bosé: maricón, ramera, lesbiana, perro... Muy oportuno todo, pura empatía con el dolor ajeno. Me encuentro una vez más con un atrevimiento ofensivo a la hora de dirigirse a una persona conocida, como si pasaran a ser personajes de ficción: lo que nunca diría al vecino del quinto, por mucho que lo deteste, sí se lo digo al actor de turno y descargo contra él toda mi mala baba y mi repulsa, ya sea a los gays, musulmanes, ateos, veganos, chinos, catalanes, urbanitas o a los que visten raro. Que trague con ello, que para eso es famoso.

 El primer escalón de un desalmado debe ser alegrarte con la desgracia de otros. Cruel, inhumano, falto de conciencia, esa es la definición. Ser capaz del chascarrillo fácil a costa de los fracasos de tu contrario, reírte de sus enfermedades, duelos, heridas. Disfrutarlo en silencio o en voz baja, revolcarte en el lodo y las miserias de otros y anotarte un punto. Al menos estos se acobardan y evitan exhibirlo demasiado, aún mantienen la sensatez de saberse  fuera de la corrección. El siguiente escalón está ocupado por los canallas que, además del regodeo íntimo, buscan el aplauso, se enorgullecen de sus exabruptos, se creen más valientes (aunque se escuden con frecuencia en el anonimato de la nube) y se erigen en portavoces de una estirpe de moral confusa, esa que no tolera lo distinto y se cree legitimada para juzgar, condenar y vejar y que, además, busca pandilla, cómplices que le rían el chiste. Como en la barra del bar, pero sin dar la cara.

miércoles, 18 de enero de 2017

RELATO BREVE: DE LOS HÁBITOS INCOMPATIBLES

HÁBITOS INCOMPATIBLES

            Al principio no me extrañó su comportamiento. Bueno, quizá un poco, pero pudo más el amor, o el deseo, o el anhelo de compañía. Habituada a convivir con una familia un poco lunática pero respetuosa con los espacios, los silencios y las excentricidades de cada uno, y admitiendo tener, por mi parte, algún que otro hábito inusual, me resultó fácil hacer la vista gorda a los pequeños indicios de rarezas que se fueron colando en nuestra cotidianidad.
            Compartimos circunstancias de manera plácida y sin sobresaltos. Plegándose él a mis costumbres, buscamos una casa alejada del ruido urbano y cerca del campo, un lugar con jardín en el que la naturaleza viva pudiera colarse en la casa, algo esencial para mí. Somos muy distintos, y procuramos evitarnos durante el día, pero las noches  compensan esas diferencias, y nos hacen felices.
            No le gusta la carne poco hecha y dice desaprobar el consumo de lácteos. Se alimenta principalmente de frutas y verduras, y de vez en cuando, algo de pollo o pescado a la plancha, lo que le mantiene extremadamente delgado y le da ese aspecto melancólico y soñador que tanto me gusta. Es meticuloso y lento en la preparación de sus comidas: limpia, trocea, cocina despacio. Es como un rito, me exaspera.
                        Vivimos juntos desde hace tres meses. Tan lejanas a las suyas, mis rutinas alimentarias le molestan, y hasta a veces creo que le repugnan, acostumbrado a ingerir hasta el aburrimiento, día tras día, hojas verdes y frutos carnosos. Soy desordenada en mis horarios y  él evita estar presente en mis comidas, como yo en las suyas. El hecho de ser tan distintos nos aísla de nuestros respectivos mundos. Ha empezado a cultivar un huerto: le relaja. Le he propuesto criar algún animal, preparar una pequeña granja: sería bueno para los dos, pero él rechaza la idea de manera categórica.
            Mi familia le acepta con reservas: desde que vivimos juntos, mi relación con ellos es distante. Le he invitado sin éxito en repetidas ocasiones a probar cosas nuevas, haciendo hincapié en la falta de proteínas de su dieta (en su defensa, he de decir que en otros ámbitos de nuestra vida en común sí se muestra receptivo a los cambios y hasta muestra una estimulante imaginación), y en el importante ahorro económico que supondría para la economía doméstica el hecho de compartir (además de colchón) mesa y menú, algo que, en un contable como él, creí que sería un argumento de peso. De momento, se mantiene fiel a sus semillas, sus tomates ecológicos y a  sus zumos vitamínicos. Es una obsesión.

            Ya le he avisado de mi necesidad de cambiar de casa con frecuencia. Confío en que lo entienda y me acompañe. En el vecindario comienzo a notar las miradas torvas y desconfiadas que reconozco como final de un ciclo. Gatos, pájaros, lagartijas… apenas entran ya en la casa, pese a vivir en un hogar de puertas abiertas. Sólo me quedan los insectos, bastante pobres e insípidos. Las lombrices, siempre a mano en caso de necesidad, no me acaban de convencer: saben demasiado a campo, a tierra, a hojas verdes.