sábado, 19 de noviembre de 2016

ENCUENTROS EN LA PRIMERA FRASE

   En la vida, como en los libros, hay situaciones y personas que merecen una segunda oportunidad. Que piden que vayas más allá del primer capítulo. O canciones que se crecen tras los acordes iniciales. O relaciones que ganan con los años, que van cogiendo carrerilla tras un comienzo poco esperanzador. Pero en general, a mí me puede la primera impresión; con frecuencia la tomo como una declaración de intenciones en la que una opción sería "no esperes mucho de mí" y la otra, la buena, la que mola, sería "vengo para quedarme". 

   Me he apropiado de algunas frases iniciales, porque el simple hecho de recordarlas  o de volverlas a escuchar, despiertan el recuerdo y las sensaciones de lo que vino después: el enamoramiento, la fascinación, la inquietud, la emoción. Soy copropietaria de muchas de ellas, que despiertan como un resorte el recuerdo de esa primera vez.  ¿Encontraría a la Maga?, El sábado por la tarde fue a la pastelería del centro comercial. La radio del taxi retransmitía un programa de música clásica por FM: sonaba la Sinfonietta de Janácèk. He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
   
  Con la gente me pasa lo mismo. Creo que mi relación con los libros me lleva a buscar semejanzas en mis relaciones personales. Quizá sea una enfermedad propia de letraheridos. Hay afectos de los que recuerdo muy bien ese primer contacto. Otros, forman parte de mi vida hace tantos años que ni siquiera puedo recordar ese comienzo, pero en todos ellos tengo algún momento importante, un gesto, una  respuesta, una mirada nueva que conducen de algún modo al nacimiento de otro capítulo... es decir, a un estreno, a un volver a empezar.

   Tengo, por supuesto, una nada despreciable lista de malos principios, de esos que conducen sin remedio a libro inacabado o a amistad sin cuajar. Y desengaños, claro: inicios prometedores que acaban en gran decepción. Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde  la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. 
  
   Una vez, hace unos años, acudí a la consulta de un médico. Tras realizarme una serie de pruebas, en mi visita esperaba un diagnóstico, puesto que sabía que en algunos de los resultados había valores contradictorios. El doctor, tras saludar educadamente, se dispuso a estudiar los informes que tenía en sus manos. Tras unos minutos de lectura y movimiento de páginas, levantó la vista y me dijo: "su caso es rocambolesco".  Y yo, víctima de mi otra enfermedad, pensé: qué estupendo comienzo para un relato. 

martes, 15 de noviembre de 2016

UN CUENTO DE AMOR Y PLUMAS


                             EL ENCANTADOR DE PALOMAS

            Mi trabajo de escritor me condena a estar largas horas en mi mesa de trabajo, por eso decidí colocarla frente a la ventana, para poder ver el mundo a través de ella. De hecho, apenas necesito consultar el reloj para marcar mi rutina cotidiana: la subida o bajada de los ruidosos cierres metálicos de los comercios de la plaza, los niños camino del colegio, las furgonetas de reparto de mercancías... Todo esto estructura mis tiempos y me hace sentir parte del pulso de mi barrio. Me gusta madrugar  y son esas primeras horas de la mañana las más fértiles para mí. Me nutro de esta vida tranquila y rutinaria, en una calle de esas en las que nunca pasa nada y a la vez ocurre todo y consigo digerir ese sosiego y transformarlo en historias sugerentes que alimenten un poco la vida de otros.
            Solíamos incorporarnos al mismo tiempo a nuestra ocupación: yo a mi mesa, con una taza de café en la mano. Él llegaba cargado con bolsas y se sentaba despacio, como si tuviera que utilizar toda su energía para conseguir doblar sus gastadas articulaciones, en el banco más cercano a mi casa, uno pequeño, oculto a medias por una gran fuente, demasiado ostentosa para tan humilde parque y dispuesto en un ángulo perfecto para  la observación pasiva desde mi ventana. Me había llamado la atención desde días antes la cantidad de pájaros que volaban delante de mis ojos cada amanecer. Aunque supongo que él estaba allí antes que yo y mucho antes que el parque y su fuente, una mañana abrí mi ventana y lo encontré allí, en su banco. Las palomas lo habían rodeado, acudían  a su muda llamada mientras él vaciaba esas bolsas de plástico a su alrededor: pequeños mendrugos de pan que adivinaba duros, resecos, recogidos por el barrio, pedidos a vecinos, recolectados en bares, convirtiendo en un pequeño tesoro las sobras sin valor de tanta gente.
            Era viejo y muy delgado, vestía siempre un ajado gabán de color indefinido, en invierno y en verano, demasiado grande para su cuerpo de hoy pero que un día debió encajar bien en una figura entonces más redonda, más definida. El pelo y la barba aseados, pero escasos y mal cortados, con aspecto de descuidada limpieza. Llegaba con pasos cortos y rápidos, impacientes, arrastrando los pies y las bolsas, serio y concentrado en su tarea, en su obligación.  Las palomas empezaban a aparecer como de la nada, volando con parsimonia y ocupando un lugar que les parecía estar reservado, ejecutando una coreografía ya sabida. Él empezaba a repartir los trozos de pan a su alrededor, premiándolas por venir, mientras movía los labios, presiento que susurrando palabras de amor. El ritual duraba un par de horas, no más. Las palomas, saciadas, marchaban diciendo adiós en su vuelo y él recogía las bolsas, ya vacías, quizá para empezar su itinerario recolector y tener preparado para el día siguiente, a primera hora, el pan de cada día.
            Pocas veces faltaba él o quebrantaba yo nuestra cita y por eso se me hizo extraño no verlo en varios días. Mis mañanas transcurrían largas, y las palomas vagaban sin rumbo, como perdidas. En una ocasión yo mismo bajé algo de pan y me senté en el banco, pero los pájaros, desconfiados, revoloteaban a mi alrededor y picoteaban las migas sin decidir posarse.
            Un par de semanas más tarde, para mi sorpresa, una mujer muy mayor vestida con el mismo gabán oscuro ocupó su puesto. Las bolsas eran las mismas, aunque  a ella parecían resultarle más pesadas. Se sentó en el banco y esparció el alimento por el suelo, como hacía él. El escenario era idéntico y el decorado también, pero no el actor principal. Las palomas parecieron dudar durante largos minutos y volaban cerca, como estudiando a la mujer desconocida, quizá esperando algo, una señal que las hiciera confiar. Al fin, una de las aves se posó en el banco y empezó a comer. Poco a poco los pájaros llegaron y  devolvieron a mis días su equilibrio, su compás.
            Mis mañanas volvieron a estar acompañadas de vuelos y mejoré mi ritmo de trabajo. Cada día acudían más palomas al encuentro con  la nueva maga de los pájaros. A juzgar por la afluencia de comensales, su contenido también debía ser suculento. La dama del gabán, intuí, era la compañera del encantador de palomas y algo, la enfermedad o la muerte, le impedía a él continuar con su trabajo. Ella, con lealtad y diligencia, aunque sin entusiasmo, cumplía la misión encomendada. Nunca movió sus labios para susurrar nada, ni dejó adivinar ningún sentimiento por ellas; en cambio, supuse que había encontrado algo, una receta, un caldo con el que mezclar el pan, que atraía más si cabe a las palomas, a los pájaros en general, pues gorriones, mirlos y hasta algún cuervo llegaban temprano para degustar  el alimento con el que empezar el día.
            Una mañana el barrio amaneció convulso. Desde mi ventana, observé el banco vacío y escuché coches de policía y vecinos que hacían corrillo. Recibí una llamada de alguien cercano, que me hizo algún irónico comentario sobre la engañosa tranquilidad de mi barrio y el peligro de confiar en tiernas ancianitas, a la vez que me apremiaba a encender el televisor.
            La noticia tenía todos los ingredientes para conmocionar al país: vecinos que avisan por el hedor que sale de una vivienda, policía que revienta la puerta para entrar y aparición de un cadáver con indicios de haber sido mutilado. Detención de la viuda, sospechosa de los daños infligidos al cadáver pues, al parecer, todo apunta a que el fallecimiento se debió a muerte natural. Se espera, informa el periodista, al interrogatorio para conocer las causas que llevaron a la anciana a conservar en casa el cuerpo sin vida de su cónyuge y a la  inexplicable  amputación de algunas partes de su cuerpo. La policía rastrea los alrededores de la casa y del barrio para encontrar, quizá enterrados, los trozos que faltan del incompleto muerto.
            Mi encantador de palomas, el amigo fiel, comprometido con sus pájaros, no quiso ser pasto de los gusanos y con la complicidad leal de su viuda, llevó su idilio hasta el final. Frente a mi ventana, siento el mismo vacío que el que observo en el último banco del parque, el que queda en parte oculto por la gran fuente y valoro ahora la conveniencia de presentarme en la comisaría más cercana y contar toda la historia o de guardarla para mí y recoger el testigo para, si ellas lo permiten, seguir alimentando a esas palomas ahora carentes de pan y huérfanas de amor.







viernes, 11 de noviembre de 2016

DE TRUMP Y LOS DESPROPÒSITOS

   Se supone que para cada situación hay una serie de respuestas lógicas y aceptadas y otras que no lo son tanto. Es más, según la personalidad de cada uno, habría una o varias reacciones entendidas como razonables y otras que no, que cualquiera calificaríamos de inesperadas, sorprendentes e incluso inauditas.

   Yo misma: hace hace años residí en un Colegio Mayor regentado por monjas. O sea, femenino. Los hombres (salvo padres y hermanos), tenían el paso completamente prohibido. Yo compartía habitación, pero ese fin de semana me había quedado sola. Creo recordar que había puente y muchas estudiantes se habían ido a casa. Debo aclarar, en mi descargo, que mi sueño era y es profundo y que al despertarme, más si es bruscamente,  me cuesta unos minutos razonar con cierta lucidez. En plena noche llamaron a mi puerta. Creí que sería alguna residente que necesitaría algo y abrí sin pensármelo. Me encontré a un tío que por señas me indicaba que bajara la voz y me preguntaba por la habitación de X. Que era amiga suya y habían quedado, me contó muy amable y en tono muy bajito ( lo más normal del mundo). No sentí miedo. Yo ahora lo recuerdo y no me reconozco, no me comprendo. No me planteé qué coño hace este tío aquí, para qué querrá ir a la habitación de X (o sea, lo que haría cualquier persona medianamente sensata). No. Yo, como si estuviéramos en la Gran Vía y me hubiera preguntado por la entrada más cercana al Corte Inglés. Solo me faltó presentarme y darle dos besos. Le dije algo así como que no estaba segura y que preguntara en otra habitación. X no era de mi círculo más cercano y, por lo que se ve, no me pareció descabellada la posibilidad de esa cita: ya éramos mayores de edad y no era asunto mío. Cerré la puerta y me volví a dormir. Al día siguiente me enteré del caos en que se había convertido el colegio esa noche. Eran dos o tres chicos, creo. Supongo que algo bebidos tras una noche de copas. Conocidos de X y sus amigas. Que entraron saltando la tapia y forzando alguna ventana, o algo así. Como ladrones, vamos. Que su intención era darles una sorpresa y gastar una broma. Algunas los escucharon por el pasillo, a la puerta de otras llamaron igual que a la mía y varias de ellas entraron en pánico. Carreras por los pasillos, avisos a las monjas.y supongo que a la policía, aunque no lo recuerdo. Nadie daba crédito a mi reacción. Inaudita.

 Hace menos años, a primera hora de la tarde, en mi lugar de trabajo entró un individuo alto, delgado y nervioso y sin mucho preámbulo, me dijo que le diera todo el dinero del que dispusiéramos y que, si tenía alguna duda al respecto, venía acompañado de una amiga, una navaja abierta, que me enseñó, para esconderla detrás de su espalda al escuchar entrar a alguien. Ese alguien era una señora con sus dos hijos, pequeños que, con toda naturalidad, se dispuso a esperar su turno para ser atendida tras el chorizo. Yo, que estaba sacando todo el dinero de la caja registradora para entregárselo al tipo que no se separaba de mi lado, le informé a la señora de que nos estaban robando, por si no se había dado cuenta. En ese mismo instante. Vamos, que me iba a ser imposible atenderla. Ella cogió a sus hijos y se marchó. Avisará a la policía, pensé, aunque ya llegará tarde. El ladrón tardó poco en salir con su botín, a mí me empezaron a temblar las piernas sin control...y en ese momento la buena señora que, al parecer, esperaba pacientemente su turno en la puerta, asomó la cabeza y preguntó: ¿ya?

   Y luego está la unión de miles de desatinos personales que se convierten en uno enorme, como por ejemplo votar a Trump y convertirlo en presidente de los Estados Unidos de América. No parece haber demostrado en campaña mucho más que lo que ya aparentaba ser: prepotente, bocazas, machista, políticamente ignorante, peligroso. He leído análisis políticos sobre las causas, declaraciones de votantes justificando el porqué. pero ni así, desde aquí, a miles de kilómetros de distancia, puedo ver tal decisión como otra cosa distinta a un eso: un gran despropósito. A lo mejor es que la gente supuestamente sensata y con capacidad de reaccionar como se debe ha hecho lo mismo que hice yo, o que hizo esa señora: escuchar lo que tenia que decir sin mucho interés, pensar que no era asunto suyo y esperar en la puerta o echarse a dormir, en lugar de actuar, de levantarse e ir a votar, no ya a favor de Clinton, si no en contra de Trump. He vuelto a leer el artículo de Michael Moore con las cinco razones por las que él pensaba (se temía) que iba a ganar Trump, y en los primeros párrafos ya hablaba de esto: del riesgo de que solo los furibundos y motivados votantes de este candidato acudieran en masa a votar, mientras que, cito cuasi-textualmente:  los "votantes de barrios pobres, con mayoría de negros e hispanos, no solo tendrán que hacer una cola más larga, sino que se hará todo lo posible para evitar que vayan a votar". Además de esto, supongo también que Hillary es mucho más popular fuera que dentro de su país y que hay montones de matices a estudiar por expertos analistas políticos que justifiquen este resultado. Yo sigo sin comprender nada pero, de momento, y basándome en la simpleza de mi propio análisis de la situación, creo que no volveré a echarme a dormir cuando un problema llame a mi puerta: a lo peor, sí es asunto mío

lunes, 7 de noviembre de 2016

NADA (MICROJUEGO)

NADA

— ¿Qué estás leyendo ahora?
—Nada
—Yo lo leí hace tiempo. Me gustó.
— ¿El qué?
— Nada.
— ¿Nada de qué?
— Será Nada de quién
— ¿De quién qué?
— Nada.
— No te entiendo, ¿Y te gustó, dices?
— Me gustó bastante, sí. Aunque fue hace tiempo, como te digo. Creo que ya apenas me acuerdo.
— ¿De qué?
—De nada.
—Acabemos. Gracias por el juego.
—Será por el fuego
— ¿Qué fuego?
— El fuego. Gracias por el fuego. También lo he leído. Me gustó, aunque no es lo mejor del autor. Prefiero sus narraciones breves, como Eso.
— ¿Eso de qué?
— Será Eso de quién.
—  Mejor nada.
— Eso pienso yo. Mejor Nada.


martes, 1 de noviembre de 2016

DEL INSOMNIO IMPRODUCTIVO II: CONTRADICCIONES

  Ayer, otra vez, tuve problemas para conciliar el sueño y mis reflexiones profundas me llevaron a una frase que leí hace unos días. Según parece, corresponde a parte de la declaración de un acusado: ¿Cómo voy a ser islamista si veo porno? No cuela, claro. De contradicciones de este tipo están las cárceles llenas. Pero me hizo pensar en el poco peso que tienen las creencias en el verdadero comportamiento de mucha gente y en como cambiaría el mundo si nos atuviéramos a seguir el camino al que nos hemos comprometido. En este caso, en el mundo perfecto, sería imposible encontrar sacerdotes pedófilos. padres maltratadores, maridos y esposas compulsivamente infieles, amigos mentirosos y desleales, policías corruptos, políticos chaqueteros... Algunos de esos códigos de conducta saltados a la torera estaban asumidos por escrito, o bajo juramento. O eran programas de actuación pregonados a los cuatro vientos. O códigos morales adquiridos como parte de una ética, sea confesional o atea, me da lo mismo. Pero con mucha frecuencia, encontramos daños cuyo origen está en el incumplimiento no ya de una ley ( evidente en cualquier delito), sino de alguna norma, o de algún contrato, o de un código moral a los que el agresor, de forma personal, estaba comprometido.

  Pensaba yo a esas horas que estos quebrantos morales ocurren también a pequeña escala (nivel doméstico), puesto que es algo normalizado poder contar alguna anécdota de gente que se escaquea sistemáticamente de currar en su puesto de trabajo, incluso de manera ingeniosa para que parezca que hacen algo (y no me refiero a tener un día perezoso, que de esos todos tenemos), o no es raro conocer a algún docente más interesado en dejar correr las horas y los meses que en enseñar su materia, o sea que, desde niños, aprendemos el escaso valor de los compromisos.

   Ya avanzadas las horas me di cuenta de que estas reflexiones no me estaban llevando a ningún lado, ni siquiera a dormir. No puedo concluir que no te puedes fiar ni de tu padre, ya que la mayoría de ellos se comportan como se supone que debe hacerlo un progenitor. O de ningún cura, puesto que hay por el mundo bastantes ejemplos de religiosos de distintos credos de ética intachable y muy comprometidos de verdad con la lucha contra la injusticia social. Para colmo, pensé, todo esto parece un pensamiento inflexible, en contradicción a la versión de la vida que defiendo, esa que dice que las cosas más interesantes suelen aparecer abriendo puertas alternativas, tomando carreteras secundarias, escapando del camino trazado.

   Pero quizá no, quizá lo que yo defendía de madrugada era la idea del compromiso real para mejorar nuestro pequeño mundo cotidiano, la importancia de seguir una línea ética que dé confianza y seguridad a los demás y que sirva de ejemplo de vida a otras generaciones, la necesidad de que nuestros actos sean fiel reflejo de aquello que pregonamos y, por otro lado, la conveniencia de encontrar los huecos que nos permitan sacar los pies del tiesto de vez en cuando. Valga la contradicción.

viernes, 28 de octubre de 2016

RUTINAS. (microcuento)



            Toda una vida incapaz del menor acto violento, envidiando a los que defienden lo suyo con uñas y dientes, viviendo como un ser pusilánime, con la rabia enquistada envenenándome por dentro, escondido en casa delante del televisor, comiendo pizza e imaginando venganzas. Día tras día, refugiándome en la misma rutina. Quién me hubiera dicho que a partir de esta noche, una velada que empezó como todas, esperaría impaciente el momento de enfrentarme a la vecina que pone la lavadora al filo de la medianoche, al cabrón de mi antiguo jefe, a mis queridos compañeros de colegio.

Y se lo dije bien claro: cuatro estaciones, como siempre. Con aceitunas y berenjenas. Como siempre. A las nueve en punto. Como siempre, maldita sea.

viernes, 21 de octubre de 2016

DE LOS MANIPULADORES

   Tengo buena memoria. Me acuerdo de (casi ) todo, aunque es verdad que, con el paso del tiempo, los buenos recuerdos parecen ganarles la batalla a los malos momentos y aparecen más nítidos, mejor alimentados, ocultando con su crecida dimensión la masa empequeñecida de lo que preferimos no evocar, de lo que desearíamos no haber vivido. Y si tenemos ocasión de contarlo, previamente lo vamos pasando por un tamiz que se deja atravesar por lo olvidable, reducido a pizcas de pequeño calibre y nos deja el grano amable, grueso, con más consistencia, ese que consigue cubrir cada época de felicidad sin fisuras para, al echar la vista atrás, componer una suma de breves relatos dulces, una suerte de biografía feliz. 

  Hasta aquí, nada más que mera supervivencia. Pero hay quién da un paso más y se instala en el mundo de la mentira y la manipulación. Son los que siempre recuerdan las cosas de otra manera, más favorable a ellos y con frecuencia, perjudicial para ti. Tratan de convencerte de que lo que tú recuerdas, no es cierto, Que eres tú el que mientes, tergiversas, manipulas. Normalmente no hay testigos, es tu palabra contra la suya, o si los hay, están en una situación de debilidad que hace que no cuenten como tales, es decir: nunca podrías ganártelos para tu causa, puesto que el miedo (lícito) a perder lo que tienen, los paraliza. Y entonces, el manipulador puede pasar impunemente a la fase dos:  se victimiza. Y lo hace ver, reparte generosamente su malestar, causado por ti: lo que sufre, lo que padece,  sus buenas intenciones y el mal que recibe a cambio...y deja que esta información circule, que rule, que se reparta como metida en un botafumeiro, impregnando bien el ambiente para asegurarse de que todo el que pase por allí la respire. 

  Esta gente carente de escrúpulos es ya bastante tóxica en su pequeña zona de influencia, lo que me hace comprender el poder venenoso de manipuladores que se encuentran en una situación de privilegio, de acceso a grupos religiosos, sociales o políticos  y sobre todo a medios de comunicación. La ocultación de hechos o de parte de los mismos, la filtración medida de lo que quieres dar a conocer, la amenaza de grandes males si se aceptan determinadas corrientes ideológicas (actitudes tipo que viene el coco), la interpretación interesada de algún comportamiento, las campañas indecentes para conseguir la subida a los altares de quien no lo merece o para orquestar el injusto linchamiento de quien ya no interesa a su siniestra causa.

   Desconfiamos de determinadas personas y de determinados medios en función de nuestras simpatías y creencias. Y viceversa. En ocasiones, la exposición de un punto de vista es tan burda y tan inconsistente que la intencionalidad  se transparenta a través del texto o del discurso. Lo malo son esas veces en que nos encontramos con noticias tan bien redactadas, con  opiniones tan bien argumentadas que las hacemos nuestras y además, una vez adoctrinados, nos encargamos de transmitirlas, formando parte del engranaje, del plan previsto. Y nos damos cuenta tarde, mal. O nunca. 

lunes, 17 de octubre de 2016

LUCÍA BERLÍN Y SU MANUAL DE VIDA





"Todos tenemos nuestros álbumes mentales. Planos congelados. Instantáneas de gente a la que amamos en distintos momentos"



   No sé si existe el puesto de librero de cabecera, pero yo tengo un candidato. Ésta fue su última recomendación: un libro maravilloso desde el primer al último relato. 

   Comencé a leerlo sin saber nada de la autora, pero una pequeña indagación posterior me descubrió que su escritura está tejida con fragmentos de su vida, agitada y difícil desde el principio, como parte de una familia poco convencional, nada protectora, y que ella supo alimentarse de cada experiencia para cubrir con un manto de verdad estas páginas. Una mujer valiente, porque estas historias son a la vez literatura y confesión, un desnudo. Adicciones, carencias, una niñez atípica, su maternidad múltiple, solitaria y demasiado precoz, sus dolencias, su complicada vida escolar y sobre todo sus trabajos: colegios, consultorios, hospitales y  limpieza a domicilio, la actividad que da título al libro: "Me encantan las casas, todas las cosas que cuentan", dice. Tantas ocupaciones en una sola vida le han dado materia prima para escribir relatos deslumbrantes en su sencillez. 

   En algunos cuentos encuentras su sentido del humor (Aquí puedes lavar los trapos sucios, reza en la entrada de una lavandería), las frases ingeniosas, las comparaciones mordaces, las  observaciones llenas de lucidez. En otros no hay lugar para la risa, la tristeza te acompaña desde el primer párrafo. En todas, su escritura precisa, las palabras que parecen fluir sin tropiezos, con el fin de contar lo que ella quiere, de dirigirnos por un determinado camino al ritmo elegido. Y esa vitalidad patente incluso entre la suciedad, la muerte, la enfermedad, la miseria. Muestra sin tapujos una descarnada cotidianidad, en ocasiones disparada a bocajarro.

   Mi cuento favorito es Mijito. Es ese relato que te revuelve durante su lectura y que después se te queda en la cabeza dando vueltas durante días sin  acabar de archivarse. Tiene alguna similitud que no voy a desvelar con Parece una tontería, de Carver, tanto en la temática como en su mezcla de sensibilidad y crudeza, y a nivel personal, por ese empeño en no dejarme. 

Conclusión: en mi modesta pseudoopinión de pseudobloguera, es altamente recomendable.

jueves, 13 de octubre de 2016

... OTRO PSEUDORELATO.

 COMO VINO DILUIDO




            Emocionada, cerré la puerta esta mañana muy despacio, para no despertar a nadie. Salí ligera de equipaje: mi pequeña mochila trotamundos con el pasaporte, algo de dinero, útiles de aseo, un poco de ropa, (no mucha, espero comprar allí prendas con estilo, con sello italiano, elegantes y cómodas), y mi mayor tesoro: una guía de Florencia llena de marcas y separadores, un libro estudiado al milímetro desde hace semanas. Por fin ha llegado el día, la fecha  marcada en rojo en el calendario. Piso fuerte calzada con mis usadas botas de peregrina incansable, dispuesta a caminar horas y horas hasta caer rendida, embriagada de tanta belleza. Mi hotel queda a un paso del Ponte Vecchio, lo elegí  tras horas de minuciosa búsqueda teniendo en cuenta la situación, el precio y las opiniones de otros viajeros. Madrugaré y veré amanecer desde las barandillas de los jardines de Bóboli, he leído que es una de las mejores experiencias para estrenar el día, viendo sus tejados encenderse poco a poco. Dicen que Florencia es romántica y magnética y que tiene un color violeta suave, como el vino diluido, pero yo la sueño más bien dorada justo a esa hora en que despierta el día. Me perderé más tarde por sus calles y museos, en la Galería Uffici, frente al Duomo, en la plaza de la Santa Croce. Y en tantos lugares… no puedo esperar a verme allí. Llevo la dirección  de mi alojamiento anotada en una pequeña libreta, junto con un plano de la ciudad: se lo enseñaré al taxista, aunque me he estudiado unas cuantas frases para hacerme entender, buon giorno, mi scusi, parli piu lentamente per favore, púo ripetere piano piano?... He casi viajado allí tantas veces, casi dormido allí, casi alcanzado mi sueño. No dejaré que me lo impidan de nuevo, me parece estar escuchando ya esos gritos que voy a ignorar, otra vez no mamá, esas voces exasperantes que me exigen que me detenga,  yo solo quiero ir a Florencia, deja ya esa historia del viaje, ya estuviste allí hace mucho tiempo, esos brazos que me sujetan con fuerza, otra vez lo has vuelto a hacer, esas desconocidas caras crispadas, no se te puede perder de vista ni un momento, me pesa mucho la mochila, unas estúpidas recriminaciones sobre mi preocupación y su egoísmo, o es al revés, su preocupación y mi egoísmo, tengo que coger mi avión,  y no se qué monsergas más sobre fugas nocturnas con una bolsa de basura a la espalda y una guía de teléfonos en la mano. Y qué les pasa a estas malditas botas, que se me escapan todo el rato y me impiden correr, ni que fueran zapatillas de andar por casa.

lunes, 10 de octubre de 2016

DE LA LIBERTAD CREATIVA II

   Leo que una escritora española publica ahora un libro nuevo. El libro es una ficción, pero para construir el relato y como punto de partida, la autora utiliza una anécdota real, triste, que le ocurrió a otra escritora hace unos años y, a partir de entonces, fabula sobre sus últimos días usando su nombre verdadero, el cual aparece hasta en el título. Leo también una entrevista con la escritora, justificando que AGM no es en realidad la protagonista, sino el motivo del libro. Matiza con insistencia que no es una biografía, que los datos que emplea están sacados de internet, es decir, al alcance de cualquiera. Que su intención era más rescatar el nombre del olvido y hacerle una especie de homenaje. Y por último leo un articulo de alguien muy cercano a la no-protagonista que siente el libro como una agresión a los que la quieren y al respeto a su memoria, como un robo de su vida y de su nombre, como un atrevimiento  injustificable y una falta de empatía hacia los que aun conservan vivo su amor hacia ella, ya desaparecida.

      A mí, normalmente, me interesan las biografías de gente ausente hace tantos años que no queda nadie a quien molestar, las que ya no pueden hacer daño ni desvelar nada que no debiera ser contado. Las de gente viva me suelen inquietar y más aún las memorias. Y me refiero a los capítulos que relatan el ámbito personal, no las facetas profesionales, políticas o sociales del narrador.  Las que son autocomplacientes  me suelen resultar mentirosas, y las que son sinceras, a menudo me causan malestar por su potencial tóxico sobre los actores involuntarios de la narración, los que jugaron su baza cuando tocaba, los que durante un tiempo compartieron espacio o desnudaron su alma al hermano, hijo, amigo, amante... sin saber que un día, esos momentos pasarían a ser redactados, puede que incluso de manera exquisita, para ser expuestos como un egoísta ejercicio de  exorcismo y liberación o quizá como simple e impúdico divertimento. En cualquier caso, escritas bajo el vano y fácil argumento de que la libertad creativa ( otra vez a vueltas con eso) está por encima de todo, incluso de los afectos y del obligado respeto;  apoyados en el razonamiento de que todos somos dueños de nuestras vidas, como si pudiéramos pasar por las vidas de los otros sin dejar huella. Me resulta inaceptable el uso de las experiencias de otros, aunque sean compartidas, el hecho de exponer su existencia como una prenda usada del revés, con sus nudos, sus costuras, sus remiendos a la vista  de todos, con sus miserias tan comunes a las nuestras juzgadas y vistas para sentencia pública. 

  En este caso, en esta no-biografía, ni siquiera puede alegar la propiedad de algún recuerdo compartido, de alguna vivencia común. Es un uso ( o abuso) de un nombre  cuya dimensión personal es ajena y desconocida para ella, un nombre, sin embargo, detrás del que aún sobreviven afectos latentes y susceptibles de ser lastimados, como así ha sido. Es inexplicable que nadie, de entre todos los elegidos que habrán tenido el libro entre sus manos antes de ser publicado, haya sido capaz de predecir este daño, así que me inclino a pensar que sí, que  lo esperaban  y lo han aceptado como un inevitable daño colateral.

  Yo, para variar, me posiciono del bando de los heridos. ¿De verdad será tan fácil para el lector separar los datos reales de los que no lo son o, al hacer la lectura del libro, asociaremos para siempre la imagen del personaje a la de la persona? Y si, de verdad, solo toma ese incidente como punto de partida, ¿no podría haber utilizado cualquier nombre ficticio sin que la historia hubiera cambiado de forma sustancial? No sé, se me ocurre que alguien que hubiera coincidido con esta señora en algún mal trago de su vida, por ejemplo, en sus años escolares, o al que le hubieran contado algún capítulo más bien olvidable de aquella época, podría ahora utilizarlo y escribir un libro, " La trágica niñez de EN", fantaseando con cómo, a partir de ese momento, arrastró una vida de complejos, carencias y melancolías varias. Poniendo bien claro que todo es fruto de su imaginación, excepto unos pocos datos biográficos bien destacados. para que no haya duda. Porque quién puede impedir a ese alguien fabular, quién se atreve a cortar las alas a un creador.

miércoles, 5 de octubre de 2016

YO SOY ELENA FERRANTE

...Dijo ayer Salman Rushdie. Salvando las distancias (abismales), yo también soy Elena Ferrante, puesto que he optado por el anonimato, por un desdoble de personalidad, por utilizar otro nombre para estas mis actividades pseudoliterarias. Mis motivos: hace unos meses decidí publicar aquí mis cosillas sin forzar a nadie a leerme. Soy más libre así, no conozco a mis (escasos) lectores,  me cuido mucho de no agredir ( ahí sí me horrorizaría escudarme en el anonimato) y no me siento obligada a complacer a nadie. 

  Este mes de agosto me he leído los cuatro libros de la famosa tetralogía: uno detrás de otro, por riguroso orden. El primero no acabó de cuajar en mí, pero a partir del segundo, me fui enganchando, más que a lo que cuenta la historia, a lo que no se cuenta, a lo que se supone, a lo que se calla, a lo que se intuye que palpita entre las dos amigas. Me pareció bien escrita, bien definidas las personalidades, las decisiones y las rebeldías de cada una de ellas, su larga relación de amistad no exenta de envidias y rencores soterrados. Supuse que estaba escrito por una mujer, creí ver algo femenino en el enfoque emocional, No necesité saber más de la autora.
  
   Creo que para alguien que huye de la fama y la exposición pública, el éxito clamoroso de sus libros no hace sino multiplicar los beneficios de publicar de incógnito. Imagino que se trata de eludir los inevitables compromisos de una promoción literaria: entrevistas en toda clase de medios, presentaciones por su país ( y fuera de él si se llega a traducir, como en este caso), suposiciones sobre la parte autobiográfica de su relato, dificultades para conservar la rutina cotidiana, el aprender a lidiar con el análisis minucioso de cada una de tus decisiones, con la renuncia de la naturalidad en los que a ti se dirigen. Comprendo que hay gente que disfrute del aplauso directo, de la felicitación, del reconocimiento. Y lo celebro, si lo merecen. Yo observo con admiración la capacidad de entrega de la mayoría de los autores, cómo en poco tiempo pasan de un trabajo solitario y largo, minucioso y concentrado como es la escritura de un libro  a lanzarse de  lleno a la vorágine de la vida social una vez publicado el mismo. Para muchos será una justa recompensa. En parte, se lo deben a la editorial que apostó por ellos, y también a sí mismos, para estimular el interés, la demanda y la venta de su obra, buscando rentabilizar al máximo tal esfuerzo, no solo en términos económicos.

  Yo, si estuviera en su piel y pudiera elegir, optaría sin dudar por tirar la piedra y esconder la mano. Parir mi libro, entregarlo a sus lectores y dedicarme a ser observadora pasiva de las críticas, del éxito o fracaso, de las suposiciones y quinielas sobre mi presunta identidad. A lo Ferrante. Ella escribe, nos entrega su trabajo y a partir de ese momento, la gestión de su tiempo y del  éxito, enorme e inesperado, es solo decisión suya.  Entiendo y comparto la curiosidad sana, pero no ese afán por desvelar el nombre que no quiere ser desvelado.

   Alguien, escudándose en una supuesta enorme demanda social de esta información, ha descubierto quién se ¿esconde? tras ese nombre. Ha empleado horas de investigación con un discutible método, fisgoneando sin pudor en las finanzas y propiedades de una persona sin ningún cargo público, que no desea exhibir su nombre, ni su foto, ni su vida. Que tomó la decisión de trabajar así. No sé si es lícito ni legal, pero me parece moralmente reprobable. Indecente.

    Ahora el mal ya está hecho: Elena Ferrante ya tiene (otro) nombre.  Y parece condenada a la fama por decisión de otro. Ojalá consiga mantener su elección de vida, seguir desdoblándose si es esa su voluntad y continúe entregándonos solo lo que ella libremente decida. 

martes, 4 de octubre de 2016

PSEUDOCUENTO O MICROBOBADA II: LECTURAS

   Aprendí a nadar antes que a leer. Lo de hablar llegó algo más tarde. Con frecuencia  encuentro libros abandonados a su suerte y me sumerjo en la grandeza de su vocabulario. También paso horas buceando en solitario y cuando mi carácter temerario me pone al borde de algún desastre, recurro a mis habilidades lingüísticas y recupero mi libertad. Soy convincente, creo, aunque confieso que sus caras de asombro me desconciertan. Quizá sea mi lenguaje, demasiado académico. Debería informarme sobre los hábitos de lectura de los otros peces.

sábado, 24 de septiembre de 2016

LAS CHICAS Y EL AZAR



   Ayer terminé de leer Las chicas, de Emma Cline. Me gustó. Está basado en las andanzas de la siniestra "familia" de Charles Manson, y se centra en las chicas, sus chicas, el grupo de mujeres que lo acompañaban y seguían ciegamente.

   El libro está narrado en dos espacios temporales, que van alternándose de manera bien definida. En el primero, Evie, la protagonista, tiene solo catorce años y un desencanto adolescente que le hace muy vulnerable. Creo que esta es la parte más brillante del libro. En el segundo espacio, han pasado muchos años y, de forma inesperada, se ve obligada a compartir casa por unas horas con un par de adolescentes que conocen algo atroz que ocurrió años atrás. A ella le fastidia y le incomoda su presencia. Los chicos sienten una mezcla de curiosidad, rechazo y  admiración por la presunta complicidad de Evie en aquel suceso.

   Creo que al final es un libro sobre la importancia del azar en nuestras vidas. Evie vive una situación difícil, pero no distinta a otras muchas: padres recién divorciados, padre ausente, madre ansiosa por recuperar una vida propia, un sentimiento frecuente de soledad, dificultad para encontrar su sitio, necesidad de pertenecer a un grupo, de ser valorada, reconocida y querida, de tener un valor a ojos de los demás, de rellenar "sus espacios en blanco", de completar sus líneas pendientes de escribir, de corregir las mal escritas, del desencanto de la amistad, de la curiosidad por el sexo. Y, en este caldo de cultivo, aparece antes sus ojos una opción de vida diferente, atractiva. El imán, el anzuelo en este caso es una chica un poco mayor que ella, que parece caminar de puntillas sobre las miserias del mundo, con la que queda fascinada desde sus primeros encuentros casuales. Una mujer segura, libre, feliz, alejada de convencionalismos que le muestra un camino distinto, una forma de vida revolucionaria que degrada la suya a algo vulgar, ridículo.

  Paso a paso, la autora  reconstruye ese proceso de anulación de una voluntad, de la sutil manipulación para conseguir una entrega incondicional, una admiración sin límites que justifique cualquier acto, borrando la capacidad de crítica y desaprendiendo todo lo sabido hasta entonces como moralmente correcto. 

   Con la lectura de estas páginas te planteas hasta qué punto tú podrías haber estado allí. Porque a algunos, nuestras opciones de rebeldía no nos llevaron más allá de alguna que otra mala compañía, pequeños engaños, escapadas breves y riesgos casi domésticos. Lo que nuestro reducido entorno puso a  nuestro alcance. Pero, si otras puertas se nos hubieran abierto, hasta dónde podrías haber llegado a esa edad, lleno de rabia contra el mundo y contra tus padres, incómodo en tu pellejo de proyecto de adulto, dispuesto a transgredir normas y a escribir las tuyas, con un anhelo grande de encontrar a alguien que te mire a ti, solo a ti, como si fueras elegido entre todos, y esperando escuchar que tú eres especial y necesario en esa tribu, en esa manada, ávido de conseguir acompasar tu respiración a la de otros y ser uno más, y no uno menos. Qué hubiera pasado si, cerca de nosotros, de mí, hubiera aparecido alguien con la oferta de un lugar solo para mi en un mundo nuevo mucho más excitante, más improvisado, más libre, que dejara al anterior reducido a un mal sueño. Qué hubiera pesado más, la sensatez  o el afán de aventura, la seguridad de permanecer en una zona de confort o la promesa de una vida estimulante. Y una vez cruzada la puerta, habría tenido momentos de lucidez que me marcaran limites, o habría llegado hasta el final. Uno siempre piensa que hay cosas que nunca haría. Pero quién lo sabe. 

jueves, 22 de septiembre de 2016

EL FORMATO DE LOS SUEÑOS

   Yo casi siempre sueño en color. O en tecnicolor. En pantalla grande o en pequeño formato. Mis sueños transcurren al aire libre, en exteriores, aunque a veces tengo escenas de interior. Los olvido si no los verbalizo nada más despertar, pero en los primeros minutos permanece en mí una sensación incómoda, como de resaca, de no saber dónde he pasado la noche.

   No suelo tener pesadillas, aunque sí sueños del género absurdo: gente en el lugar que no le corresponde, amigos que no se conocen entre sí conviviendo con la familiaridad del roce cotidiano, personajes que no me han sido presentados interactuando como peces en el agua en mi día a día, yo comportándome como si no fuera yo. En ocasiones parecen sueños lúcidos: yo creo estar consciente de que estoy soñando, otros son el reflejo de una esperanza, de un deseo persistente durante las horas de vigilia. Hay quien tiene (dice) sueños videntes. o incluso telepáticos. Yo, por suerte, no practico de esos. En el más difícil todavía están los sueños-viajes astrales, que tampoco tengo el disgusto de conocer. Pero hasta hoy, mis sueños han estado fabricados de imágenes, secuencias, palabras, voces,  conversaciones, gestos, bandas sonoras...

   Esta mañana me ha despertado un whatssap. A las siete y diez. Cinco minutos antes de que sonara el despertador. La imagen inconfundible de un mensaje de texto con las letras en negro sobre un recuadro verde y fondo claro. Tal cual lo tengo yo en el móvil. Precedido por un pequeño bip (mental). Un tonto mensaje de unas cuatro o cinco líneas sobre alguno de los libros de texto de uno de mis hijos. enviado por el centro de estudios. Ni idea de si ha sido de la secretaría, de la dirección, del tutor. Ha sido recibirlo, leerlo y abrir los ojos como platos. Como de no dar crédito. Por eso no lo recuerdo bien. Tampoco me ha dado a tiempo a contestar. A ver esta noche como me espera mi emisor. Porque seguro que vio el doble check azul  y ya lleva doce horas sin respuesta. Miedo me da cerrar los ojos esta noche.



PSEUDOPOEMA

DESORDEN

A veces, mi mundo se desordena
mis fronteras, antes de espuma,
aparecen rotundas, inmutables.
Una vez más, batalla eterna.
No hay tiempos, sólo el vaivén
lento, estéril  de los días que pasan

A veces, camino entre murallas invisibles
las caras, los cuerpos son mentira 
busco alcanzar mi sitio y tomar forma
recuperar mi tacto, mi presencia.
Y volver a escuchar las otras voces.

Las de fuera.

martes, 13 de septiembre de 2016

DEL INSOMNIO IMPRODUCTIVO


  Ayer me costó dormirme. Mientras daba vueltas en la cama pensé que, en ese mismo momento y en esas mismas circunstancias, habría gente sesuda aprovechando esas horas de insomnio para perfeccionar ideas de las que abrillantan el mundo. Utilizando sus neuronas para el bien común. Qué sé yo, pensaba, alguien puede estar justo ahora puliendo el proyecto para fabricar un vehículo plegable, o desechable, que no necesite ser aparcado, O esbozando el proceso que nos llevará a eliminar las arrugas de una sola vez con la aplicación de una crema, o un spray. O desarrollando un experimento que nos encamine a erradicar cualquier grave enfermedad. O diseñando carreteras inteligentes que reduzcan la velocidad excesiva de los coches y eviten los accidentes.  Yo no.  Yo todo esto, lo de las ideas de otros, lo pensé con música de fondo. Con canciones varias llegadas con el fin de desvelarme. Sobre todo una. 
   
   Hombres G cantaban una cosa así: No me gustan las niñas que todas las canciones les recuerdan algo. Mi caso es justo el contrario. Eliminando lo de niña (que por edad ya no procede), yo soy de esas a las que todos los algos les recuerdan una canción. Música en castellano, sobre todo, que ando corta de idiomas. Que para nada quiere decir que todas me gusten. Muchas sí, que a mí me van casi todos los géneros. Otras no y bastantes incluso las detesto. Pero me las sé. Ahí están, grabadas y dispuestas a salir a la menor invitación. No me preguntes la cronología de los Austrias en la Historia de España, ni las reacciones químicas del ciclo de Krebs. No me pidas que recuerde el nombre de los dioses del monte Olimpo. Esos datos se me borran: por mucha atención e interés que ponga, se quedan un tiempo en la memoria inmediata, pero al final huyen, acosados por la Escuela de calor o el Blues de Memphis, o empujados por La bien pagá que mueve el culo para hacerse sitio y ponerse otra vez en primera línea, esperando el momento de su triunfal reaparición. 
   
   El resorte que desata el monstruo suele ser una palabra, una frase, una exclamación... Las hay que me acompañan hace años, como la de anoche. Muchos años. Y cuando regresan, se me instalan cual huéspedes con la fecha de salida sin cerrar. Ayer oí que mencionaban las huellas de unos pies. Y saltó la tecla. Esta mañana seguía poseída: conduciendo, cocinando...Yrarararara rarararaira rararaaaaaa....

Has vuelto, Melina. Sálvese quien pueda.



jueves, 8 de septiembre de 2016

FUERA DE GUIÓN


  Tengo la mala suerte de adivinar los finales supuestamente sorprendentes en muchas películas, cortometrajes, libros. Capítulo dos: ya sé que el asesino es el portero y no el amante con cara de golferas y maneras de chulo al que apuntan todos los indicios. Que aún así termino el libro o la peli para ver si me equivoco. Y algunas veces patino, claro. Pero muchas no. Procuro no reventárselo a los compañeros de butaca, salvo que sean de mucha confianza. Compañeros de sofá, más bien. Entonces no lo puedo evitar, me vengo arriba y lo voy dejando caer: va a ser la mosquita muerta esa, vas a ver... Ese no es su padre, verás como es hijo del magnate del petróleo y se queda con la herencia...Me da que ese trabajo es una tapadera,  ... Joder con la profeta, suelo escuchar.

   Y no lo adivino por más lista, ni por más observadora. Yo creo que es por más retorcida. Porque ya en la vida, me preparo unos papelones que pa qué te voy a contar.  Cuando tomo una decisión,  que ya me cuesta, es porque  previamente he elaborado un guión completo con varios finales posibles. El bueno, el malo y el peor. El realista, el de película y el imposible. El lógico, el absurdo y el aburrido. Y eso lleva un tiempo, claro. Una vez terminado este complejo y entretenido  estudio de probabilidades, intento centrarme en la consecuencia lógica. Y decido. Pero hay que ver qué trabajito me da...
 
   Podría afirmar que esto de la imaginación es un regalo y un castigo a partes iguales. Por muy jodido que venga el panorama, yo sigo valorando la posibilidad de un final mejor. A cambio, qué difícil es que la vida me sorprenda, y lo que me gusta encontrarme un final fuera de guión. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

FILOSOFÍA RUMBERA

 

  

  Yo he sufrido pocos desengaños amorosos. No tiene mucho mérito, teniendo en cuenta que tampoco he tenido un éxito clamoroso con los hombres. Siempre que al "me gusta pero no me hace ni puto caso" no lo llamemos desengaño, que entonces ya iría algo más sobrada. Mientras no concretemos, me refiero más bien a esas situaciones en las que no recibes lo que esperabas, al momento de la decepción, a ese abrir lo ojos un día y descubrir al verdadero capullo que tienes en casa, o a que los abra él y no le guste lo que tiene delante.
    
   Tampoco he sufrido muchos desengaños amistosos. Aunque no soy persona de sumar cientos de amigos, ni siquiera en facebook, conservo amistades de casi todas mis etapas de la vida. Desde el colegio, que ya ha llovido. A algunos los veo poco, pero tienen reservado su lugar entre mis afectos. Llevo mal perder el contacto. Yo pongo de mi parte, tengo un rechazo visceral a pertenecer, como decía Sabina, a "La Cofradía del Santo Reproche". Si algo me duele y no es trascendente, lamo mis heridas en silencio y lo dejo correr. Si algo me duele y sí tiene consecuencias, lo largo a la primera ocasión. Apunto y disparo. Si se guarda en un cajón del alma, acaba explotando en el peor momento, junto con otras pequeñas bombas-ofensas, y entonces aparece una enorme y oscura tormenta de arena  que tarda en dejarte ver la luz.

   
   Me cuesta mucho perder de vista a la gente, pero casi siempre me ha ocurrido sin acritud y hasta sin intención. Un día, sin más, te das cuenta de que ya no forma parte de tu cotidianidad. 
  
   Lo que de verdad me duele es que prescindan de mí. Que entiendan algún gesto mío como una agresión y decidan apartarme de su camino. Sé que sin querer causamos heridas. Que comportamientos no intencionados pueden ocasionar víctimas en nuestro entorno. Que nuestros pellizcos felices a veces se asientan en sentimientos infelices en otros. Y eso no siempre es evitable. Me molesta que vean en mi cosas que no existen. pero yo también juego a adivinar a los demás. Quisiera no hacerlo, pero no siempre me sale, soy sufridora por naturaleza. Y sé que sería mucho más feliz si pudiera no caer en el victimismo del porquéamí o el porquéyo. Si lograra aceptar con alegría lo que los demás me ofrecen espontáneamanente. Me repito a mí misma que nadie está obligado a actuar como nosotros lo hubiéramos hecho.  Juego a interpretar en positivo las palabras, las ausencias y los silencios de cada cual. Sueño con disfrutar de lo que me dan en lugar de echar de menos lo que no me dan, con no ver nunca malos propósitos sino distintas prioridades. 

   Y sé que alguna  vez tendré que aceptar que habrá gente que dejará de bailar al mismo son que yo,  y que, por mucho empeño que le pongamos, habitaremos lugares distintos. Esta última la tengo cateada de momento, pero estoy en primero de aceptación. Y el curso empieza a ritmo de rumba:

Si la canción que yo canto
no te llena de alegría
por más cosas que te diga
no sirve de ná.



miércoles, 24 de agosto de 2016

PUES SERÁ BUENA...

   Estoy leyendo un libro de éxito. Uno de esos que forman parte de las listas de más vendidos, cuyo autor ha recibido premios importantes y que, además, llega a mis manos recomendado por varias valoraciones más que positivas de reconocidos críticos (prosa deslumbrante, dice uno de ellos) y por la lectura entusiasta de gente más cercana a mí. Yo lo tengo en la lista de lecturas pendientes desde su publicación, hace varios años. A principios del verano decidí que en estos meses pasaría a la lista de leídos. En ello estoy. Aunque no recientemente, leí con agrado varios títulos del mismo autor. En los últimos años, sí he leído alguna columna que acostumbra a publicar en un determinado periódico y  sus historias y el tono empleado en ellas no han conseguido convencerme, emocionarme ni interesarme.

  El libro en cuestión, que estaría englobado en el género de novela histórica, yo más bien lo pondría en el de historia novelada. Es decir, es la trama la que se pone al servicio del relato histórico y no al revés, lo que hace que las escenas resulten en ocasiones muy forzadas, poco naturales y nada creíbles. Que las conversaciones entre personajes resulten un "aprovecho el momento para contarte este episodio sin ahorrarte un detalle". Los personajes, en general, están bien definidos y descritos, aunque en el caso de los protagonistas, cuesta en ocasiones imaginarlos protagonizando según qué suceso de la Historia en los que el argumento les obliga a tomar parte activa, pues para eso han sido creados. Y yo no lo veo.

   En relación al estilo, la parte novelada fuerza mucho el sentimentalismo, la emotividad, quizá para contrastar la crudeza de la época, de los momentos que relata. Aunque son varias voces las que cuentan los hechos desde sus diferentes puntos de vista, están bien separados por capítulos y es fácil distinguir quién toma la palabra y cuando lo hace. La prosa es sencilla, fácil de leer. aunque, quizá por esa carga de emotividad, para mí está pasada de adjetivos.

  En definitiva, no me convence. Y sin embargo, mi problema como pseudocrítica literaria es que no me siento capaz de hacer comentarios demasiado negativos si detrás de unas páginas adivino un descomunal trabajo de documentación y horas y horas de lectura y de escritura para encajar todas las piezas, los personajes reales, los inventados, las fechas, los lugares. Pues será verdad que es estupenda.

   Yo, en estas ocasiones, prefiero omitir el título y el autor, y quizá debería acogerme al dicho aquel: si no tienes nada bueno que decir, mejor no digas nada