De todo hay en el mundo: gente lista, ingeniosa, negativa, brillante...y hay gente idiota. De esos que van pregonando sus firmes e inflexibles creencias, convencidos de haber nacido ya propietarios de la verdad. Normalmente es una característica difícil de disimular, por lo que se les huele, se les ve venir y no es difícil evitar el contacto para salvaguardar nuestra sensatez. Hay gente que es idiota y además peligrosa. Êstos, no contentos con vivir según sus normas, necesitan imponerlas también bajo el techo de los demás. No aceptan el aborto o el matrimonio gay en su barrio, en su pequeño mundo, y además tratan de evitar que sea aceptado en el tuyo. No siempre son fáciles de detectar, porque tardan en dar la cara y van sembrando nuestro camino de pequeñas trampas con el fin de enredarnos en su telaraña de hilos pegajosos. Los peores de todos son los idiotas, peligrosos y tóxicos, las joyas de la corona, lo que se dice un pack completo de cualidades. Estos individuos, no contentos con tratar de convencer al mundo de sus teorías inamovibles, se empeñan en propagar su mensaje intolerante, discriminador, racista o intransigente en el lugar donde más víctimas pueden causar, es decir de manera mezquina y perversa. Se me ocurre un supuesto como ejemplo: un grupo ultraconservador decide lanzar a las calles un autobús pintado de una manera llamativa, que podría ser de color naranja, y rotulado con un mensaje de rechazo a un grupo o realidad social que ellos, no contentos con su guerra personal, necesitan poner en evidencia y señalar con el dedo. Como podría ser los niños transgénero. Este autobús estará destinado a circular por las calles de una gran ciudad, haciendo parada a las puertas de algún colegio con el fin de clarificar las obtusas mentes dispuestas a aceptar que la identidad sexual es, en ocasiones, una cuestión distinta a la realidad biológica, al reparto de penes y vulvas decidido genéticamente. Con ello, tratarán de respaldar a aquellos que niegan esta opción de vida, de sembrar dudas en los que la aceptan de forma natural y de echar por tierra todo el esfuerzo invertido por profesores, padres y niños en su integración y normalización. Claro, todo esto apoyado en el ¿incontestable? argumento de que están respaldados por la ciencia, por la biología. Ante la avalancha segura de protestas, esgrimirán su derecho a la libertad de expresión. Lo del respeto hacia otras realidades diferentes a la suya o la empatía ante el dolor ajeno, ya si eso se lo dejarían para septiembre. Pero claro, esto no es más que una conjetura, un ejemplo inverosímil pensado con malicia.
domingo, 5 de marzo de 2017
domingo, 26 de febrero de 2017
RELEER LA VIDA
Hace unos días asistí a la presentación de un libro de relatos. Entre otras cosas, de la autora se destacó que parecía ser una gran lectora, sea lo que sea que esto quiere decir. A continuación le cuestionaron sobre lo que estaba leyendo en este momento (después de todo, la cita era en una librería), es decir, qué libros, autores, géneros actuales le interesaban. Su respuesta fue, en resumen, que ella es una gran relectora, es decir , de las que leen repetidamente a sus autores favoritos, con insistencia, una reincidente que siempre termina recurriendo a Kafka, a Tolstoi o a Dostoievski. Al parecer, su objetivo al escoger un libro es leer textos que la enseñen y que le sugieran cosas para a partir de ahí, fabular y comenzar sus relatos. Dicho todo esto con naturalidad y sin pedantería, todo hay que decirlo. Yo soy muy poco fan de los relectores exclusivos, pero más me asombra cuando tus circunstancias en el momento en que lo declaras con convicción son las de un escritor digamos solo medianamente conocido, tratando de convencer a un público de que te compre a ti, a tu mundo inventado, a tu libro nuevo recién editado y dispuesto a ser leído por primera vez. No sé, yo creo que lo sensato por su parte sería lanzarnos un interesado discurso sobre la cantidad de talento y de buenos libros que hay entre los escritores noveles. Y si no, ¿ porqué salvar el tuyo entre todos los libros editados?, ¿porqué despreciar de antemano el poder de inspiración, la capacidad de emocionar y de evocar de cualquier otro escritor contemporáneo tuyo? Es como si un director de cine del siglo XXI reconociese públicamente dedicar horas a la visualización de las obras maestras de Fellini, Bergman y Kubrik, por ejemplo, y nada más que a ellos, pero aspirase a un Oscar por la brillantez de su peli. O un compositor musical que rechazase escuchar nada creado después de Verdi, pero que aceptase un premio por su última aportación al género operístico.
En la vida hay muchas cosas de las que disfrutas una sola vez, por irrepetibles o porque no sientes la necesidad de revisitarlas, y eso no impide que recuerdes siempre las sensaciones de ese momento. Incluso los libros que a mi sí me pidieron una segunda lectura, ya nunca me regalaron esa fascinación del primer encuentro. Es cierto que descubres detalles nuevos, que merece la pena disfrutarlos ya sin la urgencia de ese querer pasar página, pero la emoción, el asombro, no son los mismos. Si alguien me ofreciera pasarme el resto de mi vida reviviendo todos y cada uno de mis momentos felices, así, en bucle, una y otra vez, diría que no. Correría el riesgo de tropezarme con tal de no renunciar al subidón de lo nuevo, a la posibilidad de la sorpresa. al deslumbramiento de las primeras veces.
martes, 21 de febrero de 2017
LA HERENCIA
Tras muchos años de vida poco convencional, quiso mi padre dar a su
muerte un toque de formalidad y, para nuestra sorpresa, dejó escritas sus
últimas voluntades. Nuestra relación con él distaba mucho de ser cordial y
se limitaba a unas breves visitas que le hacíamos, por turnos y muy espaciadas,
para asegurarnos de que seguía en este mundo. En esos casos nos recibía con
cierta sorna, mis hijos queridos, y tras proferir algún que otro desatino, nos
invitaba a abandonar su propiedad con premura. Nunca quiso ser padre, fue
algo circunstancial a lo que se dejó llevar y de lo que escapó en cuanto
supo cómo. Su albacea, un letrado gris y eficaz, nos convocó a los cuatro hermanos
a su despacho a una hora temprana. Una vez sentados alrededor de una gran mesa
redonda, solemne, de madera maciza, leyó con voz firme el reparto de sus
bienes. A
Pablo, mi primogénito, pilar de la familia, guardián de nuestro honor, le
cedo la casa, con el compromiso de mantenerla en buen estado y la
responsabilidad de conservarla para las siguientes generaciones; a Marina, mi
niña caprichosa, le regalo las joyas de mamá, para que las disfrute junto
a sus hijas y preserve intacto, como merece, lo poco que guardo de vuestra
madre; a Ernesto, por su apego a los bienes terrenales, le corresponde
la hacienda, la superficie cultivable, que debe ser trabajada para dar fruto
cada temporada; y a Noel, mi pequeño ilustrado, por su inagotable afán de
conocimiento y su incansable empeño en mejorar mi vulgar lenguaje, por su
ansia de saber y exponer su alto nivel intelectual, le cedo mi biblioteca,
mi mayor tesoro. Considero un acierto el reparto, apostilló el albacea visiblemente
emocionado. Viejo cabrón, masculló mi hermano.
Los pendientes de perlas de mamá permanecen en un pequeño
joyero, a la espera de una necesaria reparación, consistente en engarzar nuevas
perlas, ausentes en el momento de la entrega. Las macetas de Ernesto
encontraron su lugar en la terraza soleada de su casa, y llenas por primera vez
de tierra fértil, quizá den flores y frutos la próxima primavera. La caravana
de Pablo, tras alguna reforma y la reconstrucción de su destartalado techo, ya
sirve de lugar de juegos a sus hijos. Y mi libro, un ejemplar antiguo del
Selecciones del Reader's Digest, algo maltrecho e incompleto, duerme en mi
mesilla de noche hasta que encuentre la ubicación perfecta para que no pierda
la condición de pieza única que le dio mi padre. Que en paz descanse.
lunes, 13 de febrero de 2017
TODOS MIS FUTUROS SON CONTIGO

Así es como voy y vengo de mí
mi viaje de ida hacia el cansancio,
mi viaje de vuelta hacia la calma,
así llevo mucho, mucho tiempo,
esa es mi vida.
Fragmento de El Tesoro
Es difícil clasificar este libro. No es poesía al uso, tampoco es prosa. O es todo a la vez, quizá. Tiene un algo de confesión y otro poco de desahogo, y contiene algún grito de denuncia. Es un buen puñado de sentimientos traducidos a palabras directamente desde las entrañas. Es tierno y sugerente, es impúdico y descarnado, es una declaración de amor y también de humor. Es muchas cosas. Es esperanzador:
Lo extraordinario, hoy y cualquier día, puede suceder. Conviene no olvidarlo.
Lo extraordinario, hoy y cualquier día, puede suceder. Conviene no olvidarlo.
Pasen y lean, por favor.
viernes, 10 de febrero de 2017
FRÍO
Su
aliento me quema de tan cercano y me parece imposible que él no perciba el mío. Escondida, me abrazo con fuerza las piernas, haciendo de mí una suerte de ovillo apretado para tratar de controlar los temblores que
amenazan con delatarme. Mis lágrimas, sin embargo, caen mansas, y se
deslizan hasta perderse en mi
cuello o acabar en mi boca, siguiendo alguno de los numerosos senderos que
marcan mi rostro de forma invisible.
Como esperaba, aparece inquieto y
empieza a revolver mis cosas, a abrir cajones violentamente, buscando algún indicio que confirme sus sospechas o
alguna prueba que le devuelva la esperanza,
que desmienta lo que el día a día le dice a gritos. Apenas lo reconozco en este
hombre abatido y nervioso, que murmura palabras incomprensibles. Ya no te
quiero, le digo yo en silencio, déjame marchar, ya no te quiero. Agotado al
fin, me busca en el olor de esas telas que han estado en contacto con mi piel,
esa que tantas veces ha recorrido con sus manos, con su boca, de la que conoce
cada rincón, cada aspereza, cada secreto. Una vez más, vuelve a casa a solas,
para tenerme, para quererme, para soñarme aún suya, creyendo conjurar de esa
manera el desamor que invade cada rincón de esta casa. Aún sufro por verlo así, todavía me duele. No
falta mucho para que sea más fuerte mi infelicidad que la lástima, la rabia que el amor
domesticado, mis lágrimas que las suyas. Entonces, por fin, me marcharé lejos
de esta podredumbre del alma, lejos del frío.
miércoles, 1 de febrero de 2017
MATERNIDADES
Madre tigre, madre helicóptero, malamadre, madre medusa...quince años como miembro de pleno derecho de este gremio y no soy capaz de ubicarme. Analizando cada una de ellas, descubro que tengo mucho de malamadre, nada de madre tigre y un poco de madre medusa. He sido muy madre aspiradora, que parece ser que es la que se alimenta de lo que dejan sus hijos, pero actualmente moriría de inanición, pues mis retoños ingieren cantidades nada despreciables de comida de las que no dejan ni las migas. Yo es que en esto, aunque me ha gustado leer y documentarme como a la que más, e intento mantener unas pautas ajustadas al tipo de madre que quiero ser, al final y llegado el caso, suelo actuar por instinto e improvisación. Según me sale.
Me encuentro hoy con la última polémica en materia de maternidad: el recién publicado libro de una famosa periodista sobre el tema. En la entrevista que he leído, ella, madre reciente de dos niños, dice entre otras cosas que con los hijos pierdes calidad de vida. De entrada, así de sopetón, en frío, con sus dormitorios recogidos modo their way (aceptando el montón como nueva forma de almacenamiento de ropa), con los últimos boletines de notas aún calientes, los recibos de la academia de recuperación a punto de vencimiento y el frigorífico cual parcela deshabitada por segunda vez esta semana, me ha parecido una verdad verdadera. En una segunda reflexión más pausada, he discrepado un poco. Porque es de cajón que pierdes muchas cosas: libertad, tranquilidad, sueño, vida social...y las mejores cosas que ganas son poco mesurables, incluso algunas no dejan de ser una apuesta a largo plazo, que vete a saber si estarás presente para recoger los beneficios. Tampoco creo en la idea ahora extendida de que lleguemos a la maternidad engañadas, como ella afirma, como si hubiera un pacto social por ocultar LA VERDAD y evitar así un descenso radical en la natalidad del universo. Antes de nacer mis hijos yo ya tenía varios sobrinos entre los que podías encontrar de todo: los que no comían, los que no dormían, los que no comían ni dormían, los que lloraban siempre, los que lo hacían todo y además bien... La presión social por parir como fin único tras el matrimonio la vivieron nuestras madres, y cumplieron como se esperaba, de ahí ese alto índice de familias numerosas. En ese sentido, yo no me sentí especialmente apremiada. Tampoco idealicé ese momento esperando escuchar violines cada vez que mi hijo y yo entrásemos en contacto visual, pero aún así, nunca es lo que esperas, ni lo que imaginas, no es lo mismo contado que vivido, o que sufrido, ya que jamás estás preparado para esas noches interminables convertido en zombie por la falta de sueño, cargando un bebé en estado de enajenación pasillo arriba pasillo abajo, haciendo más kilómetros que en el Tour de Francia, fantaseando con que alguien venga, quién sea, a llevárselo durante unas horas, o para esa duda existencial a las cuatro de la mañana sobre si lo sensato es esperar a que amanezca o si debo salir ya pitando a urgencias, o para contar hasta veinte para no responder a la enésima bravata de tu adolescente como realmente te pide el cuerpo y hacerlo según una madre coherente con el sistema educativo que pretendes seguir. Recalco el pretendes.
Me encuentro hoy con la última polémica en materia de maternidad: el recién publicado libro de una famosa periodista sobre el tema. En la entrevista que he leído, ella, madre reciente de dos niños, dice entre otras cosas que con los hijos pierdes calidad de vida. De entrada, así de sopetón, en frío, con sus dormitorios recogidos modo their way (aceptando el montón como nueva forma de almacenamiento de ropa), con los últimos boletines de notas aún calientes, los recibos de la academia de recuperación a punto de vencimiento y el frigorífico cual parcela deshabitada por segunda vez esta semana, me ha parecido una verdad verdadera. En una segunda reflexión más pausada, he discrepado un poco. Porque es de cajón que pierdes muchas cosas: libertad, tranquilidad, sueño, vida social...y las mejores cosas que ganas son poco mesurables, incluso algunas no dejan de ser una apuesta a largo plazo, que vete a saber si estarás presente para recoger los beneficios. Tampoco creo en la idea ahora extendida de que lleguemos a la maternidad engañadas, como ella afirma, como si hubiera un pacto social por ocultar LA VERDAD y evitar así un descenso radical en la natalidad del universo. Antes de nacer mis hijos yo ya tenía varios sobrinos entre los que podías encontrar de todo: los que no comían, los que no dormían, los que no comían ni dormían, los que lloraban siempre, los que lo hacían todo y además bien... La presión social por parir como fin único tras el matrimonio la vivieron nuestras madres, y cumplieron como se esperaba, de ahí ese alto índice de familias numerosas. En ese sentido, yo no me sentí especialmente apremiada. Tampoco idealicé ese momento esperando escuchar violines cada vez que mi hijo y yo entrásemos en contacto visual, pero aún así, nunca es lo que esperas, ni lo que imaginas, no es lo mismo contado que vivido, o que sufrido, ya que jamás estás preparado para esas noches interminables convertido en zombie por la falta de sueño, cargando un bebé en estado de enajenación pasillo arriba pasillo abajo, haciendo más kilómetros que en el Tour de Francia, fantaseando con que alguien venga, quién sea, a llevárselo durante unas horas, o para esa duda existencial a las cuatro de la mañana sobre si lo sensato es esperar a que amanezca o si debo salir ya pitando a urgencias, o para contar hasta veinte para no responder a la enésima bravata de tu adolescente como realmente te pide el cuerpo y hacerlo según una madre coherente con el sistema educativo que pretendes seguir. Recalco el pretendes.
Sé que hay madres que se están atreviendo a dar un paso más y a admitir públicamente su arrepentimiento con respecto a la maternidad. No lo critico, uno no es del todo dueño de sus sentimientos. A veces quieres querer y no te sale, quieres disfrutar y no puedes. No he leído de ninguna que reniegue de sus hijos, que quiera quitárselos de en medio una vez instalados en su vida, pero sí hablan de ese momento, años atrás, en el que dieron con ilusión y algo de desconocimiento un paso que cambió tanto sus vidas que hubieran preferido no darlo. Así de simple y así de sincero.
Me he encontrado pocos casos de padres arrepentidos y en ninguno de ellos la causa era esta supuesta falta de calidad de vida, ni la dificultad de conciliar o la imposibilidad de recuperar después el terreno y el tiempo perdidos laboralmente. De todo esto nos quejamos todas en mayor o menor medida y esto sería un tema para otro debate (necesidad de un cambio social, de engrasar mejor el sistema laboral, de generar un debate sobre las prioridades y la gestión del tiempo en las empresas, de la falta de flexibilidad... ). Los casos de los que hablo se deben todos a dos causas: los primeros, padres a los que el comportamiento de los hijos ha hecho sufrir hasta no poder más y los segundos, padres cuyos hijos no han conseguido ser felices. En cualquier otro supuesto no recuerdo ninguna frase tipo en qué hora yo, cómo se me ocurriría a mí.., ni por graves enfermedades de los hijos, ni por temas más frívolos como perderse viajes o salidas sociales, ni por tener que dejar pasar una importante oportunidad de trabajo. En las dos situaciones comprendo muy bien la frustración de los padres que se sienten fracasados en eso, la pena inmensa de comprobar que no ha merecido la pena.
Yo también pongo todo mi empeño en que sean felices; no quiero decir que busco que no sufran, ya lo han hecho y lo harán más, ni que mi deseo sea privarles de desengaños, yo lo que quiero es que encuentren su lugar en el mundo, que se sientan parte del rincón donde viven, queridos, necesitados, que sepan a qué quieren dedicar sus esfuerzos, aunque cambien diez veces de opinión, que no tengan miedo de volver a empezar, quiero que tengan ilusión por conocer, por aprender, que confíen en su futuro, aunque parezca que viene gris y tormentoso. Y mira que se me hace ardua algunos días la tarea, bregando con dos almacenes de hormonas que tan pronto me abrazan por sorpresa como me miran como si fuera una extraterrestre recién llegada de Raticulín hablando otro idioma, o me frustra la lucha interminable por evitar que sus móviles se conviertan en un apéndice de su mano derecha, o me crispa su enésima provocación de averquiénpuedemás... Nada, ni aún así encuentro dentro de mí ni un poquito de arrepentimiento.
Yo también pongo todo mi empeño en que sean felices; no quiero decir que busco que no sufran, ya lo han hecho y lo harán más, ni que mi deseo sea privarles de desengaños, yo lo que quiero es que encuentren su lugar en el mundo, que se sientan parte del rincón donde viven, queridos, necesitados, que sepan a qué quieren dedicar sus esfuerzos, aunque cambien diez veces de opinión, que no tengan miedo de volver a empezar, quiero que tengan ilusión por conocer, por aprender, que confíen en su futuro, aunque parezca que viene gris y tormentoso. Y mira que se me hace ardua algunos días la tarea, bregando con dos almacenes de hormonas que tan pronto me abrazan por sorpresa como me miran como si fuera una extraterrestre recién llegada de Raticulín hablando otro idioma, o me frustra la lucha interminable por evitar que sus móviles se conviertan en un apéndice de su mano derecha, o me crispa su enésima provocación de averquiénpuedemás... Nada, ni aún así encuentro dentro de mí ni un poquito de arrepentimiento.
miércoles, 25 de enero de 2017
DE LOS DESALMADOS
Ni puñetera gracia. Nunca he visto la chispa a hacer mofa del sufrimiento ajeno. Ni a las bromas sobre el Holocausto, ni a las de tartamudos, ni a las racistas...no sé bien dónde está el límite entre el chiste de mal gusto, la falta de respeto o el hecho delictivo, me falta base legal en este campo, pero sí sé que no tienen ni puñetera gracia. Hay quien da un paso más y les pone nombre propio. Chistes, o tuits, que ahora se llevan más, sobre Irene Villa, por ejemplo. O sobre Ortega Lara y el terrorismo, como en el caso de un cantante que ha sido condenado esta semana. Según la sentencia, por emitir mensajes humillantes, por alimentar el discurso del odio, por obligar a la víctima al recuerdo de la vivencia de la amenaza, el secuestro o el asesinato de un familiar cercano. No sé si de verdad es un delito, no sé si semejante crueldad pueda tener un objetivo más allá de provocar, no sé si no es más que una estupidez sin mayor recorrido ni más consecuencias que el aplauso de unos cuantos que, por supuesto, se escudarán en la libertad de expresión y en el rechazo a la censura que sufren para defender esta postura.
El año pasado las polémicas más sonadas vinieron tras la muerte de un torero en la plaza, aplaudida por algunos antitaurinos radicalizados, a los que les pareció perfectamente compatible que coexistieran en su cabeza la condena al maltrato animal y la celebración de una muerte por cornada. Cosas de la sensibilidad sesgada. Por si hubiera alguna duda, no defiendo las corridas de toros, no me gustan.
Hoy ha sido el turno de Bimba Bosé. Murió ayer, joven y sobrada de amigos y de ilusiones. Lo que conozco, lo que conocemos de ella es que ha sido una mujer libre en su forma de vivir y valiente a la hora de encarar su enfermedad. Admiro su coraje. La marea de condolencias afectuosas publicadas demuestra que no pasó por este mundo de puntillas y espero que pueda confortar de alguna manera a los suyos. Pero unas pocas horas han bastado para encontrarnos con tuits ofensivos, dañinos, irrespetuosos. Quizá esa personalidad transgresora y directa molestaba a alguien, o el hecho de pertenecer a determinada familia. Algunos mensajes que he leído rezuman odio e intolerancia contra ella y contra su familiar más conocido, Miguel Bosé: maricón, ramera, lesbiana, perro... Muy oportuno todo, pura empatía con el dolor ajeno. Me encuentro una vez más con un atrevimiento ofensivo a la hora de dirigirse a una persona conocida, como si pasaran a ser personajes de ficción: lo que nunca diría al vecino del quinto, por mucho que lo deteste, sí se lo digo al actor de turno y descargo contra él toda mi mala baba y mi repulsa, ya sea a los gays, musulmanes, ateos, veganos, chinos, catalanes, urbanitas o a los que visten raro. Que trague con ello, que para eso es famoso.
El primer escalón de un desalmado debe ser alegrarte con la desgracia de otros. Cruel, inhumano, falto de conciencia, esa es la definición. Ser capaz del chascarrillo fácil a costa de los fracasos de tu contrario, reírte de sus enfermedades, duelos, heridas. Disfrutarlo en silencio o en voz baja, revolcarte en el lodo y las miserias de otros y anotarte un punto. Al menos estos se acobardan y evitan exhibirlo demasiado, aún mantienen la sensatez de saberse fuera de la corrección. El siguiente escalón está ocupado por los canallas que, además del regodeo íntimo, buscan el aplauso, se enorgullecen de sus exabruptos, se creen más valientes (aunque se escuden con frecuencia en el anonimato de la nube) y se erigen en portavoces de una estirpe de moral confusa, esa que no tolera lo distinto y se cree legitimada para juzgar, condenar y vejar y que, además, busca pandilla, cómplices que le rían el chiste. Como en la barra del bar, pero sin dar la cara.
El año pasado las polémicas más sonadas vinieron tras la muerte de un torero en la plaza, aplaudida por algunos antitaurinos radicalizados, a los que les pareció perfectamente compatible que coexistieran en su cabeza la condena al maltrato animal y la celebración de una muerte por cornada. Cosas de la sensibilidad sesgada. Por si hubiera alguna duda, no defiendo las corridas de toros, no me gustan.
Hoy ha sido el turno de Bimba Bosé. Murió ayer, joven y sobrada de amigos y de ilusiones. Lo que conozco, lo que conocemos de ella es que ha sido una mujer libre en su forma de vivir y valiente a la hora de encarar su enfermedad. Admiro su coraje. La marea de condolencias afectuosas publicadas demuestra que no pasó por este mundo de puntillas y espero que pueda confortar de alguna manera a los suyos. Pero unas pocas horas han bastado para encontrarnos con tuits ofensivos, dañinos, irrespetuosos. Quizá esa personalidad transgresora y directa molestaba a alguien, o el hecho de pertenecer a determinada familia. Algunos mensajes que he leído rezuman odio e intolerancia contra ella y contra su familiar más conocido, Miguel Bosé: maricón, ramera, lesbiana, perro... Muy oportuno todo, pura empatía con el dolor ajeno. Me encuentro una vez más con un atrevimiento ofensivo a la hora de dirigirse a una persona conocida, como si pasaran a ser personajes de ficción: lo que nunca diría al vecino del quinto, por mucho que lo deteste, sí se lo digo al actor de turno y descargo contra él toda mi mala baba y mi repulsa, ya sea a los gays, musulmanes, ateos, veganos, chinos, catalanes, urbanitas o a los que visten raro. Que trague con ello, que para eso es famoso.
El primer escalón de un desalmado debe ser alegrarte con la desgracia de otros. Cruel, inhumano, falto de conciencia, esa es la definición. Ser capaz del chascarrillo fácil a costa de los fracasos de tu contrario, reírte de sus enfermedades, duelos, heridas. Disfrutarlo en silencio o en voz baja, revolcarte en el lodo y las miserias de otros y anotarte un punto. Al menos estos se acobardan y evitan exhibirlo demasiado, aún mantienen la sensatez de saberse fuera de la corrección. El siguiente escalón está ocupado por los canallas que, además del regodeo íntimo, buscan el aplauso, se enorgullecen de sus exabruptos, se creen más valientes (aunque se escuden con frecuencia en el anonimato de la nube) y se erigen en portavoces de una estirpe de moral confusa, esa que no tolera lo distinto y se cree legitimada para juzgar, condenar y vejar y que, además, busca pandilla, cómplices que le rían el chiste. Como en la barra del bar, pero sin dar la cara.
miércoles, 18 de enero de 2017
RELATO BREVE: DE LOS HÁBITOS INCOMPATIBLES
HÁBITOS INCOMPATIBLES
Al principio no me extrañó su
comportamiento. Bueno, quizá un poco, pero pudo más el amor, o el deseo, o el
anhelo de compañía. Habituada a convivir con una familia un poco lunática pero respetuosa con los espacios, los silencios y las
excentricidades de cada uno, y admitiendo tener, por mi parte, algún que otro
hábito inusual, me resultó fácil hacer la vista gorda a los pequeños indicios de rarezas que se
fueron colando en nuestra cotidianidad.
Compartimos circunstancias de manera
plácida y sin sobresaltos. Plegándose él a mis costumbres, buscamos una casa
alejada del ruido urbano y cerca del campo, un lugar con jardín en el que la
naturaleza viva pudiera colarse en la casa, algo esencial para mí. Somos muy
distintos, y procuramos evitarnos durante el día, pero las noches compensan esas diferencias, y nos hacen felices.
No le gusta la carne poco hecha y dice
desaprobar el consumo de lácteos. Se alimenta principalmente de frutas y
verduras, y de vez en cuando, algo de pollo o pescado a la plancha, lo que le
mantiene extremadamente delgado y le da ese aspecto melancólico y soñador que
tanto me gusta. Es meticuloso y lento en la preparación de sus comidas: limpia,
trocea, cocina despacio. Es como un rito, me exaspera.
Vivimos
juntos desde hace tres meses. Tan lejanas a las suyas, mis rutinas alimentarias
le molestan, y hasta a veces creo que le repugnan, acostumbrado a ingerir hasta
el aburrimiento, día tras día, hojas verdes y frutos carnosos. Soy desordenada
en mis horarios y él evita estar
presente en mis comidas, como yo en las suyas. El hecho de ser tan distintos
nos aísla de nuestros respectivos mundos. Ha empezado a cultivar un huerto: le
relaja. Le he propuesto criar algún animal, preparar una pequeña granja: sería
bueno para los dos, pero él rechaza la idea de manera categórica.
Mi familia le acepta con reservas:
desde que vivimos juntos, mi relación con ellos es distante. Le he invitado sin
éxito en repetidas ocasiones a probar cosas nuevas, haciendo hincapié en la
falta de proteínas de su dieta (en su defensa, he de decir que en otros ámbitos
de nuestra vida en común sí se muestra receptivo a los cambios y hasta muestra
una estimulante imaginación), y en el importante ahorro económico que supondría
para la economía doméstica el hecho de compartir (además de colchón) mesa y
menú, algo que, en un contable como él, creí que sería un argumento de peso. De
momento, se mantiene fiel a sus semillas, sus tomates ecológicos y a sus zumos vitamínicos. Es una obsesión.
Ya le he avisado de mi necesidad de
cambiar de casa con frecuencia. Confío en que lo entienda y me acompañe. En el
vecindario comienzo a notar las miradas torvas y desconfiadas que reconozco
como final de un ciclo. Gatos, pájaros, lagartijas… apenas entran ya en la
casa, pese a vivir en un hogar de puertas abiertas. Sólo me quedan los
insectos, bastante pobres e insípidos. Las lombrices, siempre a mano en caso de
necesidad, no me acaban de convencer: saben demasiado a campo, a tierra, a hojas verdes.
viernes, 13 de enero de 2017
LA VIDA ES POESÍA
Si pudiera, elegiría una rima clásica que me hiciera sentir en armonía
con otros, pero las circunstancias me obligan a aceptar mi destino, a bailar
sin melodía, a defender mi sitio y mi discurso con dignidad mientras imagino cómo sería una vida acompasado.
Soy lo que soy, una isla anclada en mitad de un oleaje rítmico, de una danza de
letras, un solitario verso suelto.
martes, 10 de enero de 2017
FANTASMAS
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Hay fantasmas de carne otros de hueso
también hay los de lumbre y corazón
o sea cuerpos en pena almas en júbilo
que vi o toqué o simplemente puse
a secar
a vivir
a gozar
a morirse
pero además está lo que advertí de lejos
Fotografía: Ynada Max, Óbidos
Texto Mario Benedetti, Como árboles
martes, 3 de enero de 2017
DE MUJERES Y RESPONSABILIDADES
En los informativos del primer día del año, dos nombres de mujer eran repetidos en todos los medios por motivos bien distintos. Una de ellas, Matilde Teresa, alcanzaba una triste notoriedad por ser la primera mujer fallecida en 2017 víctima de violencia machista. Como tantas veces, esta mujer moría apuñalada por su pareja sobre la cual pesaba una orden de alejamiento que ambos, al parecer, se habían pasado por el forro, pues convivían juntos. No conozco la historia de Matilde, pero se me ocurren unas cuantas razones por las que pudo perdonar agresiones anteriores y volver a compartir techo con su asesino, todas ellas equivocadas. No porque yo sea más lista, ni porque haya vivido nada parecido, sino porque hay unos patrones que se repiten en casi todos los casos de violencia de género, un perfil que comparten mujeres con muy distintos niveles sociales, económicos y culturales: la negación de su realidad, el desarrollo de un importante sentimiento de culpa, el miedo a la incomprensión en su entorno y sobre todo la dependencia, emocional en todos los casos, y a veces también económica. En realidad, cada muerte es solo la punta del iceberg, la noticia detrás de la cual permanece oculta una montaña de comportamientos machistas, permisivos con las pequeñas agresiones, una educación sexista, la continuidad en la aceptación del rol masculino como autoritario y del femenino como débil.
De nada servirán las campañas, los teléfonos gratuitos, las órdenes de protección y alejamiento si no cambiamos cada uno nuestro pequeño entorno, si en cada casa, barrio o pueblo no vamos conquistando terreno, peleando batallas para ganar la guerra. Nada cambiará si no convencemos a todas nuestras hijas de su valía, de su derecho a la igualdad de oportunidades, de la necesidad de ser independientes, de no tolerar comportamientos que sientan como degradantes, si sigue habiendo vecinos que cierran la ventana para no escuchar lo que se cuece al lado en lugar de dar un valiente paso al frente y denunciar, si aún hay familias que hacen la vista gorda ante los repetidos hematomas mal maquillados de su hija, si hay amigas que ríen divertidas cuando conocen que el novio macizo de una de ellas le controla el móvil y las salidas, si quedan mujeres que aceptan y cuentan como anécdota que su marido no sabe ni prepararse un bocata ni ha utilizado nunca una escoba (complicado artefacto), o que le tienen que pedir permiso hasta para comprarse unos calcetines. Hay tanto trabajo por hacer en casa...
La segunda protagonista del día es en realidad la primera, la prota absoluta de la polémica del día: justo lo que intuyo que se pretendía. Será casualidad, pero las críticas más encendidas que yo he leído provenían de mujeres y los defensores a ultranza de su indumentaria y performance eran hombres. Cristina, mujer que adivino con carácter, capaz de tomar sus propias decisiones, guapísima y lista, por tercer año consecutivo se ha sumado en Nochevieja al juego de "a ver que enseña la P. en Nochevieja". Ella defiende su independencia, y la creo. Que el numerito beneficie a la cadena no impide que ella también obtenga una fama que la compense. Pero aquí es donde yo creo que entra la batalla personal de cada un@ y nuestra responsabilidad, mayor si cabe si la actividad profesional que desempeñas tiene la repercusión que tiene la suya. Porque si tenemos tarea en casa, también tenemos mucho por hacer en el ámbito profesional. Puesto que ninguna mujer debería permitir que, en igualdad de condiciones, un jefe imponga que las mujeres limpien y los hombres organicen; o que sean las mujeres quienes sirvan el café para todos; o que los hombres ganen más por el mismo trabajo; o que el uniforme de trabajo sea cómodo para ellos y ellas deban vestir falda corta y zapato de tacón,; o que un superior o compañero le agreda con comentarios paternalistas o supuestamente empáticos y aduladores o con bromas machistas y ofensivas; o tolerar la insinuación de que un buen escote es importante en una camarera , pero que sus colegas varones están de puta madre con una corbata bien ceñida al cuello. O, como es el caso, calentar el ambiente semanas antes dando pistas o insinuando algo sobre el número de centímetros cuadrados de piel que podría mostrar o no este año y salir medio desnuda a un balcón una noche gélida, acompañada de un hombre vestido (él sí) como corresponde a la ocasión, y prestarse al juego de ahoramequitolacapa y veréisloqueenseñoestavez.
No es mi intención juzgar, y probablemente ella defienda su decisión y sus motivos de forma coherente. Respeto que es libre de hacer con su vida lo que quiera, como quiera y de vestirse como le venga en gana. Faltaría más. Hay un abismo entre este comportamiento y el final trágico de Matilde, y su responsabilidad en este asunto es la misma que la mía o la de cualquiera de mis vecinas. Pero lo que la trae a estas líneas es el hecho de que lo que ella haga tiene mucha, muchísima difusión; que su nombre, no el mío, coincidió con Matilde ese día en la misma página. Y que además, quiero pensar que si cada Cristina, cada Luisa, cada Ynada, desde nuestro pequeño hueco en el mundo, hiciéramos los deberes tanto en casa como en el trabajo, iríamos venciendo y convenciendo, ganando terreno a lo justo, y quizá algún uno de enero no tendríamos que empezar una maldita lista con nombres de mujer.
sábado, 31 de diciembre de 2016
DE CARPETAS Y PROPÓSITOS PARA EL NUEVO AÑO
Supongo que es difícil evitar la tentación de hacer una especie de balance del año que acaba a la vez que tratas de comenzar el nuevo con la esperanza de no volver a tropezar en las mismas piedras. Yo, a algunos de mis propósitos los renuevo contrato cada año, con la intención de que, en algún momento, pasen a la carpeta de pruebas superadas. Son aquellos que, juntos, me harían alcanzar la meta final de aprender a caminar por mi vida de otra manera más ligera, sin cargas innecesarias, mirando más hacia fuera y menos a mi ombligo. Mis logros son pequeños, incluso algunos años admito claramente un paso atrás. pero creo saber por dónde va el sendero: solo me falta encontrar el paso. A los viejos propósitos añado cada año alguno joven, y esta vez uno de ellos está relacionado con el uso de las redes sociales
En el inicio de mi relación con este mundo, cuando vivía el arrebato tonto y efervescente de los primeros días, compartí en varias ocasiones fotos de mis viajes (sin tener yo ni de lejos un historial envidiable de trotamundos ni una maestría prodigiosa con la cámara, con una sabia elección de fotos me quedaban reportajes resultones); de mis rubios churumbeles sonriendo como querubines (cogidos por sorpresa, podían dar el pego y ocultar ese cafre que llevaban dentro); de algún concierto o evento cultural estupendo al que hubiera tenido la suerte de poder acudir, evitando ser muy crítica, no fuera a desmerecer el momento. Lo cierto es que me contagié de esa fiebre de etiquetar la felicidad y convertí mi vida en una (aparente) tómbola de luz y de color.
Acepto que si abres las puertas de tu casa es para enseñar la parte bien ventilada, la más luminosa, las estancias más acogedoras y cálidas. Me gusta que mis amigos me hagan partícipe de algún momento especial, emocionante o alegre, disfruto de saberlos felices. Por suerte, me rodeo de gente bastante sensata que suele ser prudente al elegir qué momentos enseña y qué ventanas deja abiertas. Yo también lo sigo haciendo a veces con la gente que quiero. No buscamos ver los sótanos oscuros ni los desvanes sombríos de las vidas de los demás, para eso ya tenemos cada uno los nuestros. Pero qué necesidad hay de cruzar el limite, de prescindir de puertas y de exponer, además del gimnasio, el rincón chill-out, el yacuzzi, la piscina climatizada, las vacaciones en el Todolujo Resort Beach 5 estrellas, el folleto del crucero donde marco mi espléndido camarote Suite Extra o un primer plano del prohibitivo platazo de ostras que me voy a comer justo después, of course, de habérnoslo hecho saber al resto de la humanidad. Para que sepamos que tú puedes y tú lo vales,
Hace no mucho, un amigo que estaba pasando una racha particularmente mala, rechazó asistir a una reunión social por no encontrarse con alguien a quien apreciaba. Este alguien, al contrario, vivía un momento espléndido de su vida de amor y frenesí, de estas rachas tan perfectas en las que estás borracho de felicidad. De completo subidón, vaya. Y lo publicitaba, claro, a los cuatro vientos y por todos los medios de difusión a su alcance. Me alegro por él, me dijo, pero verlo me hace daño. No lo interpreté como envidia, o quizá sí, pero me pareció un sentimiento legítimo y un comportamiento honesto: opino que es fácil ser generoso y hacer tuyo el entusiasmo de los demás si tú te sientes bien, pero cuando tu vida se tambalea y te falta un suelo firme bajo los pies, no ayuda nada el roce con la suerte de los otros y, si se da el contacto, la única ósmosis posible es en el sentido equivocado. Desde entonces, creo tener un motivo más para cuidar lo que publico, lo que cuento y cómo lo hago, y soy más crítica con lo que enseñan los demás. Creo que hay algo indecente en el exhibicionismo con el que muchos muestran su vida y sobre todo en su desmesurado empeño en hacérnoslo saber: si no lo comparto, no existe; si nadie lo sabe, ¿de qué me sirve vivirlo?
Por eso, éste es uno de mis propósitos para el nuevo año: ignorar escaparates atractivos con la trastienda vacía, carteles publicitarios con información improductiva, pasar sin detenerme por delante de esas ventanas chivatas y ostentosas e intentar poner mi atención y mi mirada en lo que de verdad importa y merece ser dado a conocer. Espero que pase pronto, al menos, a la carpeta de pruebas en vías de superación.
Feliz año para todos.
Por eso, éste es uno de mis propósitos para el nuevo año: ignorar escaparates atractivos con la trastienda vacía, carteles publicitarios con información improductiva, pasar sin detenerme por delante de esas ventanas chivatas y ostentosas e intentar poner mi atención y mi mirada en lo que de verdad importa y merece ser dado a conocer. Espero que pase pronto, al menos, a la carpeta de pruebas en vías de superación.
Feliz año para todos.
domingo, 18 de diciembre de 2016
DEL TONTO SIMÓN Y LOS MALENTENDIDOS
Eres tonto Simón y no tienes erección. Así cantó durante años alguien que yo me sé este conocido estribillo de Radio Futura. Y le costó aceptar que no era ésta la versión correcta. Después de tanto tiempo, la otra le parecía simple, carente de chispa, en cambio la suya era la lógica hecha canción: corto de inteligencia y limitado en sus funciones viriles, cómo no merecer unas estrofas. Yo misma pasé parte de mi infancia creyendo que Shakespeare y Séxpir eran dos persona distintas, hasta que un día vi la luz. Uno de mis hijos, con tres años, vino un día del colegio contándonos las virtudes de Cristo Balcolone. Creímos que era un personaje de cuento hasta que nos habló entusiasmado de unas carabelas y del descubrimiento de América. Gente hay que celebró muchas fiestas de cumpleaños cantando a voz en grito mientras se preguntaba en silencio quién narices sería el famoso Centudía (feliz, feliz, Centudía).
Probablemente todos recordamos uno o varios equívocos de éstos asociados normalmente a nuestros días de infancia. Los que puedes recordar y repetir con una sonrisa son banales, inocentes y divertidos, aunque sospecho que había muchos más que el tiempo ha ido borrando de nuestra memoria. Lo malo es cuando los malentendidos pasan a cobrarse víctimas.Y lo que nace como una duda o un error, como un creí qué, me pareció qué, me han dicho qué, entendí qué...se empieza a extender convertido en rumor y llega a ser una verdad verdadera. Y esos, que nadie quiere recordar, son los más difíciles de borrar. Pero yo me empeño, por eso sigo cantando la otra versión del tonto Simón, para no descuidarla, con la cándida idea de que si doy un espacio preferente a mis vivencias felices (muchas veces triviales o frívolas), acabarán por hacerse fuertes frente a los malos recuerdos.
Probablemente todos recordamos uno o varios equívocos de éstos asociados normalmente a nuestros días de infancia. Los que puedes recordar y repetir con una sonrisa son banales, inocentes y divertidos, aunque sospecho que había muchos más que el tiempo ha ido borrando de nuestra memoria. Lo malo es cuando los malentendidos pasan a cobrarse víctimas.Y lo que nace como una duda o un error, como un creí qué, me pareció qué, me han dicho qué, entendí qué...se empieza a extender convertido en rumor y llega a ser una verdad verdadera. Y esos, que nadie quiere recordar, son los más difíciles de borrar. Pero yo me empeño, por eso sigo cantando la otra versión del tonto Simón, para no descuidarla, con la cándida idea de que si doy un espacio preferente a mis vivencias felices (muchas veces triviales o frívolas), acabarán por hacerse fuertes frente a los malos recuerdos.
viernes, 9 de diciembre de 2016
FOBIA ( MICRORRELATO)
He tratado de superarlo. Terapias,
hipnosis, acupuntura, medicación. Para otros, su caballo de batalla es la fobia
a hablar en público, a los espacios abiertos, a las arañas, a las alturas. Mi
miedo es a la hoja en blanco, al momento de enfrentarme al vacío del papel
limpio. Sé que si mantengo la calma es cuestión de tiempo: la solución termina
por llegar en forma de palabras, de letras ordenadas. Pero estos miedos no
responden a la razón, ni el pánico incontrolado, ni el sudor frío, ni los
temblores que padezco en el momento en
que decido que ha llegado la hora de sentarme en la silla para plasmar sobre el
lienzo mi obra, aquella idea que, ya madura, pide salir y hacerse tinta. Es un
papel de calidad extraordinaria, me dijeron cuando lo compré. Nadie me explicó
su rechazo a ser manchado, mancillado, su resistencia feroz a ser escrito. Es
cierto que una vez que consigo reducirlo y escribir la primera letra, queda
completamente dócil, entregado al suave trazo de mi pluma. Pero antes, debo
sufrir su rebeldía en forma de cortes en los dedos y neutralizar sus intentos
de introducir sus afiladas esquinas en mis ojos. Y puesto que las terapias no
han funcionado, me planteo una rendición. Cambiaré de papel, buscaré otro de
peor calidad, pero más seguro. Más manso.
lunes, 5 de diciembre de 2016
QUÉ ASCO
Recuerdo cuando vi El último tango en París, hace muchos años. La famosa escena de la mantequilla me produjo repulsa, pero también admiración por el buen hacer de los dos actores y sobre todo de la actriz, María Scheneider, diecinueve años en aquel momento. Aquella escena debía transmitir su miedo, su rabia, su humillación e impotencia y ella lo clavó. Ahora sabemos que aquello se filmó bajo engaño, que el detallito de la mantequilla se les ocurrió al director y al actor principal durante el desayuno (miradas cómplices, qué buena idea, lo bien que lo vamos a pasar), y que decidieron introducir esos pequeños cambios sin consensuarlo con ella, pues perdería la frescura, la emoción del factor sorpresa, el privilegio de poder rodar el miedo real en los ojos de una niña sin temor a una denuncia, todo legal, todo arte, una genialidad. Qué excitante, pensarían. Una encerrona, un abuso de poder de nuestros admirados Brando y Bertolucci, dos hombres ya maduros convencidos de que aquel atropello estaba justificado. Qué asco, porque en la supuesta brillante interpretación de una víctima de agresión sexual no fue todo simulado, porque Bertolucci lo confesó en una entrevista hace tres años, admitiendo que sentía culpa, pero no arrepentimiento (es lo que tiene el arte, todo vale en busca de una gran película), y sus declaraciones, a todas luces escandalosas, pasaron desapercibidas, porque ahora sabemos que durante años hemos contemplado, sin saberlo, un delito cometido ante nuestros ojos y por el que, como condena, Bertolucci asume que ella nunca le perdonó. No parece un alto precio a pagar.
Para cerrar el círculo de inmoralidad, parece ser que ella sí declaró tras el estreno del largometraje haber sido engañada, encontrarse esa escena fuera de guión y haber sido obligada a rodar contra su voluntad, puesto que al ser tan joven, no tuvo la valentía de negarse a filmar aquello o la lucidez para llamar a un abogado o a su agente y reconducir ese guión a la versión firmada. Nadie la creyó o, si lo hizo, nadie quiso apoyarla a ella enfrentándose a esos dos intocables. Y además, menudo peliculón, la suerte que tuvo de formar parte del reparto. Mejor para todos dejarlo estar. No es la primera vez que, lustros después, nos enteramos de comportamientos inadecuados o de abusos claros por parte de alguien célebre, rico, poderoso y en los que siempre hay una o varias víctimas en situación evidente de inferioridad e indefensión que fueron ignoradas, rechazadas o incluso compradas con dinero. Una vez más, qué asco.
Y me pregunto si, comparando la de papel, tiempo y energía gastados estas últimas semanas en intentar desacreditar a otro cineasta por un tema de supuesta falta de amor patrio, esto no merecería una campaña de repulsa, de condena, de boicot. Brando murió, pero Bertolucci vive y no se arrepiente. Dos grandes artistas, dos carreras brillantes y, ahora lo sabemos, dos miserables.
Para cerrar el círculo de inmoralidad, parece ser que ella sí declaró tras el estreno del largometraje haber sido engañada, encontrarse esa escena fuera de guión y haber sido obligada a rodar contra su voluntad, puesto que al ser tan joven, no tuvo la valentía de negarse a filmar aquello o la lucidez para llamar a un abogado o a su agente y reconducir ese guión a la versión firmada. Nadie la creyó o, si lo hizo, nadie quiso apoyarla a ella enfrentándose a esos dos intocables. Y además, menudo peliculón, la suerte que tuvo de formar parte del reparto. Mejor para todos dejarlo estar. No es la primera vez que, lustros después, nos enteramos de comportamientos inadecuados o de abusos claros por parte de alguien célebre, rico, poderoso y en los que siempre hay una o varias víctimas en situación evidente de inferioridad e indefensión que fueron ignoradas, rechazadas o incluso compradas con dinero. Una vez más, qué asco.
Y me pregunto si, comparando la de papel, tiempo y energía gastados estas últimas semanas en intentar desacreditar a otro cineasta por un tema de supuesta falta de amor patrio, esto no merecería una campaña de repulsa, de condena, de boicot. Brando murió, pero Bertolucci vive y no se arrepiente. Dos grandes artistas, dos carreras brillantes y, ahora lo sabemos, dos miserables.
viernes, 2 de diciembre de 2016
DESVARÍO LITERARIO
Le dije que su pasividad era enervante y le pareció un oxímoron
inadecuado. Que su amor era dañino y doloroso, y creyó que era una buena
paradoja. Le grité con toda la furia acumulada en estos meses de soledad y
desesperanza, acusándolo de tener la sensibilidad de un muro de piedra, y
consideró que era un tanto hiperbólico pero aceptable como símil. Dudo, añadí
entre lágrimas, entre matarte con mis propias manos o marcharme de casa para no
volver. Un dilema fácil de resolver, le oí decir sin levantar la cara del
libro. Cerré la puerta de un portazo, jurándome a mi misma que nunca más
viviría con un hombre de letras, pero sin poder evitar pensar que letras es un
anagrama de lastre. Que a su vez rima con desastre.
miércoles, 30 de noviembre de 2016
Y NOMINO A...
Premio Liebster Awards
Pues sin saber de la existencia de este premio, ayer fui nominada. (Aplausos). Gracias, José Age, espero tener más adelante la ocasión de devolverte el ¿regalo?
Lo cierto es que su blog es muy interesante, os animo a echar un vistacillo.
Relatos descerebrados
Una vez cumplidas las reglas, pasaré a ser premiada
Las reglas oficiales de este premio :
Se encuentran en este enlace http://liebsterawards.blogspot.com.es/p/reglas.html , y en resumen son:
1.- Agradecer al blog que te ha nominado.
2.- Responder a un cuestionario que integra 11 preguntas.
3.- Nominar a 10, 11 o 20 blogs que tengan menos de 200 seguidores.
4.- Avisar a los premiados de la concesión, bien en su blog o desde las redes sociales.
5.- Formular 11 preguntas a los blog que se han nominado.
MIS NOMINADOS SON:
3.- Nominar a 10, 11 o 20 blogs que tengan menos de 200 seguidores.
4.- Avisar a los premiados de la concesión, bien en su blog o desde las redes sociales.
5.- Formular 11 preguntas a los blog que se han nominado.
MIS NOMINADOS SON:
http://versosdeniebla.blogspot.com.es, de Bea López de Castro
http://nesravazza.blogspot.com de Néstor Rabazza
http://hastaqueelesplendorsemarchite.blogspot.com de R.Ariel
http://entrepapirosycalamos.blogspot.com de María Dolores Moreno Herrera
http://encarnarubiogonzalez.blogspot.com de Encarna Rubio González
http://hastaqueelesplendorsemarchite.blogspot.com de R.Ariel
http://entrepapirosycalamos.blogspot.com de María Dolores Moreno Herrera
http://encarnarubiogonzalez.blogspot.com de Encarna Rubio González
https://zumodelunallena.blogspot.com de Ángel Báez Pulido
http://evolucionarnos.blogspot.com, de Lidia Castro Hernando
CONTESTANDO A MI NOMINADOR:
1. - ¿Haces tu blog por diversión? Más bien como escape, por eso tengo un pseudónimo, un alter ego que habla de lo que quiere, cuando quiere y sin tener en cuenta quién lo va a leer.
2. - ¿A veces te da un poquillo de vergüenza de lo que has puesto, cuando ha pasado algún tiempo y le hechas una mirada ? Me impuse como norma no borrar entradas una vez publicadas. De momento, lo estoy cumpliendo. Y sí, alguna vez he tenido la tentación de rectificar.
3. - ¿Tienes envidia de algún otro blog? De muchos. Soy un poco torpe y creo que el mío es mejorable en muchos, o lamentablemente en todos los aspectos
4. - Si a la anterior pregunta has respondido sí, ¿de cual, si es posible? De cualquiera con un diseño original, escrito con corrección y que conmueva, que provoque interés, emoción, risa, curiosidad, empatía...
5. - ¿Tienes tiempo para leer los blogs de los colegas? No mucho. Por eso cuando me cuelo en otra "casa", intento leer varias entradas para hacerme una idea de su estilo, de su intención, de lo que busca comunicar.
6. - ¿Tienes una de tus entradas en tu blog a la cual le tienes un cariño especial?
A la primera. Es flojilla, pero me recuerda el momento en que me decidí a dar este paso.
A la primera. Es flojilla, pero me recuerda el momento en que me decidí a dar este paso.
7. - ¿Te alegras cuando te dan un voto positivo o eres un tipo/a duro/a y pasas de eso/a? Me gusta, sí, aunque me temo que muchos +1 se regalan sin leer el texto.
8. - ¿Te sorprende a veces que te lean? ¡Siempre !
9. - ¿Como llevas los niveles de "audiencia"? Muy bien, por suerte no tengo grandes expectativas, así que me siento afortunada con cualquier visita y más si me dejan algún comentario.
10. - ¿Repasas los textos o los dejas tal como te han salido? Normalmente escribo un día y reviso al siguiente. Cuando necesito un tercer día ya comienzo a perder la paciencia. (Es evidente que no me gusta corregir)
11. -¿Le vas a contar a tu pareja, amigo, compi de curro o lo que sea, que te han nominado a un premio por un blog que tú haces? De momento, no. Es lo que tenemos los anónimos: sufrimos y celebramos en silencio.
1. ¿Cuándo comenzaste a escribir ?
2.¿Qué pretendes con tu blog?
3.¿Prefieres los blogs especializados (literarios, culinarios...) o te interesan más los de temática variada?
4.¿Sueles leer siempre las entradas antes de darles un voto positivo o a veces actúas por simpatía y/o agradecimiento?
5. ¿ Te has metido alguna vez en un lío por un comentario desafortunado o malinterpretado?
6.¿Has cancelado alguna vez un plan para terminar una entrada?
7.¿Cuál crees que es la frecuencia de publicación de entradas razonable para mantener vivo el blog pero no saturar al personal?
8.¿Cómo presentarías tu blog?
9. ¿Te arrepientes de alguna entrada?
10. Además de este premio, ¿cuál ha sido la mayor alegría que te has llevado relacionada con tu blog?
11. Con sinceridad, ¿qué pensaste al ser nominado para este premio? :
a. Gracias, pero menudo marrón.
b. Menudo marrón, pero gracias.
martes, 29 de noviembre de 2016
LA HABITACIÓN DE NONA Y OTROS CUARTOS
La mayoría de las veces lees un libro sin conocer al autor, sin saber cómo habla, cómo se ríe, cómo trabaja. A veces es un escritor reconocido y puedes investigar en busca de información: entrevistas, artículos, perfiles, biografías. Un puñado de ocasiones tienes la suerte de escucharlos comentar alguna de sus obras, de acudir a una presentación en la que puede que te guste o no lo que comunica y cómo lo hace, que te aburra, que te divierta, que te intrigue, que su personalidad encaje con lo que proyecta en el papel, que te chirríe lo que ves y lo que escuchas en relación a lo que imaginabas, que te parezca descuidado, burdo, en contraste al preciosismo detallista de su prosa o que te choque encontrar a alguien dulce y prudente que firma textos rudos, brutales, atrevidos. Y hay casos excepcionales, esos en los que todo encaja: admiras al autor, lo que cuenta y cómo lo cuenta, su particular mundo narrativo, especial y reconocible, te encuentras con la posibilidad de ir a escucharlo, de acercarte a él y hablarle y, además, como premio, lo que descubres es mucho más de lo que esperabas, puesto que lo que dice es casi tan estimulante y fluye tan bien como lo que escribe. Yo he tenido esa suerte hace unos días con este libro y esta autora.
Hacía tiempo que no leía ningún relato suyo, pero conservo su nombre en un cajón de mi memoria donde guardo bastante desordenados e incompletos a mis maestros del cuento. Mis cuentistas o cuenteros de cabecera. Esta vez el libro venía avalado por recientes premios importantes. Al contrario que en otras ocasiones, primero fue su voz y luego su palabra escrita. Habló de su amor por el relato oral, del recuerdo de esos cuentos de miedo que adoraba escuchar de niña, de los relatos de Poe leídos y mejorados por su hermano en su hogar infantil, del deslumbramiento tardío por la obra de Emilia Pardo Bazán, Comentó su visión personal sobre la forma de narrar, de su concepción de los libros de cuentos como una casa con varias habitaciones, en las que cada una es distinta: la decoración, el color, el ambiente... pero hacen falta todas para completar ese edificio. Que un libro, una historia, es un viaje al que el autor invita al lector y lo lleva de la mano hasta el punto final; a partir de ahí, el lector queda solo y decide si quiere terminar el recorrido o continuar hasta dónde le lleve su imaginación. Nos habló con pasión y entusiasmo de cómo ella disfruta en su propio trayecto, en el proceso de ir abriendo puertas según escribe sin saber exactamente a dónde le conducirán, puesto que las propias historias deciden y le imponen finales inesperados. De la importancia del orden de los cuentos, o de las habitaciones, que es lo mismo. Creo que tanta vitalidad y entusiasmo en su siembra, en su trabajo, justifican la calidad de sus cosechas,
Y al día siguiente vino la palabra escrita. Son seis estancias, y la primera es la que da nombre al libro. La habitación de Nona. Es un cuento conmovedor que requiere una lectura lenta. Con palabras sencillas, con silencios, va tejiendo un relato que describe emociones complejas. La envidia, el anhelo de otra vida distinta hecha de sueños y deseos que buscan disfrazar una realidad que no le gusta. La decisión de transformar las cosas a su antojo, de convertirse en otra y creérselo, para lo que la protagonista necesita una vida sin espejos. De lo que ocurre hay pequeñas pistas desde el principio. recordándonos que nuestras engañosas memorias están llenas de falsos recuerdos, que nuestros recuerdos pueden estar elaborados, o lo que es lo mismo, disfrazados.
Hablar con viejas es quizá el más flojo para mí, o mejor dicho, el menos brillante. En su presentación lo compararon con un cuento clásico, algo así como a una Caperucita a la inversa. Es fácil encontrarle analogías, y es espléndido en su desarrollo: intriga, ritmo, sorpresa...pero en mi opinión lo que falla es la verosimilitud. Y ella misma dijo que en eso está la clave de un buen relato.
Me gusta Barbro, toda su estructura narrativa, lo que cuenta y lo que se adivina, completado con un fantástico final, la posibilidad de una pequeña venganza que atenúe en parte el dolor causado durante años por una malísima madrastra de manual. Yo creo que es redondo, impecable.
Y me parece brillante el cuento final, el que concluye el libro, el que completa la casa: Días entre los Wasi-Wanos. Perfecto para cerrar la puerta y dejarnos solos en la continuación del viaje. Contiene casi todo el mundo de la autora en unas pocas páginas: magia, curiosidad por lo distinto, deseo de aventura, admiración y amor, misterio, inocencia y decepción, derroche de imaginación, miedo. Es un enorme alegato a favor de la libertad, de la necesidad de perseguir los sueños para ser feliz, de la valentía para luchar por ellos y de la imaginación como un legado único para unos pocos elegidos. Porque la cobardía o el exceso de prudencia se vuelven contra el que la practica. Palabra de Tristán... ¿ O palabra de Wasi-Wano?.
Hablar con viejas es quizá el más flojo para mí, o mejor dicho, el menos brillante. En su presentación lo compararon con un cuento clásico, algo así como a una Caperucita a la inversa. Es fácil encontrarle analogías, y es espléndido en su desarrollo: intriga, ritmo, sorpresa...pero en mi opinión lo que falla es la verosimilitud. Y ella misma dijo que en eso está la clave de un buen relato.
Me gusta Barbro, toda su estructura narrativa, lo que cuenta y lo que se adivina, completado con un fantástico final, la posibilidad de una pequeña venganza que atenúe en parte el dolor causado durante años por una malísima madrastra de manual. Yo creo que es redondo, impecable.
Y me parece brillante el cuento final, el que concluye el libro, el que completa la casa: Días entre los Wasi-Wanos. Perfecto para cerrar la puerta y dejarnos solos en la continuación del viaje. Contiene casi todo el mundo de la autora en unas pocas páginas: magia, curiosidad por lo distinto, deseo de aventura, admiración y amor, misterio, inocencia y decepción, derroche de imaginación, miedo. Es un enorme alegato a favor de la libertad, de la necesidad de perseguir los sueños para ser feliz, de la valentía para luchar por ellos y de la imaginación como un legado único para unos pocos elegidos. Porque la cobardía o el exceso de prudencia se vuelven contra el que la practica. Palabra de Tristán... ¿ O palabra de Wasi-Wano?.
miércoles, 23 de noviembre de 2016
DE LO TONTOS QUE SOMOS (micro-reflexión barata improvisada)
Ayer escuché a una persona de esas muy intensas y seguras de sí mismas hablar de los absurda que era la depresión de otra, que además se encuentra bien posicionada en el círculo de sus afectos. Parecía sentirse agredida. Que no tenía motivos. Qué sabrás tú, pensé. Como si tuviéramos que justificar nuestras tristezas. Y comprobé una vez más lo listos y clarividentes que somos con los problemas de los demás y lo tontos y miopes que somos con los nuestros. Cómo somos capaces de ver mucho más claro el camino para la resolución de los asuntos ajenos que de los propios. Es más, eso mismo que a nosotros nos hace sufrir, empequeñecer, querer desaparecer, se nos antoja inaudito como causa de desdicha en otros, a los que nos parece ver escasos de razones para tal abatimiento. Yo sí que tengo problemas, pensamos, en nosotros parece legítimo porque conocemos los entresijos de nuestra desazón, el origen de la nube gris. De los demás vemos las luces y a nosotros nos pesan mucho las sombras. Debe ser porque estamos hechos un poco de lo que se ve y, sobre todo, de lo que no se ve.
sábado, 19 de noviembre de 2016
ENCUENTROS EN LA PRIMERA FRASE
En la vida, como en los libros, hay situaciones y personas que merecen una segunda oportunidad. Que piden que vayas más allá del primer capítulo. O canciones que se crecen tras los acordes iniciales. O relaciones que ganan con los años, que van cogiendo carrerilla tras un comienzo poco esperanzador. Pero en general, a mí me puede la primera impresión; con frecuencia la tomo como una declaración de intenciones en la que una opción sería "no esperes mucho de mí" y la otra, la buena, la que mola, sería "vengo para quedarme".
Me he apropiado de algunas frases iniciales, porque el simple hecho de recordarlas o de volverlas a escuchar, despiertan el recuerdo y las sensaciones de lo que vino después: el enamoramiento, la fascinación, la inquietud, la emoción. Soy copropietaria de muchas de ellas, que despiertan como un resorte el recuerdo de esa primera vez. ¿Encontraría a la Maga?, El sábado por la tarde fue a la pastelería del centro comercial. La radio del taxi retransmitía un programa de música clásica por FM: sonaba la Sinfonietta de Janácèk. He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Con la gente me pasa lo mismo. Creo que mi relación con los libros me lleva a buscar semejanzas en mis relaciones personales. Quizá sea una enfermedad propia de letraheridos. Hay afectos de los que recuerdo muy bien ese primer contacto. Otros, forman parte de mi vida hace tantos años que ni siquiera puedo recordar ese comienzo, pero en todos ellos tengo algún momento importante, un gesto, una respuesta, una mirada nueva que conducen de algún modo al nacimiento de otro capítulo... es decir, a un estreno, a un volver a empezar.
Tengo, por supuesto, una nada despreciable lista de malos principios, de esos que conducen sin remedio a libro inacabado o a amistad sin cuajar. Y desengaños, claro: inicios prometedores que acaban en gran decepción. Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja.
Una vez, hace unos años, acudí a la consulta de un médico. Tras realizarme una serie de pruebas, en mi visita esperaba un diagnóstico, puesto que sabía que en algunos de los resultados había valores contradictorios. El doctor, tras saludar educadamente, se dispuso a estudiar los informes que tenía en sus manos. Tras unos minutos de lectura y movimiento de páginas, levantó la vista y me dijo: "su caso es rocambolesco". Y yo, víctima de mi otra enfermedad, pensé: qué estupendo comienzo para un relato.
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