martes, 3 de enero de 2017

DE MUJERES Y RESPONSABILIDADES


  En los informativos del primer día del año, dos nombres de mujer eran repetidos en todos los medios por motivos bien distintos. Una de ellas, Matilde Teresa, alcanzaba una triste notoriedad por ser la primera mujer fallecida en 2017 víctima de violencia machista. Como tantas veces, esta mujer moría apuñalada por su pareja sobre la cual pesaba una orden de alejamiento que ambos, al parecer, se habían pasado por el forro, pues convivían juntos. No conozco la historia de Matilde, pero se me ocurren unas cuantas razones por las que pudo perdonar agresiones anteriores y volver a compartir techo con su asesino, todas ellas equivocadas. No porque yo sea más lista, ni porque haya vivido nada parecido, sino porque hay unos patrones que se repiten en casi todos los casos de violencia de género, un perfil que comparten mujeres con muy distintos niveles sociales, económicos y culturales: la negación de su realidad, el desarrollo de un importante sentimiento de culpa, el miedo a la incomprensión en su entorno y sobre todo la dependencia, emocional en todos los casos, y a veces también económica. En realidad, cada muerte es solo la punta del iceberg, la noticia detrás de la cual permanece oculta una montaña de comportamientos machistas, permisivos con las pequeñas agresiones, una educación sexista, la continuidad en la aceptación del rol masculino como autoritario y del femenino como débil.

   De nada servirán las campañas, los teléfonos gratuitos, las órdenes de protección y alejamiento si no cambiamos cada uno nuestro pequeño entorno, si en cada casa, barrio o pueblo no vamos conquistando terreno, peleando batallas para ganar la guerra. Nada cambiará si no convencemos a todas nuestras hijas de su valía, de su derecho a la igualdad de oportunidades, de la necesidad de ser independientes, de no tolerar comportamientos que sientan como degradantes, si sigue habiendo vecinos que cierran la ventana para no escuchar lo que se cuece al lado en lugar de dar un valiente paso al frente y denunciar, si aún hay familias que hacen la vista gorda ante los repetidos hematomas mal maquillados de su hija, si hay amigas que ríen divertidas cuando conocen que el novio macizo de una de ellas le controla el móvil y las salidas, si quedan mujeres que aceptan y cuentan como anécdota que su marido no sabe ni prepararse un bocata ni ha utilizado nunca una escoba (complicado artefacto), o que le tienen que pedir permiso hasta para comprarse unos calcetines. Hay tanto trabajo por hacer en casa...
  
  La segunda protagonista del día es en realidad la primera, la prota absoluta de la polémica del día: justo lo que intuyo que se pretendía. Será casualidad, pero las críticas más encendidas que yo he leído provenían de mujeres y los defensores a ultranza de su indumentaria y performance eran hombres. Cristina, mujer que adivino con carácter, capaz de tomar sus propias decisiones, guapísima y lista, por tercer año consecutivo se ha sumado en Nochevieja al juego de "a ver que enseña la P. en Nochevieja". Ella defiende su independencia, y la creo. Que el numerito beneficie a la cadena no impide que ella también obtenga una fama que la compense. Pero aquí es donde yo creo que entra la batalla personal de cada un@ y nuestra responsabilidad, mayor si cabe si la actividad profesional que desempeñas tiene la repercusión que tiene la suya. Porque si tenemos tarea en casa, también tenemos mucho por hacer en el ámbito profesional. Puesto que ninguna mujer debería permitir que, en igualdad de condiciones, un jefe imponga que las mujeres limpien y los hombres organicen; o que sean las mujeres quienes sirvan el café para todos; o que los hombres ganen más por el mismo trabajo; o que el uniforme de trabajo sea cómodo para ellos y ellas deban vestir falda corta y zapato de tacón,; o que un superior o compañero le agreda con comentarios paternalistas o supuestamente empáticos y aduladores o con bromas machistas y ofensivas;  o tolerar la insinuación de que un buen escote es importante en una camarera , pero que sus colegas varones están de puta madre con una corbata bien ceñida al cuello. O, como es el caso, calentar el ambiente semanas antes dando pistas o insinuando algo sobre el número de centímetros cuadrados de piel que podría mostrar o no este año y salir medio desnuda a un balcón una noche gélida, acompañada de un hombre vestido (él sí) como corresponde a la ocasión, y prestarse al juego de ahoramequitolacapa y veréisloqueenseñoestavez.  

  No es mi intención juzgar, y probablemente ella defienda su decisión y sus motivos de forma coherente. Respeto que es libre de hacer con su vida lo que quiera, como quiera y de vestirse como le venga en gana. Faltaría más. Hay un abismo entre este comportamiento y el final trágico de Matilde, y su responsabilidad en este asunto es la misma que la mía o la de cualquiera de mis vecinas. Pero lo que la trae a estas líneas es el hecho de que lo que ella haga tiene mucha, muchísima difusión; que su nombre, no el mío, coincidió con Matilde ese día en la misma página. Y que además, quiero pensar que si cada Cristina, cada Luisa, cada Ynada, desde nuestro pequeño hueco en el mundo, hiciéramos los deberes tanto en casa como en el trabajo, iríamos venciendo y convenciendo, ganando terreno a lo justo, y quizá algún uno de enero no tendríamos que empezar una maldita lista con nombres de mujer.

sábado, 31 de diciembre de 2016

DE CARPETAS Y PROPÓSITOS PARA EL NUEVO AÑO




   Supongo que es difícil evitar la tentación de hacer una especie de balance del año que acaba a la vez que tratas de comenzar el nuevo con la esperanza de no volver a tropezar en las mismas piedras. Yo, a algunos de mis propósitos los renuevo contrato cada año, con la intención de que, en algún momento, pasen a la carpeta de pruebas superadas. Son aquellos que, juntos, me harían alcanzar la meta final de aprender a caminar por mi vida de otra manera más ligera, sin cargas innecesarias, mirando más hacia fuera y menos a mi ombligo. Mis logros son pequeños, incluso algunos años admito claramente un paso atrás. pero creo saber por dónde va el sendero: solo me falta encontrar el paso. A los viejos propósitos añado cada año alguno joven, y esta vez uno de ellos está relacionado con el uso de las redes sociales

  En el inicio de mi relación con este mundo, cuando vivía el arrebato tonto y efervescente de los primeros días, compartí en varias ocasiones fotos de mis viajes (sin tener yo ni de lejos un historial envidiable de trotamundos ni una maestría prodigiosa con la cámara, con una sabia elección de fotos me quedaban reportajes resultones); de mis rubios churumbeles sonriendo como querubines (cogidos por sorpresa,  podían dar el pego y ocultar ese cafre que llevaban dentro); de algún concierto o evento cultural estupendo al que hubiera tenido la suerte de poder acudir, evitando ser muy crítica, no fuera a desmerecer el momento. Lo cierto es que me contagié de esa fiebre de etiquetar la felicidad y convertí mi vida en una (aparente) tómbola de luz y de color.

   Acepto que si abres las puertas de tu casa es para enseñar la parte bien ventilada, la más luminosa, las estancias más acogedoras y cálidas. Me gusta que mis amigos me hagan partícipe de algún momento especial, emocionante o alegre, disfruto de saberlos felices. Por suerte, me rodeo de gente bastante sensata que suele ser prudente al elegir qué momentos enseña y qué ventanas deja abiertas. Yo también lo sigo haciendo a veces con la gente que quiero. No buscamos ver los sótanos oscuros ni los desvanes sombríos de las vidas de los demás, para eso ya tenemos cada uno los nuestros. Pero qué necesidad hay de cruzar el limite, de prescindir de puertas y de exponer, además del gimnasio, el rincón chill-out, el yacuzzi, la piscina climatizada, las vacaciones en el Todolujo Resort Beach 5 estrellas, el folleto del crucero donde marco mi espléndido camarote Suite Extra o un primer plano del prohibitivo platazo de ostras que me voy a comer justo después, of course, de habérnoslo hecho saber al resto de la humanidad. Para que sepamos que tú puedes y tú lo vales,

  Hace no mucho, un amigo que estaba pasando una racha particularmente mala, rechazó asistir a una reunión social por no encontrarse con alguien a quien apreciaba. Este alguien, al contrario, vivía un momento espléndido de su vida de amor y frenesí, de estas rachas tan perfectas en las que estás borracho de felicidad. De completo subidón, vaya. Y lo publicitaba, claro, a los cuatro vientos y por todos los medios de difusión a su alcance. Me alegro por él, me dijo, pero verlo me hace daño. No lo interpreté como envidia, o quizá sí, pero me pareció un sentimiento legítimo y un comportamiento honesto: opino que es fácil ser generoso y hacer tuyo el entusiasmo de los demás si tú te sientes bien, pero cuando tu vida se tambalea y te falta un suelo firme bajo los pies, no ayuda nada el roce con la suerte de los otros y, si se da el contacto, la única ósmosis posible es en el sentido equivocado. Desde entonces, creo tener un motivo más para cuidar lo que publico, lo que cuento y cómo lo hago, y soy más crítica con lo que enseñan los demás. Creo que hay algo indecente en el exhibicionismo con el que muchos muestran su vida y sobre todo en su desmesurado empeño en hacérnoslo saber: si no lo comparto, no existe; si nadie lo sabe, ¿de qué me sirve vivirlo?

   Por eso, éste es uno de mis propósitos para el nuevo año: ignorar escaparates atractivos con la trastienda vacía, carteles publicitarios con información improductiva, pasar sin detenerme por delante de esas ventanas chivatas y ostentosas e intentar poner mi atención y mi mirada en  lo que de verdad importa y merece ser dado a conocer. Espero que pase pronto, al menos, a la carpeta de pruebas en vías de superación.

   Feliz año para todos.

domingo, 18 de diciembre de 2016

DEL TONTO SIMÓN Y LOS MALENTENDIDOS

   Eres tonto Simón y no tienes erección. Así cantó durante años alguien que yo me sé este conocido estribillo de Radio Futura. Y le costó aceptar que no era ésta la versión correcta. Después de tanto tiempo, la otra le parecía simple, carente de chispa, en cambio la suya era la lógica hecha canción: corto de inteligencia y limitado en sus funciones viriles, cómo no merecer unas estrofas. Yo misma pasé parte de mi infancia creyendo que Shakespeare y Séxpir eran dos persona distintas, hasta que un día vi la luz. Uno de mis hijos, con tres años, vino un día del colegio contándonos las virtudes de Cristo Balcolone. Creímos que era un personaje de cuento hasta que nos habló entusiasmado de unas carabelas y del descubrimiento de América.  Gente hay que celebró muchas fiestas de cumpleaños cantando a voz en grito mientras se preguntaba en silencio quién narices sería el famoso Centudía (feliz, feliz, Centudía).

   Probablemente todos recordamos uno o varios equívocos de éstos asociados normalmente a nuestros días de infancia. Los que puedes recordar y repetir con una sonrisa son  banales, inocentes y divertidos, aunque sospecho que había muchos más que el tiempo ha ido borrando de nuestra memoria. Lo malo es cuando los malentendidos pasan a cobrarse víctimas.Y lo que nace como una duda o un error, como un creí qué, me pareció qué, me han dicho qué, entendí qué...se empieza a extender convertido en rumor y llega a ser una verdad verdadera. Y esos, que nadie quiere recordar, son los más difíciles de borrar. Pero yo me empeño, por eso sigo cantando la otra versión del tonto Simón, para no descuidarla, con la cándida idea de que si doy un espacio preferente a mis vivencias felices (muchas veces triviales o frívolas), acabarán por hacerse fuertes frente a los malos recuerdos.  

viernes, 9 de diciembre de 2016

FOBIA ( MICRORRELATO)


           
            He tratado de superarlo. Terapias, hipnosis, acupuntura, medicación. Para otros, su caballo de batalla es la fobia a hablar en público, a los espacios abiertos, a las arañas, a las alturas. Mi miedo es a la hoja en blanco, al momento de enfrentarme al vacío del papel limpio. Sé que si mantengo la calma es cuestión de tiempo: la solución termina por llegar en forma de palabras, de letras ordenadas. Pero estos miedos no responden a la razón, ni el pánico incontrolado, ni el sudor frío, ni los temblores que  padezco en el momento en que decido que ha llegado la hora de sentarme en la silla para plasmar sobre el lienzo mi obra, aquella idea que, ya madura, pide salir y hacerse tinta. Es un papel de calidad extraordinaria, me dijeron cuando lo compré. Nadie me explicó su rechazo a ser manchado, mancillado, su resistencia feroz a ser escrito. Es cierto que una vez que consigo reducirlo y escribir la primera letra, queda completamente dócil, entregado al suave trazo de mi pluma. Pero antes, debo sufrir su rebeldía en forma de cortes en los dedos y neutralizar sus intentos de introducir sus afiladas esquinas en mis ojos. Y puesto que las terapias no han funcionado, me planteo una rendición. Cambiaré de papel, buscaré otro de peor calidad, pero más seguro. Más manso.






lunes, 5 de diciembre de 2016

QUÉ ASCO

  Recuerdo cuando vi El último tango en París, hace muchos años. La famosa escena de la mantequilla me produjo repulsa, pero también admiración por el buen hacer de los dos actores y sobre todo de la actriz, María Scheneider, diecinueve años en aquel momento. Aquella escena debía transmitir su miedo, su rabia, su humillación e impotencia y ella lo clavó. Ahora sabemos que aquello se filmó bajo engaño, que el detallito de la mantequilla se les ocurrió al director y al actor principal durante el desayuno (miradas cómplices, qué buena idea, lo bien que lo vamos a pasar), y que decidieron introducir esos pequeños cambios sin consensuarlo con ella, pues perdería la frescura, la emoción del factor sorpresa,  el privilegio de poder rodar el miedo real en los ojos de una niña sin temor a una denuncia, todo legal, todo arte, una genialidad. Qué excitante, pensarían. Una encerrona, un abuso de poder de nuestros admirados Brando y Bertolucci, dos hombres ya maduros convencidos de que aquel atropello estaba justificado. Qué asco, porque en la supuesta brillante interpretación de una víctima de agresión sexual no fue todo simulado, porque Bertolucci lo confesó en una entrevista hace tres años, admitiendo que sentía culpa, pero no arrepentimiento (es lo que tiene el arte, todo vale en busca de una gran película), y sus declaraciones, a todas luces escandalosas, pasaron desapercibidas, porque ahora sabemos que durante años hemos contemplado, sin saberlo, un delito cometido ante nuestros ojos y por el que, como condena, Bertolucci asume que ella nunca le perdonó. No parece un alto precio a pagar.

  Para cerrar el círculo de inmoralidad, parece ser que ella sí declaró tras el estreno del largometraje haber sido engañada, encontrarse esa escena fuera de guión y haber sido obligada a rodar contra su voluntad, puesto que al ser tan joven, no tuvo la valentía de negarse a filmar aquello o la lucidez para llamar a un abogado o a su agente y reconducir ese guión a la versión firmada. Nadie la creyó o, si lo hizo, nadie quiso apoyarla a ella enfrentándose a esos dos intocables. Y además, menudo peliculón, la suerte que tuvo de formar parte del reparto. Mejor para todos dejarlo estar. No es la primera vez que, lustros después, nos enteramos de comportamientos inadecuados o de abusos claros por parte de alguien célebre, rico, poderoso y en los que siempre hay una o varias víctimas en situación evidente de inferioridad e indefensión que fueron ignoradas, rechazadas o incluso compradas con dinero. Una vez más, qué asco.

     Y me pregunto si, comparando la de papel, tiempo y energía gastados estas últimas semanas en intentar desacreditar a otro cineasta por un tema de supuesta falta de amor patrio, esto no merecería una campaña de repulsa, de condena, de boicot. Brando murió, pero Bertolucci vive y no se arrepiente. Dos grandes artistas, dos carreras brillantes y, ahora lo sabemos, dos miserables.

viernes, 2 de diciembre de 2016

DESVARÍO LITERARIO

         Le dije que su pasividad era enervante y le pareció un oxímoron inadecuado. Que su amor era dañino y doloroso, y creyó que era una buena paradoja. Le grité con toda la furia acumulada en estos meses de soledad y desesperanza, acusándolo de tener la sensibilidad de un muro de piedra, y consideró que era un tanto hiperbólico pero aceptable como símil. Dudo, añadí entre lágrimas, entre matarte con mis propias manos o marcharme de casa para no volver. Un dilema fácil de resolver, le oí decir sin levantar la cara del libro. Cerré la puerta de un portazo, jurándome a mi misma que nunca más viviría con un hombre de letras, pero sin poder evitar pensar que letras es un anagrama de lastre. Que a su vez rima con desastre.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Y NOMINO A...


Premio Liebster Awards






Pues sin saber de la existencia de este premio, ayer fui nominada. (Aplausos). Gracias, José Age, espero tener más adelante la ocasión de devolverte el ¿regalo?

Lo cierto es que su blog es muy interesante, os animo a echar un vistacillo.


Relatos descerebrados

Una vez cumplidas las reglas, pasaré a ser premiada 


Las reglas oficiales de este premio :

Se encuentran en este enlace http://liebsterawards.blogspot.com.es/p/reglas.html , y en resumen son:


1.- Agradecer al blog que te ha nominado. 
2.- Responder a un cuestionario que integra 11 preguntas.
3.- Nominar a 10, 11 o 20 blogs que tengan menos de 200 seguidores.
4.- Avisar a los premiados de la concesión, bien en su blog o desde las redes sociales.
5.- Formular 11 preguntas a los blog que se han nominado.


MIS NOMINADOS SON:

http://versosdeniebla.blogspot.com.es, de Bea López de Castro

http://nesravazza.blogspot.com de Néstor Rabazza

http://hastaqueelesplendorsemarchite.blogspot.com de R.Ariel

http://entrepapirosycalamos.blogspot.com de María Dolores Moreno Herrera

http://encarnarubiogonzalez.blogspot.com de Encarna Rubio González

https://artetodasoy.wordpress.com de Virginia DV

https://zumodelunallena.blogspot.com de Ángel Báez Pulido

http://evolucionarnos.blogspot.com, de Lidia Castro Hernando


CONTESTANDO A MI NOMINADOR:


1. - ¿Haces tu blog por diversión? Más bien como escape, por eso tengo un pseudónimo, un alter ego que habla de lo que quiere, cuando quiere y sin tener en cuenta quién lo va a leer.

2. - ¿A veces te da un poquillo de vergüenza de lo que has puesto, cuando ha pasado algún tiempo  y le hechas una mirada ? Me impuse como norma no borrar entradas una vez publicadas. De momento, lo estoy cumpliendo. Y sí, alguna vez he tenido la tentación de rectificar.

3. - ¿Tienes envidia de algún otro blog? De muchos. Soy un poco torpe y creo que el mío es mejorable en muchos, o lamentablemente en todos los aspectos

4. - Si a la anterior pregunta has respondido sí, ¿de cual, si es posible? De cualquiera con un diseño original, escrito con corrección y que conmueva, que provoque interés, emoción, risa, curiosidad, empatía...

5. - ¿Tienes tiempo para leer los blogs de los colegas? No mucho. Por eso cuando me cuelo en otra "casa", intento leer varias entradas para hacerme una idea de su estilo, de su intención, de lo que busca comunicar.

6. - ¿Tienes una de tus entradas en tu blog a la cual le tienes un cariño especial?
A la primera. Es flojilla, pero me recuerda el momento en que me decidí a dar este paso.

7. - ¿Te alegras cuando te dan un voto positivo o eres un tipo/a  duro/a y  pasas de eso/a? Me gusta, sí, aunque me temo que muchos +1 se regalan sin leer el texto. 

8. - ¿Te sorprende a veces que te lean? ¡Siempre !

9. - ¿Como llevas los niveles de "audiencia"? Muy bien, por suerte no tengo grandes expectativas, así que me siento afortunada con cualquier visita y más si me dejan algún comentario.

10. - ¿Repasas los textos o los dejas tal como te han salido? Normalmente escribo un día y reviso al siguiente. Cuando necesito un tercer día ya comienzo a perder la paciencia. (Es evidente que no me gusta corregir)

11. -¿Le vas a contar a tu pareja, amigo, compi de curro o lo que sea, que te han nominado a un premio por un blog que tú haces? De momento, no. Es lo que tenemos los anónimos: sufrimos y celebramos en silencio. 


MIS PREGUNTAS SON:



1. ¿Cuándo comenzaste a escribir ?

2.¿Qué pretendes con tu blog?

3.¿Prefieres los blogs especializados (literarios, culinarios...) o te interesan más los de temática variada?

4.¿Sueles leer siempre las entradas antes de darles un voto positivo o a veces actúas por simpatía y/o agradecimiento?

5. ¿ Te has metido alguna vez en un lío por un comentario desafortunado o malinterpretado? 

6.¿Has cancelado alguna vez un plan para terminar una entrada?

7.¿Cuál crees que es la frecuencia de publicación de entradas razonable para mantener vivo el blog pero no saturar al personal?

8.¿Cómo presentarías tu blog?

9. ¿Te arrepientes de alguna entrada?

10. Además de este premio, ¿cuál ha sido la mayor alegría que te has llevado relacionada con tu blog?

11. Con sinceridad, ¿qué pensaste al ser nominado para este premio? :
     a. Gracias, pero menudo marrón.
     b. Menudo marrón, pero gracias.


martes, 29 de noviembre de 2016

LA HABITACIÓN DE NONA Y OTROS CUARTOS



   La mayoría de las veces lees un libro sin conocer al autor, sin saber cómo habla, cómo se ríe, cómo trabaja. A veces es un escritor reconocido y puedes investigar en busca de información: entrevistas, artículos, perfiles, biografías. Un puñado de ocasiones tienes la suerte de escucharlos comentar alguna de sus obras, de acudir a una presentación en la que puede que te guste o no lo que comunica y cómo lo hace, que te aburra, que te divierta, que te intrigue, que su personalidad encaje con lo que proyecta en el papel, que te chirríe lo que ves y lo que escuchas en relación a lo que imaginabas, que te parezca descuidado, burdo, en contraste al preciosismo detallista de su prosa o que te choque encontrar a alguien dulce y prudente que firma textos rudos, brutales, atrevidos. Y hay casos excepcionales, esos en los que todo encaja: admiras al autor, lo que cuenta y cómo lo cuenta, su particular mundo narrativo, especial y reconocible, te encuentras con la posibilidad de ir a escucharlo, de acercarte a él y hablarle y, además, como premio, lo que descubres es mucho más de lo que esperabas, puesto que lo que dice es casi tan estimulante y fluye tan bien como lo que escribe. Yo he tenido esa suerte hace unos días con este libro y esta autora.

   Hacía tiempo que no leía ningún relato suyo, pero conservo su nombre en un cajón de mi memoria donde guardo bastante desordenados e incompletos a mis maestros del cuento. Mis cuentistas o cuenteros de cabecera. Esta vez el libro venía avalado por recientes premios importantes. Al contrario que en otras ocasiones, primero fue su voz y luego su palabra escrita. Habló de su amor por el relato oral, del recuerdo de esos cuentos de miedo que adoraba escuchar de niña, de los relatos de Poe leídos y mejorados por su hermano en su hogar infantil, del deslumbramiento tardío por la obra de Emilia Pardo Bazán, Comentó su visión personal sobre la forma de narrar, de su concepción de los libros de cuentos como una casa con varias habitaciones, en las que cada una es distinta: la decoración, el color, el ambiente... pero hacen falta todas para completar ese edificio. Que un libro, una historia, es un viaje al que el autor invita al lector y lo lleva de la mano hasta el punto final; a partir de ahí, el lector queda solo y decide si quiere terminar el recorrido o continuar hasta dónde le lleve su imaginación. Nos habló con pasión  y entusiasmo de cómo ella disfruta en su propio trayecto, en el proceso de ir abriendo puertas según escribe sin saber exactamente a dónde le conducirán, puesto que las propias historias deciden y le imponen finales inesperados. De la importancia del orden de los cuentos, o de las habitaciones, que es lo mismo. Creo que tanta vitalidad y entusiasmo en su siembra, en su trabajo, justifican la calidad de sus cosechas, 

   Y al día siguiente vino la palabra escrita. Son seis estancias, y la primera es la que da nombre al libro. La habitación de Nona. Es un cuento conmovedor que requiere una lectura lenta. Con palabras sencillas, con silencios, va tejiendo un relato que describe emociones complejas. La envidia, el anhelo de otra vida distinta hecha de sueños y deseos que buscan disfrazar una realidad que no le gusta. La decisión de transformar las cosas a su antojo, de convertirse en otra y creérselo, para lo que la protagonista necesita una vida sin espejos. De lo que ocurre hay pequeñas pistas desde el principio. recordándonos que  nuestras engañosas memorias están llenas de falsos recuerdos, que nuestros recuerdos pueden estar elaborados, o lo que es lo mismo, disfrazados.

    Hablar con viejas es quizá el más flojo para mí, o mejor dicho, el menos brillante. En su presentación lo compararon con un cuento clásico, algo así como a una Caperucita a la inversa. Es fácil encontrarle analogías, y es espléndido en su desarrollo: intriga, ritmo, sorpresa...pero en mi opinión lo que falla es la verosimilitud. Y ella misma dijo que en eso está la clave de un  buen relato.

   Me gusta Barbro, toda su estructura narrativa, lo que cuenta y lo que se adivina, completado con un fantástico final, la posibilidad de una pequeña venganza que atenúe en parte el dolor causado durante años por una malísima madrastra de manual. Yo creo que es redondo, impecable.

   Y me parece brillante el cuento final, el que concluye el libro, el que completa la casa: Días entre los Wasi-Wanos. Perfecto para cerrar la puerta y dejarnos solos en la continuación del viaje. Contiene casi todo el mundo de la autora en unas pocas páginas: magia, curiosidad por lo distinto, deseo de aventura, admiración y amor, misterio, inocencia y decepción, derroche de imaginación, miedo. Es un enorme alegato a favor de la libertad, de la necesidad de perseguir los sueños para ser feliz,  de la valentía para luchar por ellos y de la imaginación como un legado único para unos pocos elegidos. Porque la cobardía o el exceso de prudencia se vuelven contra el que la practica. Palabra de Tristán... ¿ O palabra de Wasi-Wano?.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

DE LO TONTOS QUE SOMOS (micro-reflexión barata improvisada)

   Ayer escuché a una persona de esas muy intensas y seguras de sí mismas hablar de los absurda que era la depresión de otra, que además se encuentra bien posicionada en el círculo de sus afectos. Parecía sentirse agredida. Que no tenía motivos. Qué sabrás tú, pensé. Como si tuviéramos que justificar nuestras tristezas. Y comprobé una vez más lo listos y clarividentes que somos con los problemas de los demás y lo tontos y miopes que somos con los nuestros. Cómo somos capaces de ver mucho más claro el camino para la resolución de los asuntos ajenos que de los propios. Es más, eso mismo que a nosotros nos hace sufrir, empequeñecer, querer desaparecer, se nos antoja inaudito como causa de desdicha en otros, a los que nos parece ver escasos de razones para tal abatimiento. Yo sí que tengo problemas, pensamos, en nosotros parece legítimo porque conocemos los entresijos de nuestra desazón, el origen de la nube gris. De los demás vemos las luces y a nosotros nos pesan mucho las sombras. Debe ser porque estamos hechos un poco de lo que se ve y, sobre todo, de lo que no se ve. 

sábado, 19 de noviembre de 2016

ENCUENTROS EN LA PRIMERA FRASE

   En la vida, como en los libros, hay situaciones y personas que merecen una segunda oportunidad. Que piden que vayas más allá del primer capítulo. O canciones que se crecen tras los acordes iniciales. O relaciones que ganan con los años, que van cogiendo carrerilla tras un comienzo poco esperanzador. Pero en general, a mí me puede la primera impresión; con frecuencia la tomo como una declaración de intenciones en la que una opción sería "no esperes mucho de mí" y la otra, la buena, la que mola, sería "vengo para quedarme". 

   Me he apropiado de algunas frases iniciales, porque el simple hecho de recordarlas  o de volverlas a escuchar, despiertan el recuerdo y las sensaciones de lo que vino después: el enamoramiento, la fascinación, la inquietud, la emoción. Soy copropietaria de muchas de ellas, que despiertan como un resorte el recuerdo de esa primera vez.  ¿Encontraría a la Maga?, El sábado por la tarde fue a la pastelería del centro comercial. La radio del taxi retransmitía un programa de música clásica por FM: sonaba la Sinfonietta de Janácèk. He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
   
  Con la gente me pasa lo mismo. Creo que mi relación con los libros me lleva a buscar semejanzas en mis relaciones personales. Quizá sea una enfermedad propia de letraheridos. Hay afectos de los que recuerdo muy bien ese primer contacto. Otros, forman parte de mi vida hace tantos años que ni siquiera puedo recordar ese comienzo, pero en todos ellos tengo algún momento importante, un gesto, una  respuesta, una mirada nueva que conducen de algún modo al nacimiento de otro capítulo... es decir, a un estreno, a un volver a empezar.

   Tengo, por supuesto, una nada despreciable lista de malos principios, de esos que conducen sin remedio a libro inacabado o a amistad sin cuajar. Y desengaños, claro: inicios prometedores que acaban en gran decepción. Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde  la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. 
  
   Una vez, hace unos años, acudí a la consulta de un médico. Tras realizarme una serie de pruebas, en mi visita esperaba un diagnóstico, puesto que sabía que en algunos de los resultados había valores contradictorios. El doctor, tras saludar educadamente, se dispuso a estudiar los informes que tenía en sus manos. Tras unos minutos de lectura y movimiento de páginas, levantó la vista y me dijo: "su caso es rocambolesco".  Y yo, víctima de mi otra enfermedad, pensé: qué estupendo comienzo para un relato. 

martes, 15 de noviembre de 2016

UN CUENTO DE AMOR Y PLUMAS


                             EL ENCANTADOR DE PALOMAS

            Mi trabajo de escritor me condena a estar largas horas en mi mesa de trabajo, por eso decidí colocarla frente a la ventana, para poder ver el mundo a través de ella. De hecho, apenas necesito consultar el reloj para marcar mi rutina cotidiana: la subida o bajada de los ruidosos cierres metálicos de los comercios de la plaza, los niños camino del colegio, las furgonetas de reparto de mercancías... Todo esto estructura mis tiempos y me hace sentir parte del pulso de mi barrio. Me gusta madrugar  y son esas primeras horas de la mañana las más fértiles para mí. Me nutro de esta vida tranquila y rutinaria, en una calle de esas en las que nunca pasa nada y a la vez ocurre todo y consigo digerir ese sosiego y transformarlo en historias sugerentes que alimenten un poco la vida de otros.
            Solíamos incorporarnos al mismo tiempo a nuestra ocupación: yo a mi mesa, con una taza de café en la mano. Él llegaba cargado con bolsas y se sentaba despacio, como si tuviera que utilizar toda su energía para conseguir doblar sus gastadas articulaciones, en el banco más cercano a mi casa, uno pequeño, oculto a medias por una gran fuente, demasiado ostentosa para tan humilde parque y dispuesto en un ángulo perfecto para  la observación pasiva desde mi ventana. Me había llamado la atención desde días antes la cantidad de pájaros que volaban delante de mis ojos cada amanecer. Aunque supongo que él estaba allí antes que yo y mucho antes que el parque y su fuente, una mañana abrí mi ventana y lo encontré allí, en su banco. Las palomas lo habían rodeado, acudían  a su muda llamada mientras él vaciaba esas bolsas de plástico a su alrededor: pequeños mendrugos de pan que adivinaba duros, resecos, recogidos por el barrio, pedidos a vecinos, recolectados en bares, convirtiendo en un pequeño tesoro las sobras sin valor de tanta gente.
            Era viejo y muy delgado, vestía siempre un ajado gabán de color indefinido, en invierno y en verano, demasiado grande para su cuerpo de hoy pero que un día debió encajar bien en una figura entonces más redonda, más definida. El pelo y la barba aseados, pero escasos y mal cortados, con aspecto de descuidada limpieza. Llegaba con pasos cortos y rápidos, impacientes, arrastrando los pies y las bolsas, serio y concentrado en su tarea, en su obligación.  Las palomas empezaban a aparecer como de la nada, volando con parsimonia y ocupando un lugar que les parecía estar reservado, ejecutando una coreografía ya sabida. Él empezaba a repartir los trozos de pan a su alrededor, premiándolas por venir, mientras movía los labios, presiento que susurrando palabras de amor. El ritual duraba un par de horas, no más. Las palomas, saciadas, marchaban diciendo adiós en su vuelo y él recogía las bolsas, ya vacías, quizá para empezar su itinerario recolector y tener preparado para el día siguiente, a primera hora, el pan de cada día.
            Pocas veces faltaba él o quebrantaba yo nuestra cita y por eso se me hizo extraño no verlo en varios días. Mis mañanas transcurrían largas, y las palomas vagaban sin rumbo, como perdidas. En una ocasión yo mismo bajé algo de pan y me senté en el banco, pero los pájaros, desconfiados, revoloteaban a mi alrededor y picoteaban las migas sin decidir posarse.
            Un par de semanas más tarde, para mi sorpresa, una mujer muy mayor vestida con el mismo gabán oscuro ocupó su puesto. Las bolsas eran las mismas, aunque  a ella parecían resultarle más pesadas. Se sentó en el banco y esparció el alimento por el suelo, como hacía él. El escenario era idéntico y el decorado también, pero no el actor principal. Las palomas parecieron dudar durante largos minutos y volaban cerca, como estudiando a la mujer desconocida, quizá esperando algo, una señal que las hiciera confiar. Al fin, una de las aves se posó en el banco y empezó a comer. Poco a poco los pájaros llegaron y  devolvieron a mis días su equilibrio, su compás.
            Mis mañanas volvieron a estar acompañadas de vuelos y mejoré mi ritmo de trabajo. Cada día acudían más palomas al encuentro con  la nueva maga de los pájaros. A juzgar por la afluencia de comensales, su contenido también debía ser suculento. La dama del gabán, intuí, era la compañera del encantador de palomas y algo, la enfermedad o la muerte, le impedía a él continuar con su trabajo. Ella, con lealtad y diligencia, aunque sin entusiasmo, cumplía la misión encomendada. Nunca movió sus labios para susurrar nada, ni dejó adivinar ningún sentimiento por ellas; en cambio, supuse que había encontrado algo, una receta, un caldo con el que mezclar el pan, que atraía más si cabe a las palomas, a los pájaros en general, pues gorriones, mirlos y hasta algún cuervo llegaban temprano para degustar  el alimento con el que empezar el día.
            Una mañana el barrio amaneció convulso. Desde mi ventana, observé el banco vacío y escuché coches de policía y vecinos que hacían corrillo. Recibí una llamada de alguien cercano, que me hizo algún irónico comentario sobre la engañosa tranquilidad de mi barrio y el peligro de confiar en tiernas ancianitas, a la vez que me apremiaba a encender el televisor.
            La noticia tenía todos los ingredientes para conmocionar al país: vecinos que avisan por el hedor que sale de una vivienda, policía que revienta la puerta para entrar y aparición de un cadáver con indicios de haber sido mutilado. Detención de la viuda, sospechosa de los daños infligidos al cadáver pues, al parecer, todo apunta a que el fallecimiento se debió a muerte natural. Se espera, informa el periodista, al interrogatorio para conocer las causas que llevaron a la anciana a conservar en casa el cuerpo sin vida de su cónyuge y a la  inexplicable  amputación de algunas partes de su cuerpo. La policía rastrea los alrededores de la casa y del barrio para encontrar, quizá enterrados, los trozos que faltan del incompleto muerto.
            Mi encantador de palomas, el amigo fiel, comprometido con sus pájaros, no quiso ser pasto de los gusanos y con la complicidad leal de su viuda, llevó su idilio hasta el final. Frente a mi ventana, siento el mismo vacío que el que observo en el último banco del parque, el que queda en parte oculto por la gran fuente y valoro ahora la conveniencia de presentarme en la comisaría más cercana y contar toda la historia o de guardarla para mí y recoger el testigo para, si ellas lo permiten, seguir alimentando a esas palomas ahora carentes de pan y huérfanas de amor.







viernes, 11 de noviembre de 2016

DE TRUMP Y LOS DESPROPÒSITOS

   Se supone que para cada situación hay una serie de respuestas lógicas y aceptadas y otras que no lo son tanto. Es más, según la personalidad de cada uno, habría una o varias reacciones entendidas como razonables y otras que no, que cualquiera calificaríamos de inesperadas, sorprendentes e incluso inauditas.

   Yo misma: hace hace años residí en un Colegio Mayor regentado por monjas. O sea, femenino. Los hombres (salvo padres y hermanos), tenían el paso completamente prohibido. Yo compartía habitación, pero ese fin de semana me había quedado sola. Creo recordar que había puente y muchas estudiantes se habían ido a casa. Debo aclarar, en mi descargo, que mi sueño era y es profundo y que al despertarme, más si es bruscamente,  me cuesta unos minutos razonar con cierta lucidez. En plena noche llamaron a mi puerta. Creí que sería alguna residente que necesitaría algo y abrí sin pensármelo. Me encontré a un tío que por señas me indicaba que bajara la voz y me preguntaba por la habitación de X. Que era amiga suya y habían quedado, me contó muy amable y en tono muy bajito ( lo más normal del mundo). No sentí miedo. Yo ahora lo recuerdo y no me reconozco, no me comprendo. No me planteé qué coño hace este tío aquí, para qué querrá ir a la habitación de X (o sea, lo que haría cualquier persona medianamente sensata). No. Yo, como si estuviéramos en la Gran Vía y me hubiera preguntado por la entrada más cercana al Corte Inglés. Solo me faltó presentarme y darle dos besos. Le dije algo así como que no estaba segura y que preguntara en otra habitación. X no era de mi círculo más cercano y, por lo que se ve, no me pareció descabellada la posibilidad de esa cita: ya éramos mayores de edad y no era asunto mío. Cerré la puerta y me volví a dormir. Al día siguiente me enteré del caos en que se había convertido el colegio esa noche. Eran dos o tres chicos, creo. Supongo que algo bebidos tras una noche de copas. Conocidos de X y sus amigas. Que entraron saltando la tapia y forzando alguna ventana, o algo así. Como ladrones, vamos. Que su intención era darles una sorpresa y gastar una broma. Algunas los escucharon por el pasillo, a la puerta de otras llamaron igual que a la mía y varias de ellas entraron en pánico. Carreras por los pasillos, avisos a las monjas.y supongo que a la policía, aunque no lo recuerdo. Nadie daba crédito a mi reacción. Inaudita.

 Hace menos años, a primera hora de la tarde, en mi lugar de trabajo entró un individuo alto, delgado y nervioso y sin mucho preámbulo, me dijo que le diera todo el dinero del que dispusiéramos y que, si tenía alguna duda al respecto, venía acompañado de una amiga, una navaja abierta, que me enseñó, para esconderla detrás de su espalda al escuchar entrar a alguien. Ese alguien era una señora con sus dos hijos, pequeños que, con toda naturalidad, se dispuso a esperar su turno para ser atendida tras el chorizo. Yo, que estaba sacando todo el dinero de la caja registradora para entregárselo al tipo que no se separaba de mi lado, le informé a la señora de que nos estaban robando, por si no se había dado cuenta. En ese mismo instante. Vamos, que me iba a ser imposible atenderla. Ella cogió a sus hijos y se marchó. Avisará a la policía, pensé, aunque ya llegará tarde. El ladrón tardó poco en salir con su botín, a mí me empezaron a temblar las piernas sin control...y en ese momento la buena señora que, al parecer, esperaba pacientemente su turno en la puerta, asomó la cabeza y preguntó: ¿ya?

   Y luego está la unión de miles de desatinos personales que se convierten en uno enorme, como por ejemplo votar a Trump y convertirlo en presidente de los Estados Unidos de América. No parece haber demostrado en campaña mucho más que lo que ya aparentaba ser: prepotente, bocazas, machista, políticamente ignorante, peligroso. He leído análisis políticos sobre las causas, declaraciones de votantes justificando el porqué. pero ni así, desde aquí, a miles de kilómetros de distancia, puedo ver tal decisión como otra cosa distinta a un eso: un gran despropósito. A lo mejor es que la gente supuestamente sensata y con capacidad de reaccionar como se debe ha hecho lo mismo que hice yo, o que hizo esa señora: escuchar lo que tenia que decir sin mucho interés, pensar que no era asunto suyo y esperar en la puerta o echarse a dormir, en lugar de actuar, de levantarse e ir a votar, no ya a favor de Clinton, si no en contra de Trump. He vuelto a leer el artículo de Michael Moore con las cinco razones por las que él pensaba (se temía) que iba a ganar Trump, y en los primeros párrafos ya hablaba de esto: del riesgo de que solo los furibundos y motivados votantes de este candidato acudieran en masa a votar, mientras que, cito cuasi-textualmente:  los "votantes de barrios pobres, con mayoría de negros e hispanos, no solo tendrán que hacer una cola más larga, sino que se hará todo lo posible para evitar que vayan a votar". Además de esto, supongo también que Hillary es mucho más popular fuera que dentro de su país y que hay montones de matices a estudiar por expertos analistas políticos que justifiquen este resultado. Yo sigo sin comprender nada pero, de momento, y basándome en la simpleza de mi propio análisis de la situación, creo que no volveré a echarme a dormir cuando un problema llame a mi puerta: a lo peor, sí es asunto mío

lunes, 7 de noviembre de 2016

NADA (MICROJUEGO)

NADA

— ¿Qué estás leyendo ahora?
—Nada
—Yo lo leí hace tiempo. Me gustó.
— ¿El qué?
— Nada.
— ¿Nada de qué?
— Será Nada de quién
— ¿De quién qué?
— Nada.
— No te entiendo, ¿Y te gustó, dices?
— Me gustó bastante, sí. Aunque fue hace tiempo, como te digo. Creo que ya apenas me acuerdo.
— ¿De qué?
—De nada.
—Acabemos. Gracias por el juego.
—Será por el fuego
— ¿Qué fuego?
— El fuego. Gracias por el fuego. También lo he leído. Me gustó, aunque no es lo mejor del autor. Prefiero sus narraciones breves, como Eso.
— ¿Eso de qué?
— Será Eso de quién.
—  Mejor nada.
— Eso pienso yo. Mejor Nada.


martes, 1 de noviembre de 2016

DEL INSOMNIO IMPRODUCTIVO II: CONTRADICCIONES

  Ayer, otra vez, tuve problemas para conciliar el sueño y mis reflexiones profundas me llevaron a una frase que leí hace unos días. Según parece, corresponde a parte de la declaración de un acusado: ¿Cómo voy a ser islamista si veo porno? No cuela, claro. De contradicciones de este tipo están las cárceles llenas. Pero me hizo pensar en el poco peso que tienen las creencias en el verdadero comportamiento de mucha gente y en como cambiaría el mundo si nos atuviéramos a seguir el camino al que nos hemos comprometido. En este caso, en el mundo perfecto, sería imposible encontrar sacerdotes pedófilos. padres maltratadores, maridos y esposas compulsivamente infieles, amigos mentirosos y desleales, policías corruptos, políticos chaqueteros... Algunos de esos códigos de conducta saltados a la torera estaban asumidos por escrito, o bajo juramento. O eran programas de actuación pregonados a los cuatro vientos. O códigos morales adquiridos como parte de una ética, sea confesional o atea, me da lo mismo. Pero con mucha frecuencia, encontramos daños cuyo origen está en el incumplimiento no ya de una ley ( evidente en cualquier delito), sino de alguna norma, o de algún contrato, o de un código moral a los que el agresor, de forma personal, estaba comprometido.

  Pensaba yo a esas horas que estos quebrantos morales ocurren también a pequeña escala (nivel doméstico), puesto que es algo normalizado poder contar alguna anécdota de gente que se escaquea sistemáticamente de currar en su puesto de trabajo, incluso de manera ingeniosa para que parezca que hacen algo (y no me refiero a tener un día perezoso, que de esos todos tenemos), o no es raro conocer a algún docente más interesado en dejar correr las horas y los meses que en enseñar su materia, o sea que, desde niños, aprendemos el escaso valor de los compromisos.

   Ya avanzadas las horas me di cuenta de que estas reflexiones no me estaban llevando a ningún lado, ni siquiera a dormir. No puedo concluir que no te puedes fiar ni de tu padre, ya que la mayoría de ellos se comportan como se supone que debe hacerlo un progenitor. O de ningún cura, puesto que hay por el mundo bastantes ejemplos de religiosos de distintos credos de ética intachable y muy comprometidos de verdad con la lucha contra la injusticia social. Para colmo, pensé, todo esto parece un pensamiento inflexible, en contradicción a la versión de la vida que defiendo, esa que dice que las cosas más interesantes suelen aparecer abriendo puertas alternativas, tomando carreteras secundarias, escapando del camino trazado.

   Pero quizá no, quizá lo que yo defendía de madrugada era la idea del compromiso real para mejorar nuestro pequeño mundo cotidiano, la importancia de seguir una línea ética que dé confianza y seguridad a los demás y que sirva de ejemplo de vida a otras generaciones, la necesidad de que nuestros actos sean fiel reflejo de aquello que pregonamos y, por otro lado, la conveniencia de encontrar los huecos que nos permitan sacar los pies del tiesto de vez en cuando. Valga la contradicción.

viernes, 28 de octubre de 2016

RUTINAS. (microcuento)



            Toda una vida incapaz del menor acto violento, envidiando a los que defienden lo suyo con uñas y dientes, viviendo como un ser pusilánime, con la rabia enquistada envenenándome por dentro, escondido en casa delante del televisor, comiendo pizza e imaginando venganzas. Día tras día, refugiándome en la misma rutina. Quién me hubiera dicho que a partir de esta noche, una velada que empezó como todas, esperaría impaciente el momento de enfrentarme a la vecina que pone la lavadora al filo de la medianoche, al cabrón de mi antiguo jefe, a mis queridos compañeros de colegio.

Y se lo dije bien claro: cuatro estaciones, como siempre. Con aceitunas y berenjenas. Como siempre. A las nueve en punto. Como siempre, maldita sea.

viernes, 21 de octubre de 2016

DE LOS MANIPULADORES

   Tengo buena memoria. Me acuerdo de (casi ) todo, aunque es verdad que, con el paso del tiempo, los buenos recuerdos parecen ganarles la batalla a los malos momentos y aparecen más nítidos, mejor alimentados, ocultando con su crecida dimensión la masa empequeñecida de lo que preferimos no evocar, de lo que desearíamos no haber vivido. Y si tenemos ocasión de contarlo, previamente lo vamos pasando por un tamiz que se deja atravesar por lo olvidable, reducido a pizcas de pequeño calibre y nos deja el grano amable, grueso, con más consistencia, ese que consigue cubrir cada época de felicidad sin fisuras para, al echar la vista atrás, componer una suma de breves relatos dulces, una suerte de biografía feliz. 

  Hasta aquí, nada más que mera supervivencia. Pero hay quién da un paso más y se instala en el mundo de la mentira y la manipulación. Son los que siempre recuerdan las cosas de otra manera, más favorable a ellos y con frecuencia, perjudicial para ti. Tratan de convencerte de que lo que tú recuerdas, no es cierto, Que eres tú el que mientes, tergiversas, manipulas. Normalmente no hay testigos, es tu palabra contra la suya, o si los hay, están en una situación de debilidad que hace que no cuenten como tales, es decir: nunca podrías ganártelos para tu causa, puesto que el miedo (lícito) a perder lo que tienen, los paraliza. Y entonces, el manipulador puede pasar impunemente a la fase dos:  se victimiza. Y lo hace ver, reparte generosamente su malestar, causado por ti: lo que sufre, lo que padece,  sus buenas intenciones y el mal que recibe a cambio...y deja que esta información circule, que rule, que se reparta como metida en un botafumeiro, impregnando bien el ambiente para asegurarse de que todo el que pase por allí la respire. 

  Esta gente carente de escrúpulos es ya bastante tóxica en su pequeña zona de influencia, lo que me hace comprender el poder venenoso de manipuladores que se encuentran en una situación de privilegio, de acceso a grupos religiosos, sociales o políticos  y sobre todo a medios de comunicación. La ocultación de hechos o de parte de los mismos, la filtración medida de lo que quieres dar a conocer, la amenaza de grandes males si se aceptan determinadas corrientes ideológicas (actitudes tipo que viene el coco), la interpretación interesada de algún comportamiento, las campañas indecentes para conseguir la subida a los altares de quien no lo merece o para orquestar el injusto linchamiento de quien ya no interesa a su siniestra causa.

   Desconfiamos de determinadas personas y de determinados medios en función de nuestras simpatías y creencias. Y viceversa. En ocasiones, la exposición de un punto de vista es tan burda y tan inconsistente que la intencionalidad  se transparenta a través del texto o del discurso. Lo malo son esas veces en que nos encontramos con noticias tan bien redactadas, con  opiniones tan bien argumentadas que las hacemos nuestras y además, una vez adoctrinados, nos encargamos de transmitirlas, formando parte del engranaje, del plan previsto. Y nos damos cuenta tarde, mal. O nunca. 

lunes, 17 de octubre de 2016

LUCÍA BERLÍN Y SU MANUAL DE VIDA





"Todos tenemos nuestros álbumes mentales. Planos congelados. Instantáneas de gente a la que amamos en distintos momentos"



   No sé si existe el puesto de librero de cabecera, pero yo tengo un candidato. Ésta fue su última recomendación: un libro maravilloso desde el primer al último relato. 

   Comencé a leerlo sin saber nada de la autora, pero una pequeña indagación posterior me descubrió que su escritura está tejida con fragmentos de su vida, agitada y difícil desde el principio, como parte de una familia poco convencional, nada protectora, y que ella supo alimentarse de cada experiencia para cubrir con un manto de verdad estas páginas. Una mujer valiente, porque estas historias son a la vez literatura y confesión, un desnudo. Adicciones, carencias, una niñez atípica, su maternidad múltiple, solitaria y demasiado precoz, sus dolencias, su complicada vida escolar y sobre todo sus trabajos: colegios, consultorios, hospitales y  limpieza a domicilio, la actividad que da título al libro: "Me encantan las casas, todas las cosas que cuentan", dice. Tantas ocupaciones en una sola vida le han dado materia prima para escribir relatos deslumbrantes en su sencillez. 

   En algunos cuentos encuentras su sentido del humor (Aquí puedes lavar los trapos sucios, reza en la entrada de una lavandería), las frases ingeniosas, las comparaciones mordaces, las  observaciones llenas de lucidez. En otros no hay lugar para la risa, la tristeza te acompaña desde el primer párrafo. En todas, su escritura precisa, las palabras que parecen fluir sin tropiezos, con el fin de contar lo que ella quiere, de dirigirnos por un determinado camino al ritmo elegido. Y esa vitalidad patente incluso entre la suciedad, la muerte, la enfermedad, la miseria. Muestra sin tapujos una descarnada cotidianidad, en ocasiones disparada a bocajarro.

   Mi cuento favorito es Mijito. Es ese relato que te revuelve durante su lectura y que después se te queda en la cabeza dando vueltas durante días sin  acabar de archivarse. Tiene alguna similitud que no voy a desvelar con Parece una tontería, de Carver, tanto en la temática como en su mezcla de sensibilidad y crudeza, y a nivel personal, por ese empeño en no dejarme. 

Conclusión: en mi modesta pseudoopinión de pseudobloguera, es altamente recomendable.

jueves, 13 de octubre de 2016

... OTRO PSEUDORELATO.

 COMO VINO DILUIDO




            Emocionada, cerré la puerta esta mañana muy despacio, para no despertar a nadie. Salí ligera de equipaje: mi pequeña mochila trotamundos con el pasaporte, algo de dinero, útiles de aseo, un poco de ropa, (no mucha, espero comprar allí prendas con estilo, con sello italiano, elegantes y cómodas), y mi mayor tesoro: una guía de Florencia llena de marcas y separadores, un libro estudiado al milímetro desde hace semanas. Por fin ha llegado el día, la fecha  marcada en rojo en el calendario. Piso fuerte calzada con mis usadas botas de peregrina incansable, dispuesta a caminar horas y horas hasta caer rendida, embriagada de tanta belleza. Mi hotel queda a un paso del Ponte Vecchio, lo elegí  tras horas de minuciosa búsqueda teniendo en cuenta la situación, el precio y las opiniones de otros viajeros. Madrugaré y veré amanecer desde las barandillas de los jardines de Bóboli, he leído que es una de las mejores experiencias para estrenar el día, viendo sus tejados encenderse poco a poco. Dicen que Florencia es romántica y magnética y que tiene un color violeta suave, como el vino diluido, pero yo la sueño más bien dorada justo a esa hora en que despierta el día. Me perderé más tarde por sus calles y museos, en la Galería Uffici, frente al Duomo, en la plaza de la Santa Croce. Y en tantos lugares… no puedo esperar a verme allí. Llevo la dirección  de mi alojamiento anotada en una pequeña libreta, junto con un plano de la ciudad: se lo enseñaré al taxista, aunque me he estudiado unas cuantas frases para hacerme entender, buon giorno, mi scusi, parli piu lentamente per favore, púo ripetere piano piano?... He casi viajado allí tantas veces, casi dormido allí, casi alcanzado mi sueño. No dejaré que me lo impidan de nuevo, me parece estar escuchando ya esos gritos que voy a ignorar, otra vez no mamá, esas voces exasperantes que me exigen que me detenga,  yo solo quiero ir a Florencia, deja ya esa historia del viaje, ya estuviste allí hace mucho tiempo, esos brazos que me sujetan con fuerza, otra vez lo has vuelto a hacer, esas desconocidas caras crispadas, no se te puede perder de vista ni un momento, me pesa mucho la mochila, unas estúpidas recriminaciones sobre mi preocupación y su egoísmo, o es al revés, su preocupación y mi egoísmo, tengo que coger mi avión,  y no se qué monsergas más sobre fugas nocturnas con una bolsa de basura a la espalda y una guía de teléfonos en la mano. Y qué les pasa a estas malditas botas, que se me escapan todo el rato y me impiden correr, ni que fueran zapatillas de andar por casa.

lunes, 10 de octubre de 2016

DE LA LIBERTAD CREATIVA II

   Leo que una escritora española publica ahora un libro nuevo. El libro es una ficción, pero para construir el relato y como punto de partida, la autora utiliza una anécdota real, triste, que le ocurrió a otra escritora hace unos años y, a partir de entonces, fabula sobre sus últimos días usando su nombre verdadero, el cual aparece hasta en el título. Leo también una entrevista con la escritora, justificando que AGM no es en realidad la protagonista, sino el motivo del libro. Matiza con insistencia que no es una biografía, que los datos que emplea están sacados de internet, es decir, al alcance de cualquiera. Que su intención era más rescatar el nombre del olvido y hacerle una especie de homenaje. Y por último leo un articulo de alguien muy cercano a la no-protagonista que siente el libro como una agresión a los que la quieren y al respeto a su memoria, como un robo de su vida y de su nombre, como un atrevimiento  injustificable y una falta de empatía hacia los que aun conservan vivo su amor hacia ella, ya desaparecida.

      A mí, normalmente, me interesan las biografías de gente ausente hace tantos años que no queda nadie a quien molestar, las que ya no pueden hacer daño ni desvelar nada que no debiera ser contado. Las de gente viva me suelen inquietar y más aún las memorias. Y me refiero a los capítulos que relatan el ámbito personal, no las facetas profesionales, políticas o sociales del narrador.  Las que son autocomplacientes  me suelen resultar mentirosas, y las que son sinceras, a menudo me causan malestar por su potencial tóxico sobre los actores involuntarios de la narración, los que jugaron su baza cuando tocaba, los que durante un tiempo compartieron espacio o desnudaron su alma al hermano, hijo, amigo, amante... sin saber que un día, esos momentos pasarían a ser redactados, puede que incluso de manera exquisita, para ser expuestos como un egoísta ejercicio de  exorcismo y liberación o quizá como simple e impúdico divertimento. En cualquier caso, escritas bajo el vano y fácil argumento de que la libertad creativa ( otra vez a vueltas con eso) está por encima de todo, incluso de los afectos y del obligado respeto;  apoyados en el razonamiento de que todos somos dueños de nuestras vidas, como si pudiéramos pasar por las vidas de los otros sin dejar huella. Me resulta inaceptable el uso de las experiencias de otros, aunque sean compartidas, el hecho de exponer su existencia como una prenda usada del revés, con sus nudos, sus costuras, sus remiendos a la vista  de todos, con sus miserias tan comunes a las nuestras juzgadas y vistas para sentencia pública. 

  En este caso, en esta no-biografía, ni siquiera puede alegar la propiedad de algún recuerdo compartido, de alguna vivencia común. Es un uso ( o abuso) de un nombre  cuya dimensión personal es ajena y desconocida para ella, un nombre, sin embargo, detrás del que aún sobreviven afectos latentes y susceptibles de ser lastimados, como así ha sido. Es inexplicable que nadie, de entre todos los elegidos que habrán tenido el libro entre sus manos antes de ser publicado, haya sido capaz de predecir este daño, así que me inclino a pensar que sí, que  lo esperaban  y lo han aceptado como un inevitable daño colateral.

  Yo, para variar, me posiciono del bando de los heridos. ¿De verdad será tan fácil para el lector separar los datos reales de los que no lo son o, al hacer la lectura del libro, asociaremos para siempre la imagen del personaje a la de la persona? Y si, de verdad, solo toma ese incidente como punto de partida, ¿no podría haber utilizado cualquier nombre ficticio sin que la historia hubiera cambiado de forma sustancial? No sé, se me ocurre que alguien que hubiera coincidido con esta señora en algún mal trago de su vida, por ejemplo, en sus años escolares, o al que le hubieran contado algún capítulo más bien olvidable de aquella época, podría ahora utilizarlo y escribir un libro, " La trágica niñez de EN", fantaseando con cómo, a partir de ese momento, arrastró una vida de complejos, carencias y melancolías varias. Poniendo bien claro que todo es fruto de su imaginación, excepto unos pocos datos biográficos bien destacados. para que no haya duda. Porque quién puede impedir a ese alguien fabular, quién se atreve a cortar las alas a un creador.

miércoles, 5 de octubre de 2016

YO SOY ELENA FERRANTE

...Dijo ayer Salman Rushdie. Salvando las distancias (abismales), yo también soy Elena Ferrante, puesto que he optado por el anonimato, por un desdoble de personalidad, por utilizar otro nombre para estas mis actividades pseudoliterarias. Mis motivos: hace unos meses decidí publicar aquí mis cosillas sin forzar a nadie a leerme. Soy más libre así, no conozco a mis (escasos) lectores,  me cuido mucho de no agredir ( ahí sí me horrorizaría escudarme en el anonimato) y no me siento obligada a complacer a nadie. 

  Este mes de agosto me he leído los cuatro libros de la famosa tetralogía: uno detrás de otro, por riguroso orden. El primero no acabó de cuajar en mí, pero a partir del segundo, me fui enganchando, más que a lo que cuenta la historia, a lo que no se cuenta, a lo que se supone, a lo que se calla, a lo que se intuye que palpita entre las dos amigas. Me pareció bien escrita, bien definidas las personalidades, las decisiones y las rebeldías de cada una de ellas, su larga relación de amistad no exenta de envidias y rencores soterrados. Supuse que estaba escrito por una mujer, creí ver algo femenino en el enfoque emocional, No necesité saber más de la autora.
  
   Creo que para alguien que huye de la fama y la exposición pública, el éxito clamoroso de sus libros no hace sino multiplicar los beneficios de publicar de incógnito. Imagino que se trata de eludir los inevitables compromisos de una promoción literaria: entrevistas en toda clase de medios, presentaciones por su país ( y fuera de él si se llega a traducir, como en este caso), suposiciones sobre la parte autobiográfica de su relato, dificultades para conservar la rutina cotidiana, el aprender a lidiar con el análisis minucioso de cada una de tus decisiones, con la renuncia de la naturalidad en los que a ti se dirigen. Comprendo que hay gente que disfrute del aplauso directo, de la felicitación, del reconocimiento. Y lo celebro, si lo merecen. Yo observo con admiración la capacidad de entrega de la mayoría de los autores, cómo en poco tiempo pasan de un trabajo solitario y largo, minucioso y concentrado como es la escritura de un libro  a lanzarse de  lleno a la vorágine de la vida social una vez publicado el mismo. Para muchos será una justa recompensa. En parte, se lo deben a la editorial que apostó por ellos, y también a sí mismos, para estimular el interés, la demanda y la venta de su obra, buscando rentabilizar al máximo tal esfuerzo, no solo en términos económicos.

  Yo, si estuviera en su piel y pudiera elegir, optaría sin dudar por tirar la piedra y esconder la mano. Parir mi libro, entregarlo a sus lectores y dedicarme a ser observadora pasiva de las críticas, del éxito o fracaso, de las suposiciones y quinielas sobre mi presunta identidad. A lo Ferrante. Ella escribe, nos entrega su trabajo y a partir de ese momento, la gestión de su tiempo y del  éxito, enorme e inesperado, es solo decisión suya.  Entiendo y comparto la curiosidad sana, pero no ese afán por desvelar el nombre que no quiere ser desvelado.

   Alguien, escudándose en una supuesta enorme demanda social de esta información, ha descubierto quién se ¿esconde? tras ese nombre. Ha empleado horas de investigación con un discutible método, fisgoneando sin pudor en las finanzas y propiedades de una persona sin ningún cargo público, que no desea exhibir su nombre, ni su foto, ni su vida. Que tomó la decisión de trabajar así. No sé si es lícito ni legal, pero me parece moralmente reprobable. Indecente.

    Ahora el mal ya está hecho: Elena Ferrante ya tiene (otro) nombre.  Y parece condenada a la fama por decisión de otro. Ojalá consiga mantener su elección de vida, seguir desdoblándose si es esa su voluntad y continúe entregándonos solo lo que ella libremente decida.